Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

ARIADNA

Mierda. Mierda. Mierda.

Corrí hasta el cuartel que me correspondía a toda prisa pero me paré a varios metros para intentar relajarme. Al entrar, sentí muchas miradas hacia mí aunque no podía ser.

Nadie sabía lo de la explosión y… Mucho menos lo otro.

—Ariadna. —La voz de Frank, jefe del cuartel, me detuvo. —¿Cómo ha ido la cosa? ¿Estás bien? —preguntó examinándome.

—Sí. No conseguí llegar a la reunión porque hubo una explosión en un restaurante.

—dije. Acercarse a la verdad era una buena forma de evitar que te pillasen lo que querías esconder.

—Varios de los doce estaban allí así que me pidieron que les acompañase para ampliar la visión de lo que había pasado.

—¿Por qué? ¿Qué buscan? —interrogó.

Los doce eran envidiados incluso por los otros originales, pero cuando se trataba de nosotros, los convertidos, sólo queríamos tener un buen rango para no parecer vampiros de tercera.

Estaban ellos, los originales y nosotros; por suerte, irónicamente, había renegados de los que nos encargábamos para aliviar su carga.

Eso nos hacía importantes a algunos cuarteles estratégicos dentro de la ciudad.

—No tengo ni idea. —respondí con sinceridad.

—Bien. Colabora todo lo que puedas con ellos, y di mi nombre. —dijo antes de perderse por algún lugar.

Asentí hasta que llegué a mi habitación y me empecé a desnudar a toda prisa para meterme en la ducha. Cuando miré hacia mi tobillo, por fin descubrí la causa de mi dolor, ese que había fingido como había podido ante ellos. Un círculo rojo en mi tobillo ardía como mil demonios.

¿Qué cojones era eso?

Mi instinto me había dibujado la señal de peligro desde que la había visto por encima después del incidente. Pero cuando me estaba desahogando llegó Tauro, del que no sabía el nombre, y empezó a hacer preguntas.

Algo me decía que era ese círculo lo que buscaba en una mujer. ¿Pero por qué todo el mundo buscaba en mis brazos?

Me sentía aliviada y aterrada al mismo tiempo. En principio, podía significar cualquier cosa: Buena o mala.

Alguien tocó mi puerta y me sobresalté aunque me había asegurado de volver a ponerme pantalón largo, cargo color militar, y camiseta negra. Pasar desapercibida; seguir siendo una soldado excelente.

—¿Qué pasa? —pregunté hacia Frank, quien nunca se personaba en mi cuarto.

¿Lo sabría? No, no era posible.

—Ha llegado un requerimiento desde la casa zodiacal. —Tragué saliva. —Quieren que les ayudemos en una búsqueda y han pedido que mande a mi mejor soldado. —añadió.

—Oh. —dije escueta.

Normalmente estaría hinchada como un pavo porque si estaba ahí era que me había elegido a mí, pero justo en ese momento, no era eso lo que quería ni lo que necesitaba. Pero claro, no podía explicárselo.

—¿Oh? Vamos Ariadna, siempre has querido una oportunidad grande. Impresiona a los grandes, eso es una oportunidad casi mayor de la que yo he tenido alguna vez. —reclamó.

—Sí, esto… Dejaré el listón alto para que vean lo buen jefe que eres. —contesté poniéndome ya en mi papel profesional.

Solo había sido casualidad. Ellos querían ayuda. La voz de mi cabeza me gritaba que era para buscar a la mujer del círculo y que esa era yo, pero no tenían por qué descubrirlo. Me presentaba, hacía una representación de mis mayores cualidades y dejaba que ellos buscasen lo que quisieran.

Me fui animando conforme me acercaba al cuartel principal. De hecho, era una oportunidad de oro: Si les ayudaba a buscarla, si era eso lo que buscaban, no tenían por qué descubrirme. Y encima sabría qué avances hacían y me podía esforzar por saber qué significaba la dichosa marca.

¿Se iría de mi piel en algún momento?

Toqué al timbre jugueteando a repiquetear con el zapato en el suelo.

—Tú. —dijo Tauro abriendo la puerta.

—Ariadna. —rectifiqué tragando saliva.

—¿Qué se te ha perdido? —preguntó poco amable.

¿Por qué tan borde? Sonreí sabiendo que eso jodía más.

—Diría que tu nombre, pero eso me da igual. Me han llamado. —respondí levantando la barbilla altiva.

—¿Eres el mejor soldado de Frank? —preguntó divertido el signo de Leo. —Encantado, soy Leo. —añadió hacia mí.

—Lo he supuesto. —respondí asintiendo mientras entraba.

Mis ojos recorrieron todo el espacio. Me gustaba ser observadora, saber quién o qué había en cada lugar.

Y si me esforzaba un poco en ver los detalles, solo por el comportamiento podía leer a la gente.

No era más complicado precisamente eso con los signos principales, con sus caracteres tan marcados.

—Bueno, qué sorpresa Ariadna. De saberlo, no habríamos dejado que te fueras. —bromeó Gulliver, el maestro.

—¿Por qué soy mujer? —interrogué algo cabreada con tanta sorpresa.

—No. —dijo horrorizado. —Era una broma. —Esto…

Pasemos a la biblioteca. —Le seguí. Demasiados ojos mirándome.

—Resulta que estamos buscando a una mujer que tuvo que estar presente o cerca del incidente que tanto Taylor como tú visteis.

—Se quedó en silencio. —Vaya, supongo que es conveniente que seas precisamente tú el mejor soldado de Frank.

—¿Por qué se la busca? —interrogué intentando controlar mi tensión.

En ese momento agradecí no tener exactamente pulso. Los vampiros nos regíamos por sentidos diferentes.

—Es de vital importancia que la pongamos a salvo. —dijo Harold. —Soy el lector de mapas. —añadió para darse importancia.

Así que ese era el tío que regía con sus lecturas prácticamente el destino de todos los vampiros. Lo esperaba más imponente. De hecho, Gulliver daba mucha más impresión de autoridad.

—¿Por qué está en peligro? —inquirí.

—¿Y por qué tanta pregunta? —recriminó Taylor, del que acababa de saber su nombre, despegándose de la esquina donde estaba apoyado.

—Tendré que saber de qué tengo que protegerla si la veo. —azucé convincente.

Gulliver y Harold miraron de una dirección a otra en busca de a saber qué entre nosotros.

—Pues solo hay que localizar a alguien que haya estado y se haya asustado. Quizá algo herida. —contestó Gulliver. ¿Herida era el círculo? —Traerla para que podamos protegerla ya que podría caer en algún problema con renegados. —añadió.

¿Por qué una marca que no se veía iba a traerme problemas con nadie? Bueno, un motivo más para quedarme cerca e investigar; También pasó por mi mente que cerca de ellos iba a ser más complicado que alguien lo descubriera y me metiese en problemas.

—¿Alguna pauta de búsqueda? —interrogué.

—Instinto. —respondió Harold.

Genial, no iban a encontrarme ni por asomo.

—Vosotros patrullaréis juntos. —ordenó entonces Gulliver hacia Taylor para después señalarme.

—¿Por qué? —preguntó éste visiblemente disgustado.

—¿Y por qué no, Taylor? —inquirió de vuelta.

Salió por delante de mí sin esperarme hacia la calle. Al doblar la esquina donde me había interceptado la primera vez que salí del cuartel, se paró.

Así que hasta ahí era donde llegaba la vigilancia del cuartel… Poco cauteloso en sus movimientos haciendo evidente algo así.

—¿Por qué sabías que yo era tauro? —preguntó arrugando un poco la nariz con forma griega para aliviar seguramente algo de tensión.

—Eres prepotente, metódico y desesperante. —respondí sin cortarme. —Se me da bien calar a la gente. —añadí.

—Si eres tauro, no lo digas en el cuartel. —advirtió de pronto consiguiendo que me quedase paralizada.

¿Por qué no?

Sí, yo también era tauro.

Recorrer las calles en busca de alguien que sabía que no iba a aparecer me pareció una estupidez. Posiblemente por ese mismo motivo estaba más pendiente de estudiar a mi acompañante que otra cosa. Estaba serio, pensando en sus cosas, recorriendo cada esquina con una matización increíble.

Encontrarla, bueno encontrarme, parecía importante.

¿Y si no era nada malo? ¿Y si me pasaba algo por no decirlo? Bueno, cuando lo tuviese claro, hablaría.

—¿En qué piensas? —preguntó girándose de pronto tras mirar otro grupillo de chicas en la distancia.

Una se tapaba el brazo pero era a causa de una vacuna recién puesta.

—¿Has hablado con tu novia? —inquirí sin que tuviese demasiado sentido sacar esa conversación. No respondió. — Digo, deberías decirle que te han mandado conmigo a patrullar, no vaya a ser que se piense cosas raras.

—Espero que hayas hecho lo mismo. —contestó cortante.

No tenía tal cosa.

—Debe ser duro, conformarse con lo que sea para el resto de la eternidad. —Me miró queriendo fulminarme. —Oh, os vi antes de la explosión. Cada uno en su sitio, con su teléfono. No parecía que fuese algo apasionante.

—Sorpréndeme con tu teoría aunque nadie te la haya pedido. —solicité.

—Pues por costumbre, se llama así. Miedo a la soledad. Miedo a que nadie te soporte. —contesté atacante.

¿Por qué me ponía así? ¿Qué mierda me importaba?

—¿A qué tienes miedo tú? —inquirió quedándose muy cerca de mí.

Era imponente, peligroso. Sus ojos verdes no dejaban lugar a dudas, eran los de un cazador experimentado. El pelo negro azabache enmarcaba su seguridad en una peligrosa oscuridad.

—A nada. —mentí.

Me hice una coleta alta para seguir buscando e incluso pasé por delante para dejarlo atrás tras ese momento incómodo.

—¿Cómo es que eres el mejor soldado de Frank si eres tan joven? —inquirió tras un buen rato de silencio.

—Tengo habilidades. —respondí sabiendo que cuanto menos mintiese era más sencillo que confiasen en mí lo suficiente como para contarme algo útil de mi marca y tampoco cuestionasen dejarme ir cuando terminase la fallida búsqueda.

—Habilidades. —repitió poco convencido.

—Sé que no soy una de los doce ni nada por el estilo, pero, aunque te cueste creerlo, hay convertidos que servimos para algo. —ataqué de nuevo molesta con su tono.

—Diría que a alguien le duele el ego. —dijo divertido entonces.

Me giré y se topó conmigo. Media sonrisa arrogante estaba tatuada en su rostro de engreído. No era mejor que yo por ser un doce, pensaran lo que pensaran el resto del maldito mundo vampiro.

—¿Qué buscamos en el brazo de las mujeres? —interrogué haciéndome la tonta. Entrecerró los ojos en mi dirección. —Es ahí donde te fijas antes de descartarlas. No sé para qué pedís ayuda si no estáis dispuestos a dar una descripción ni siquiera válida de lo que tengo que buscar.

Esa retahíla había sido solo medio verdad. Pensaba que lo lógico era compartir con alguien a quien pedías ayuda cierta información, pero en realidad quería provocar que me lo dijesen ya. Sobre todo por la sensación asfixiante de no saber qué me iba a pasar o por qué.

—Es una marca, un círculo. —respondió escueto.

Jodidamente tenía que confirmarme que era un círculo. Fui a preguntarle, en aras de parecer útil, por qué tenía que estar en el brazo, pero eso habría sido apuntar demasiado cerca de mi verdad.

—Bien. Sigamos peinando zonas. —aventuré apretando el paso.

Estuvimos tanto tiempo en silencio que el sonido de sus movimientos se me hizo familiar.

Sabía cuándo se estaba acercando a alguien que parecía haber hecho un movimiento sospechoso y cuando se paraba como si necesitase pensar su próxima jugada.

Eso estaba bien. Sin embargo, había segundos en los que notaba sus ojos verdes sobre mí pese a no estar mirándolo y eso… Se sentía raro.

La oí antes de que llegase.

—Mierda. —murmuró Taylor.

—Tenemos visita amorosa. —ironicé.

Su novia, de la que no tenía ni idea del nombre, apareció directamente hacia él.

Taylor no se inmutó una vez que llegó hasta nosotros.

Ella decidió hacerme un escáner completo antes de decidir, seguramente tras comprobar por la esencia del rastro que era una vampira convertida, que no valía la pena.

—¿La habéis encontrado? —preguntó hacia él.

—Eso no te incumbe Helda. —respondió seco.

—¿Qué no me incumbe? —inquirió poco feliz con la respuesta que había obtenido.

—Es asunto de los doce. —contestó tensando su mandíbula.

—Ella no es una doce. —replicó señalándome.

—A ella la han metido en esto por otras circunstancias. —rebatió de nuevo sin mirarme.

Qué fácil se les hacía hablar de mí en mi presencia haciendo como si no estuviera.

—Ni siquiera es una original. —espetó viperinamente.

—Ya… —intervine consiguiendo que los dos me mirasen de pronto. —Debe darte rabia que te pisoteen de ese modo. A lo mejor no eres buena para nada. —solté.

No tenía buen pronto, para qué mentir. Y aunque lo prudente hubiera sido quedarse callada… No lo hice.

—Te voy a matar perra asquerosa. —declaró sacando más sus colmillos.

Taylor se puso en el medio sin un ápice de nervios, casi como si supiese que la tal Helda no iba a matar ni a una mosca ni pretendiéndolo.

—Vete al cuartel, estamos en una misión. Luego hablamos. —ordenó.

Ella tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo, fue para hacerle caso. Rodé los ojos hasta ponerlos en blanco.