Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—¿Y? –pregunté.

—Que eso no es que te guste escuchar. –Hizo una pausa y se sentó sin permiso en el borde de la cama.

–Que te guste escuchar es que oigas historias que no te beneficien en nada, incluso las tristes; que quieras saber de dónde viene alguien, qué le da miedo, o qué ama hacer cuando no tiene obligaciones. –enumeró.

—Ya.

Me encogí de hombros.

—No sabes de qué te hablo, ni siquiera te lo imaginas. –Se carcajeó. –Supongo que es normal… —susurró.

Fue a irse pero la detuve interponiéndome entre la puerta y su salida. Ella se paró justo a tiempo para no rozar mi torso. Si hubiera sido humana, se habría chocado.

—¿Por qué no me cuentas más cosas de cómo es la gente normal? ¿Y lo normal que es que yo sea como soy? –pregunté.

—Esa conversación te interesa porque habla de ti. –señaló.

—¿Y tú no quieres tenerla? –inquirí picando su curiosidad.

A mí no me importaba nadie externo a mi círculo más cercano, pero cuando algo me interesaba por cualquier motivo, me fijaba en las cosas: A ella le gustaba teorizar y conseguir que alguien quisiera ver algo como ella lo hacía.

—No estás dolido porque te digan que dejes a tu novia por sentimientos, sino por ego. No quieres que nadie te ordene cómo debe ser tu vida. –afirmó.

—Cuéntame más. –dije divertido.

Me provocaban ciertas hormigas en el estómago imaginarla pensando tanto sobre mí y mi posible personalidad.

—Creo que ni siquiera habías cortado tú con ella porque odias reconocer que te equivocaste. –continuó.

—Bonitos calcetines. –dije entonces señalando que llevarlos tan altos no le pegaba.

—¿Cómo? –interrogó tragando saliva y elevando la barbilla hacia mí.

—Lo intuí. –respondí procurando no fijarme en cómo tenía los labios entreabiertos.

—Me sorprendes. –contestó elevando y bajando el pecho. –Tengo que irme. –dijo de pronto.

—¿A dónde? –pregunté volviendo a impedirle salir.

Era un juego peligroso, pero me sentía muy vivo en aquel momento.

—Deberíamos ir a buscar… —Se quedó callada de pronto.

—Iremos entonces. –concedí.

No era cierto, los dos lo sabíamos, pero decidí que quería ir fuera del cuartel.

Nadie puso problema ni duda de que fuésemos de nuevo a buscar a la marcada, por supuesto que se veía bien redoblar el esfuerzo. Ella no iba mirando hacia ninguna parte así que parecía que ninguno iba a seguir fingiendo cuando estuviésemos solos.

Eso sonó en mi cabeza a una inquietud de que iba a haber una infinidad de momentos en los que solo íbamos a estar ella y yo.

—¿Dónde vamos? –preguntó al ver que había cambiado el rumbo.

—¿Tienes hambre? –interrogué entrando ya en una hamburguesería.

Pedimos la carne poco hecha, claro que sí.

Estábamos pasando un buen rato. Por varios minutos me sucedió algo extraño: Éramos solo ella y yo comiendo sin ninguna pretensión. Ella contaba cosas absurdas y tuve la estúpida sensación de que no quería sacar nada de mí.

Una copa se rompió en una mesa y Ariadna pegó un pequeño bote. Se puso tensa. Arañó un poco las palmas de su mano.

—¿Les ha caído algún cristal? –preguntó el camarero acercándose de forma servicial.

Vi los incisivos de ella un poco salidos.

—No, gracias. La cuenta mejor. –respondí dispuesto a salir de allí. Ella intentó pagar pero lo hice yo más rápido. Resopló pero me siguió hasta la calle. —¿Qué te pasa?

—Nada, algunos somos sensibles, pero no es una historia ni divertida ni sobre ti. –recalcó arisca.

—Lo creas o no, me gustaría oírla. –Me sorprendí a mí mismo diciendo eso.

—La noche que me convertí, lo último que oí fue que se rompía una copa. –contestó mirando hacia todos lados, y ninguno en particular, mientras andábamos sin rumbo.

—¿Te afectó? –pregunté.

—Tuve que aceptar muchas cosas para ser una buena soldado. –respondió.

—¿Cómo qué? –interrogué refiriéndome a si había algo que no fuese evidente.

—Como que nunca iba a poder ser madre. –respondió paralizándome de pronto.

Era algo que como vampiro se sabía, desde que nacías, pero ella había sido humana, y eso, al parecer, y aunque nunca me lo había planteado, era muy distinto. Lo de Adam y Lena había cambiado algo que era un principio sabido por todos.

—Mierda. –exclamé dando una patada a una lata que había en la calle.

Ella me miró sin comprenderme y yo no quería explicarme. Joder. Todo me ponía en una situación en la que tenía que traicionar mis principios por alguna parte.

—¿Y si pudieras serlo? –pregunté sabiendo que la había cagado en cuanto lo había dicho.

—¿Cómo? –cuestionó dejando de llorar de pronto solo unos segundos. —¿Es eso posible? –añadió. Me quedé callada. –¿La marca te da esa posibilidad? –preguntó.

—No lo digas. –exigí.

—Yo tengo la marca Taylor, y tengo derecho a saber lo que conlleva. –respondió también en tono de orden.

La confesión no me sorprendió, era como si lo hubiera sabido desde hacía tiempo.

Casi como si mi piel me indicase que estaba cerca de mí…

Así que negué con la cabeza sopesando si había alguna otra opción que contarles a todos que ella era la mujer que andábamos buscando y a ella lo que se suponía que conllevaba.

—Adam, aries. –empecé. –Encontró a una mujer, humana, marcada, y resultó que ella era algo así como un recipiente celestial para un bebé vampiro. También era su compañera predestinada. –continué.

Cerré la boca. Suficiente información. Yo no era quién para compartir las suposiciones, que no creía que fuesen ciertas, sobre que ahora ella, precisamente ella y yo que no nos aguantábamos, estábamos destinados a estar juntos y a hacer un bebé.

—Pero yo soy vampira convertida, a lo mejor mi cuerpo no puede. –respondió más para sí misma que para mí.

La vi irse corriendo por lo que no tuve más remedio que seguirla. Odiaba perder el control de aquella manera. Mi cabeza, bien atenta a lo que sucedía, me recriminó que todo eso estaba pasando por bajar la guardia; por prestar atención; por…

En cuanto llegó al cuartel, Harold y Gulliver dejaron lo que estaban haciendo. La forma de llegada dejaba claro que tenía algo que anunciar.

—¿Y? –preguntó Gulliver buscando mi mirada.

Por primera vez en mi vida, no se la sostuve.

—Acabamos de descubrir que la marca… —Hizo una larga respiración. –La tengo yo.

Se quitó el calcetín en cuestión dejando a la vista el círculo rojo que marcaba lo que las estrellas querían. Tensé tanto la mandíbula que podría habérmela desencajado.

Todas las miradas cayeron sobre mí.

—¿No notaste nada al tenerla cerca todo este tiempo? –preguntó Harold entrecerrando los ojos en mi dirección.

Negué con la cabeza.

—Que alguien busque a Lewis, si alguien lo ha olvidado, ella es vampira también. –atajó Gulliver como si quisiera quitar atención sobre mí.

Mejor.

Me perdí hasta llegar a mi cuarto de manera escurridiza. Lo que quería era estar solo.