CAPÍTULO 4
ARIADNA
Decir que el caos se había desatado tras mi confesión, era un eufemismo.
Me había emocionado tanto al pensar que no había renunciado a mi sueño de ser madre por ser convertida que no había pensado en nada más.
Mientras barajaban opciones, tras chequearme por décima vez, medité sobre si había sido un poco cabeza loca.
—Bueno, vamos a ver qué determinan que significa. –explicó Lewis. –Tu cuerpo está sano y, desde luego, en sí mismo no deberías tener ningún problema más allá del evidente.
—El evidente, querido amigo Lewis, es el que solventan las estrellas al decidir hacer esto posible. –rectificó Harold.
Ese hombre estaba tan emocionado con la noticia que pensé que sería capaz de quitarme a mi bebé. Le siseé cuando pasó por al lado y solo me miró sorprendido.
¿Pero qué bebé?
—Taylor no ha salido de su habitación. –dijo Leo hacia Gulliver.
Sí, no debía estar oyendo esa conversación, pero lo hacía, y con todo el interés del que era capaz.
—Lo hará. –respondió el maestro encogiéndose de hombros.
Decidí que era una buena opción darle un empujón. Quizá decirle eso en lo que había estado pensando desde que había escuchado a alguien decir que mi confesión había condenado a Taylor.
Llamé a su puerta pero escogió no abrirme pese a que su rastro era inconfundible y sabía perfectamente que estaba dentro. Volví a llamar, con nudillos más fuertes.
—Voy a entrar de una forma u otra, Taylor. –aclaré para que dejase de hacer el estúpido.
Le escuché soltar una maldición entre dientes y un suspiro largo. Posiblemente se preguntaba por qué colmaba su paciencia de ese modo, pero yo ya estaba haciendo un esfuerzo por no partirle la cara y explicarle que yo no había decidido ni que él fuera él, ni yo ser yo.
—¿Qué quieres? –interrogó.
Su torso estaba desnudo cuando apoyó uno de sus antebrazos en la puerta para abrir sin dejarme pasar.
Parecía haber estado durmiendo y una barba incipiente sombreaba su ya marcada mandíbula.
Sus ojos verdes me recorrieron una vez de arriba abajo antes de suspirar de nuevo y dejar esa pose.
El marco quedó vacío y yo dudé si pasar.
—Tenemos que hablar. –dije desde mi posición.
—Creía que estabas deseando cruzar ese umbral. –afirmó burlón.
Bueno, si tenía ganas de broma, quizá no estaba todo perdido.
—¿Por qué estás enfadado conmigo? –pregunté cruzándome de brazos. Me escudriñó casi como si pensase que me había vuelto loca. –Digo, es algo que se tenía que saber. –añadí.
—¿Se tenía que saber Ariadna? –cuestionó acortando la distancia entre nosotros. Resultaba tan sexy como amenazador. –No te vi contarlo desde el principio, cuando no sabías en qué te afectaba.
—Tú tampoco lo dijiste. –recriminé.
—Porque hay cosas que prefiero que no determinen de mí. –respondió tocándose el puente de la nariz con dos dedos. Se pegó tanto que tuve que poner las dos manos sobre su pecho desnudo para detenerlo. –Y a lo mejor, tampoco es lo que tú quieres. –añadió.
No sabía muy bien de qué me estaba hablando pero empecé a sentirme agitada y entreabrí los labios en su dirección. Bajó su cabeza hasta mi cuello y me besó lentamente en la piel. Solté un pequeño jadeo.
¿Qué estaba haciendo? ¿Y por qué no conseguía moverme?
—Taylor… —murmuré.
No supe bien si estaba apartándolo o simplemente paseando mis manos por sus abdominales.
—¿Quieres que pare? –preguntó entonces clavando sus ojos, como dos esmeraldas, sobre mí.
—No. –respondí dando un paso hacia delante.
Era tan fácil como si nuestros cuerpos se conocieran sin tener que hacerlo. Le mordí violentamente en el cuello y lo acerqué a mí mientras sus dedos recorrían todo mi cuerpo con una avidez que no podía controlar.
La habitación ardía, nuestros cuerpos quemaban con ganas de tenerse el uno al otro. Su miembro tocaba apremiante en mi bajo vientre mientras me quitaba la ropa.
No podía pensar.
Busqué encenderle aún más metiendo la mano por dentro de sus pantalones. Fue el pistoletazo de salida para que hiciese lo mismo. Sus dedos sabían exactamente como seguir humedeciéndome contra la pared de su habitación.
Nuestros labios se encontraron tras una mirada que podría haber congelado el tiempo. Si era el tiempo de arrepentirse, los dos habíamos declinado tal oferta.
Me cogí colocándome a horcajadas mientras mi espalda descansaba sobre la pared. Arrancó lo que quedaba de mi ropa y colocó su punta en el roce de mi ser. Contuve el aire por unos segundos. Nuestras narices se rozaron antes de sentir como me invadía con una dulce sensación de posesión.
La bruma lo envolvió todo dejando solo nuestros cuerpos jadeantes el uno contra el otro, en un contacto íntimo y animal, en el que necesitábamos más a cada instante buscando liberarnos por completo.
Susurré su nombre dejando mis labios abiertos.
Él tomó mi boca como estaba tomando todo de mí: En una dulce tortura en la que sabía exactamente poner a bailar mi excitación hasta el punto más alto de la partitura.
No había límites en lo que parecía saber de mi cuerpo.
Gemí mientras él gruñía. No quería que se contuviese, quería tenerlo todo.
Su punta estaba tan hinchada que sabía que iba a explotar en cualquier momento pero yo ya estaba a un suspiro de mi último gemido así que eché la cabeza hacia atrás dejando que me mordiese mientras me dejaba ir.
Él salió de mí entonces rápido dejando que su líquido cayese por mi pierna, caliente.
Parpadeé varias veces mientras intentaba asimilar lo que acababa de pasar. Nuestros cuerpos habían querido, y mi interior se sentía muy atado a él. Pero él había tenido la cabeza fría de aguantar para no acabar dentro.
—¿Por qué? –pregunté jadeante.
Estaba jodidamente guapo: Su metro noventa, sus ancho hombros, el pelo negro azabache mojado y su barba incipiente haciéndolo peligroso. Pero lo que me cautivaba era su mirada, verde como dos esmeraldas; profunda como el Amazonas.
—No veo por qué no. –contestó sin que eso significase absolutamente nada.
—¿Qué te pasa? –pregunté mientras veía perpleja como se vestía sin dirigirme ni una mirada más. —¿Taylor me estás escuchando? –inquirí ya poniéndome más nerviosa, elevando la voz.
—¿Qué? –contestó dándose la vuelta ya vestido.
—¿Eso es lo que vas a responderme? ¿No podemos tener una conversación normal sobre lo que ha pasado? –interrogué sintiendo que mi pecho subía y bajaba descontroladamente por la incertidumbre de lo que iba a pasar.
—Tengo que irme. –respondió.
—¿A dónde? –pregunté mientras buscaba recomponerme la ropa.
—Tengo cosas pendientes. –dijo como si eso fuera una aclaración.
Cerró la puerta al salir.
¡Eso era una gran mierda de explicación!
Las miradas de los otros miembros del cuartel que me cruzaba, delataban, como yo ya sabía por ser vampira, que tenían conocimiento de que habíamos tenido sexo. Genial…
—Bueno, a mí también me pasó. –dijo una voz femenina a mi espalda. Me giré para hallar a una mujer con un bebé en brazos. –Soy la primera marcada, Adam, Aries, es mi compañero. –aclaró como si estuviese dispuesta a darme toda la información del mundo.
Yo era clara con las personas, pero no habladora en exceso con desconocidos.
—No es lo que parece. –rectifiqué.
—Puede ser complicado. –concedió jugando con su bebé. —¿Quieres venir a comer conmigo? Quizá algunos machos te miren raro, Taylor es un vampiro muy fuerte y terco que podría destrozar a alguien si se atreve a coger lo que es suyo.
Me ruboricé y enfadé a partes iguales. Una sensación de emoción por sentirme suya en algún aspecto frente a un cabreo creciente porque ni éramos ni seríamos.
—¿Cómo se llama? –cuestioné refiriéndome al bebé.
Como vampira, hacía tiempo que no me relacionaba con un bebé por mucho que me gustasen.
—Oh, es Amir. –respondió pasándomelo sin previo aviso.
—Yo… —dudé mientras miraba el dulce rostro de la criatura. Me quedé embelesada admirando la forma tan simple que tenía un bebé de decir que le caías bien, que no le importaban tus defectos.
Probablemente era la única etapa de la vida en la que no se juzgaba.
—Y dime… ¿Quién te convirtió? –interrogó vivaracha.
—Eso… Bueno… —Dudé. –Es un bebé precioso.
—Ya veo. –contestó sonriéndome con amabilidad.
No iba a hablar de eso, solo esperaba que no se fuera. Y no lo hizo. Adam pasó por detrás de nosotras unas cuantas veces. Veía su recelo en la mirada, como si su necesidad de comprobar que no se juntaba con nadie que fuese un problema.
—No le voy a hacer nada. –dije entonces sorprendiéndolo. Lena se rió de mi comentario. –Hacéis muy buena pareja, y tenéis un bebé muy bonito. –añadí para suavizar.
—Eres Ariadna. –comenzó a decir acercándose como si me estudiase incómodo. –Taylor es…
—Me da igual como sea. –dije sintiendo que me atenazaba el alma de alguna forma.
—Siempre tiene una razón para hacer las cosas que hace. –aseguró.
—Te prometo que no se suele meter en nada. –dijo a modo de disculpa Lena haciendo gestos para que su compañero se perdiese por ahí. —¿Estás bien?
—Sí, no me molesta que hablen de mí. Yo soy libre de hacer lo que quiera. –respondí intentando recordarme eso a mí misma.
—Buena actitud. –dijo haciendo un gesto de aplaudir.
Me reí.
—¡Tú! ¡Te voy a matar! –soltó Helda llegando de la nada.
Solo me levanté del sillón pasándole a Lena con cuidado su bebé. Bueno, yo era muchas cosas pero cobarde no era una de ellas. Tampoco llevaba bien las amenazas.
—¿Y a mí por qué? –pregunté conservando la calma.
Vi de reojo a Adam coger a Lena y apartarla lo suficiente.
Mi mente, en lugar de centrarse en el evidente problema que tenía delante, voló a pensar en Taylor. ¿Dónde habría ido si no era a verla a ella?
Se empezó a formar un corrillo de gente porque claro, eso debía de ser un buen espectáculo para matar el aburrimiento.
—No te hagas la tonta. –respondió siseante enseñándome sus colmillos.
—Yo no te debo explicaciones. –contesté tajante.
Y esa parte era cierta, si alguien le debía explicaciones era Taylor no yo.
Se abalanzó sobre mí con las uñas y los colmillos fuera. Le esquivé casi todo el golpe aunque un filito me dio en el hombro. Me giré sobre mis talones para propinarle una patada en la cara.
—Basta. –gritó Gulliver contundente.
Si le oyó, se lo pasó por el forro.
Volvió a la carga con más fuerza. Estiraba sus colmillos de forma amenazante mientras pegaba con todas sus ganas. Le esquivaba con agilidad para propinarle patadas y puñetazos que la hacían retroceder.
¿Quería que nos matásemos?
Pues eso iba a pasar si seguía volviendo una y otra vez. La gente a nuestro alrededor parecía estar disputando una discusión interna sobre si debían detenernos a la fuerza.
—¿Sabes por qué no sacas tus colmillos? –preguntó bajando la voz en uno de los enganchones que dejaba nuestros rostros cerca el uno del otro. –Porque sabes que eres menos. –soltó para después sonreír triunfal.
Porque yo era convertida y ella era original…
Me quedé suficiente fuera de combate por un segundo para ver venir el puñetazo tarde hacia mí. Cerré los ojos para intentar concentrarme en que me doliese menos, pero no llegó. Los abrí para quedarme absorta en cómo Taylor sujetaba sin esfuerzo el puño de Helda en alto.
¿Cuándo había llegado?
—No tienes derecho a meterte en nuestra discusión. –gritó ella histérica. –Nadie lo tiene. –chilló de vuelta.
—Ya vale. –dijo calmado.
—Es una lucha de emparejamiento Taylor. ¡Muévete! –dijo enfurecida.
¿Una lucha de emparejamiento?
Mi mente registró mis estudios en el tema, que no eran muchos, y entendí por qué nadie se había metido a separarnos: Cuando dos personas eran potenciales compañeras elegidas por el mismo macho, se luchaba hasta que solo quedaba una.
Pero…
—No lo es. –afirmó éll contundente.
Claro que no, él no me veía como eso. Respiré como pude.
—Huelo el rastro de ti en ella. –rebatió Helda dispuesta a matarme por quedárselo. –Y ni siquiera es una original, yo ganaría.
Se abalanzó de nuevo hacia delante pero Taylor la detuvo en seco. Parecía una piedra imperturbable.
—No puedes ganar algo que no es tuyo. –murmuró tranquilo.
Ella abrió mucho los ojos e intentó pegarle a él. Quitó la mano sin alterarse y ella se marchó.
¿Qué acaba de pasar?
—Renegados. –anunció alguien hacia Gulliver. Llegó a mí porque el silencio que se había quedado tras lo sucedido era ensordecedor. –En el cuartel del centro.
Frank.
Salí corriendo a toda velocidad.
—Ariadna. –chilló Gulliver mientras Harold hacía aspavientos para que no me fuese.
¿La marca era importante? Mi lealtad lo era más.
El cuartel había sido atacado por varios flancos y había renegados dispersos por dentro y fuera del edificio. Vi a varios de los míos y traté de ayudarlos. Bajé y alguien me pasó mis katanas.
Corté algunas cabezas; di puñetazos; aparté a idiotas que querían destruir todo el sistema con patadas rompe cráneos.
Vi a Frank defendiendo la entrada principal con algunas heridas de guerra.
—Estoy aquí. –dije agachándome para ayudar a que se volviese a levantar.
—No deberías, pero gracias. –asintió.
Él me había enseñado todo lo que sabía, era lo más parecido a un padre que había tenido desde que me habían convertido.
Siguió en su pelea y yo en la mía. Eran muchos, más de los que había previsto así que gritó un “Retirada dentro” para atrincherarnos y reorganizarnos.
Fui retrocediendo sin perder el contacto visual con el enemigo pero una granada de fuego me hizo tener que soltar las katanas y salir despedida.
Me levanté dispuesta a pelear con los puños y mi colmillos mientras andaba hacia atrás.
Dudó el renegado de pronto y me pregunté qué tan letal le podía parecer ahora que no le hubiera parecido antes.
Choqué con algo a mi espalda. Solo necesité aspirar la fragancia en el aire para saberlo, pero le miré.
Taylor estaba ahí, con su cara de pocos amigos acentuada por mil; su torso desnudo; y los colmillos fuera.