Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 3
10%

CAPÍTULO 3

TAYLOR

—¿Tú te encargas de protegerla cada vez que mete la pata? —cuestionó poco dispuesta a dejar pasar “el incidente”.

—¿Y a ti eso qué más te da? —inquirí de vuelta.

—No, a mí nada, pero parece un poquito dependiente. —respondió encogiéndose de hombros.

—Para darte igual, le estás dando muchas vueltas a un tema que ni te va ni te viene. —afirmé mirando directamente sus ojos color miel. Hizo una pequeña dilatación que bien podría haber significado un “touché” así que me sentí satisfecho. —Es extraño que no la hayamos encontrado. —solté entonces.

Ella pareció prestarme muchísima más atención entonces. ¿Qué le darían por ayudarnos?

Me golpeé mentalmente por distraerme con asuntos que no me importaban.

—¿Por qué? —inquirió. Mantuve el silencio.

De normal los asuntos de los doce eran lo más privados posibles, de hecho, Helda no sabría la realidad exacta de lo que buscábamos sino no hubiera sido mi novia.

Por rango, no le correspondía. —Entiendo entonces que quien sea no puede sobrevivir sola con esa… ”Marca”.

—Ariadna. –Su nombre en mis labios vibró de una manera extraña cuando decidí retenerla del codo antes de llegar al cuartel de vuelta.

Una idea había cruzado por mi mente durante una de sus preguntas.

–Tú sabes que el signo que represento cree en la lealtad.

–comencé a decir sintiéndome poco yo al irme de esa manera por la tangente.

Me miró, como si estudiase atentamente a su enemigo.

Después asintió. –Pues déjame decirte algo que quizá no sepa.

–Si sé algo, mi posición como uno de los doce; mi posición como Tauro en su máxima representación, es decirlo.

Pero no puedo decir lo que no sé. –sentencié.

Ella permaneció callada lo que me pareció una eternidad mientras yo no podía estar seguro de si me había entendido.

—Como buen tauro, llevarás la carga de lo que lleves dentro en solitario. –murmuró

Sus ojos marrones me parecieron ámbar por un instante.

—No dejarán. –Me callé. –Dejaremos. –rectifiqué. –De buscar fácilmente.

—Hablando de búsquedas… —señaló a alguien a mi espalda.

Helda esperaba sin hablar, con cara de enfadada, en la puerta del cuartel. Hice una leve inclinación de cabeza a modo de saludo cuando llegamos a su altura.

Puse mi pin de entrada en la cajetilla de seguridad para no tener que llamar.

—No abrían. –explicó escuetamente Helda.

Intuía por qué.

Si no todo el mundo, por lo menos Harold, y era una opinión que contaba como casi todas las demás juntas en determinados aspectos, creía que las estrellas ya debían de haber marcado, durante ese incidente, a mi compañera predestinada, y, por lo tanto, pretendía con sutiles acciones que nadie, Helda, pudiese intervenir con lo que para él estaba escrito que debía pasar.

—Debe ser un coñazo no tener código de acceso. –dijo burlándose Ariadna.

—¿Debe ser? ¿Significa eso que tú tienes uno? –interrogó Helda anonadada.

—Temporal. –puntualicé esperando, algo cabreado con tanto circo, que eso detuviese el problema.

—Debería yo también tener uno temporal, para cuando venga a verte. –dijo Helda hacia mí.

—Tú. –señalé a Ariadna. –Ve con Gulliver y cuéntales el recorrido. Yo tengo otros asuntos que atender.

Cogí la mano de Helda para que me siguiese y busqué una estancia vacía hasta acabar en la biblioteca.

—¿Qué? –preguntó Helda torciendo más el morro.

—No voy a consentir que te metas donde no hay cabida para que se meta nadie. Lo nuestro siempre ha sido con las mismas condiciones. –afirmé.

—Pero se suponía que era una relación formal.

—¿No te parece que el tiempo que llevamos es de ser formal? –pregunté enarcando una ceja.

No me interesaba esa conversación.

—No puedes dejarme porque a una petarda cualquiera le aparezca una marca. –aseguró más enfadada de o que la hubiera visto nunca.

Noté su presencia antes de verla. En el marco de la puerta, estaba Ariadna. Cuando nuestras miradas se cruzaron en el aire, llamó con los nudillos haciendo ruido con la madera.

A buenas horas…

¿Cuánto habría oído?

—Gulliver quiere hablar contigo. –dijo.

Vi duda reflejada en su rostro por lo que deduje que se estaba callando prudentemente información. Quizá había caído en la cuenta, tarde y mal, que Helda podía ser mi novia, pero yo era reservado con mis asuntos hasta con ella.

—¿Sabes por qué? –inquirí cuando ya estábamos solos por el pasillo.

Un guerrero anticipado valía por dos.

—Podría decir que no ha dicho nada al respecto. –Jugueteó con un mechón rubio de su cabello.

—¿Pero? –interrogué interesado de pronto.

—Pero soy observadora y… Su lenguaje corporal decía que estaba nervioso; como si tuviese que hacer algo que no le gustase.

Después te ha mandado llamar, así que te va a decir algo que no te hará gracia.

–aventuró perdida en sus pensamientos compartidos en voz alta.

–Si me ajusto un poco más, como estaba hablando con Harold…

—Su silencio me inquietó, como si por alguna razón pensase que sus suposiciones iban a ser ciertas.

–Te van a pedir que dejes a tu novia. –soltó.

—Ellos no se meten en esas cosas, y menos sin encontrar… —Me callé de pronto.

No sabía cuánto había oído de mi conversación con Helda pero no iba a ser yo quien le ampliase la información. Por mucho que ella pareciese dispuesta a compartir conmigo sus cavilaciones.

—¿A la mujer marcada? –inquirió haciéndome saber, una vez más en el corto espacio de tiempo que nos conocíamos, que era de todo menos tonta.

—No habrá esa mujer así que… Ya arreglaré yo lo que tenga que arreglar de mi vida privada.

Esperé su reacción por unos segundos antes de entrar a la estancia desde la que había sido llamado. Solo vi una fracción de segundos más dilatadas sus pupilas. Por el resto, era una actriz de diez.

¿Tan pétrea como yo? Se acercaba…

—¿Me necesitabas? –inquirí conservando la calma al máximo.

—Verás Taylor, resulta que todo indica que debería haber una mujer marcada, pero nadie la encuentra. –comenzó Gulliver. –Hemos pensado que, quizá… Hay una posibilidad…

—Sin rodeos Gulliver. –solicité sintiendo como cada músculo de mi mandíbula se tensaba.

—Quizá que ya tengas una relación afectiva está alejando a la mujer marcada. –respondió ya dejándose de florituras.

—No veo qué puede tener que ver. –contesté. –Si ya han marcado a una chica, esa mujer tiene un círculo en su brazo. No veo qué puede tener que ver con quien comparta mi tiempo libre para no encontrarla. –añadí.

No me gustaba esa expectación hacia mis asuntos personales. Mis hermanos, que lo sabían, los que estaban presentes, dirigían sus miradas hacia otra parte. No me daba intimidad, pero se agradecía el respeto.

—Mi posición al respecto es la misma. –empezó a decir Gulliver.

—Se suponía que íbamos a ser un frente unido.

–rectificó Harold. –Pero ya termino yo la exposición.

Tauro. –No me gustaba cuando me llamaban por el signo, yo era personalmente yo, Taylor.

–Solo te pedimos una ruptura temporal. Si después de un mes no la hemos encontrado porque no existe, puedes volver a hacer lo que quieras.

Cuando termine el foco de tu signo. –argumentó.

—Así que estaré un año tranquilo. –murmuré.

—Nunca habías puesto pegas a tus obligaciones. –señaló.

—Y no las estoy poniendo. –reafirmé. —¿Puedo irme?

—¿Lo harás? –preguntó Gulliver con ese aire paternal que a mí no me resultaba.

—Yo siempre hago lo que tengo que hacer. –respondí.

Fui directo a mi cuarto para escribirle a Helda diciéndole que necesitaba un tiempo por asuntos de los doce. Valía esa ambigüedad porque tampoco pensaba darle más explicaciones.

Me metí a la ducha esperando que se me pasase un poco de toda esa mierda que amenazaba mi preciada tranquilidad.

Yo no era del que estaban pendiente los demás sino quien controlaba en la sombra que todo les fuera como debía.

Sentía esa responsabilidad para con todos ellos, como si estuviese seguro de que veía los caminos más viables.

Salí con la toalla anudada a la cintura dispuesto a tirarme a la cama y ver la televisión hasta que tocase volver a salir para buscar a la nueva marcada.

¿Por qué tenía esa sensación tan fuerte de saber que estaba haciendo algo que no debía callándome?

Unos golpecitos en la puerta me sacaron momentáneamente de mis pensamientos. Aspiré el espacio para estar seguro de que era Ariadna la que estaba ahí fuera. Dudé pero acabé por levantarme y abrir la puerta tal y como iba.

—Si sabes que soy yo, podrías tener el decoro de cambiar esa toalla por unos pantalones. –recriminó.

—Eres tú quien está llamando a la puerta de mi habitación. –reté poco amigable.

—No es porque necesite nada de ti. –aseguró sonriendo un poco.

—En realidad sí necesitas algo de mí. –mascullé.

—Te aseguro que a ti también te conviene. –dijo apretando los dientes. –Además, creía que no querías hablar de eso. –añadió.

—No sé de qué me estás hablando. –mentí.

—¿Qué pasa si no la encontramos? –cuestionó paseándose hacia dentro de mi habitación.

—No te he invitado a pasar. –señalé. No me hizo caso mientras su mirada de escrutinio se dedicaba a recopilar datos de lo que veía. Suerte para mí que fuese tan impersonal que bien podría ser de cualquier otra persona. —¿Qué quieres? –pregunté. –Hacer digo.

—Solo irme de vuelta a mi cuartel, con una buena recomendación, donde me pongan como militar de cargo alto. –respondió.

—Taylor. –Me giré para mirarla ya menos convencido de ir tan desnudo. Sentía un calor vibrante repentino. —¿Qué tiene que ver la mujer marcada con que tú rompas o no con tu novia? –cuestionó.

Mis sentidos me gritaron “Alerta”.

—No es de tu incumbencia. –murmuré. –Cuéntame mejor de qué te escondes.

—¿Vas a fingir que te gusta escuchar? –preguntó con una risita.

Su risa me hizo fijarme en ella un poco más. El cabello le caía ondulado por la espalda hasta la cintura. Sus ojos brillaban de color ámbar tanteando el cuarto, evitando mirarme.

Así que tenía sus propias suposiciones sobre mí…

—Me gusta escuchar. –respondí con sinceridad.

—Pero porque sacas información.