CAPÍTULO 1
TAYLOR
Normalmente me gustaba que fuese el mes de los tauro, había algún nacimiento que engrosaba la casa zodiacal de la que yo era portador, pero desde que Adam había tenido ese bebé con Lena… Todo había empezado a ser muy distinto.
Me gustaba que hubiera formado una familia, el problema era que ya no había habido más nacimientos en forma de bebé en bola de fuego y precisamente por eso todo el mundo me miraba instándome a que saliese, entrase, o hiciese el pino puente para que buscase una tauro destinada para mí con la que tener un bebé estelar.
Solo habían unos cuantos problemas: El primero que yo tenía una novia vampira, Helda, que no estaba muy de acuerdo con el tema ya que no era de mi signo y no tenía ninguna marca; El segundo, que no me gustaba que la gente se metiese en la privacidad de mi vida; Y el tercero, y no por ello menos importante, que yo no tenía intención alguna de ponerme a ser el foco de atención por algo que no fuese mi gran habilidad para el combate.
Me había perfeccionado durante años en el intento de ser el mejor, el mejor incluso entre los doce, y aunque a ratos había alguno de mis hermanos que destacaba, siempre creía estar en lo cierto sobre que mi técnica era bien distinta.
Bajé por el tejado de la casa en busca del grupo de renegados, quienes se habían quedado algo desorientados con los nuevos acontecimientos, la ausencia de bebés.
Por lo menos, de bebés de los que fueran conocedores.
Y ahí estaba ese peligro que todos veíamos en silencio…
Si se enteraban de los bebés: Compañeras y crías estaban en peligro.
Qué pena, tendrían que morir todos ellos antes de que aquello ocurriese.
Aterricé en el centro de la calle junto a Liam y Leo. El grupo de renegados nos miró sabiendo que allí habría un combate. Eran más numerosos, pero eso nos daba igual.
Empecé por coger a uno de la chaqueta y lanzarlo contra un árbol.
Oí el resonar de su cuerpo aunque sabía que eso no le mataría le dejaría suficiente tiempo fuera de pelea como para ocuparnos en igualdad de condiciones.
Otro acabó bajó mi bota hasta que pude separar la cabeza del cuerpo en un sonido sordo.
Hubo uno que fue hasta gracioso pues casi mancha mis zapatos y solo entonces me di cuenta de lo mucho que los apreciaba.
—Te veo en tu mejor momento. Será porque es tu mes. —dijo Leo picándome.
Era el hermano que más se parecía a mí, por lo menos en cuanto a ego de las peleas. Lo que sí nos diferenciaba era la forma en la que éramos echados para adelante: Él podía cautivar a una multitud de golpe; Yo podía cautivarlos pero uno a uno.
Me gustaba analizar a cada presa por separado, usando el punto clave que consiguiese dejarlo rendido a mis pies.
Por eso, posiblemente, era el que más contactos tenía fuera del cuartel: Gente que me pasaba información valiosa a cambio de nada.
¿Querían creer que éramos amigos? Yo no había dicho eso en la vida.
Maté a uno que iba hacia Liam prácticamente sin pestañear. Liam era mi hermano, y cuando yo sentía cariño por alguien… Oh, ahí sí que era del todo verdadero.
—Ha sido una buena caza. —afirmó Liam, al que era más difícil alterar que una piedra.
Yo era tranquilo pero porque era metódico, no toda esa justicia y equilibrio que representaba Liam siendo libra.
—He quedado. —anuncié.
—¿Con Helda? —preguntó Leo enarcando una ceja.
Nadie se atrevía a decirme abiertamente que querían que la dejase para ir en busca de ese “recipiente” compatible conmigo, no entre mis hermanos, pero lo pensaban más de uno, lo veía en sus ojos. ¿Y después qué?
—Con gente. —respondí.
No me encontraba a gusto dando explicaciones así que no lo solía hacer. Fui hasta el lago donde habíamos quedado y la encontré inmersa en la lectura de un libro. Levantó la vista hacia mí y siguió con lo que estaba haciendo.
—¿Qué quieres hacer? —pregunté.
—Lo que quieras. —respondió encogiéndose de hombros.
La eternidad de un vampiro a veces podía ser una condena. Hacía diez años que salíamos y no había pasado nada malo en sí por lo que dejarlo, pero a veces me preguntaba dónde estaba el punto de emoción.
Algún cabrón de mis hermanos decía que podía divertirme por fuera si ya no sentía lo mismo, incluso si no quería dejarla, pero yo no era así. Las promesas o no se hacían o se cumplían.
—Deberíamos comer algo. —adelanté dirigiéndonos a un buen restaurante italiano.
Pedí para los dos, siempre lo hacía. Demasiado indecisa y sin verdadera pretensión de intentar tomar una decisión, eso me lo dejaba a mí. Y me gustaba… ¿No?
—Taylor. —Su llamada de atención me sorprendió tanto que dejé el móvil con el que estaba pese a estar comiendo. —¿Qué pasa si encuentras al recipiente? —interrogó.
Nosotros habíamos decidido desde el principio llamar así a la posible mujer marcada con la que las estrellas esperaban que tuviese un bebé. No la conocía, yo no me enamoraba a primera vista; y no estaba de acuerdo con que intentasen marcar ese tipo de cosas.
—Que haya sido ese el camino que hayan encontrado con Adam, no significa que todos vayan a ser igual. —respondí algo fastidiado con tener que hablar de algo desagradable mientras comíamos.
¿Estábamos allí en el restaurante? ¿Teniendo una cita? Que estuviese feliz. Yo mi papel ya lo estaba cumpliendo cuando, en una parte de mí, quería irme al maldito cuartel a dormir.
—Si lo fuese… Deberían probar si vale cualquiera del mismo signo, como se propuso con Adam. —recalcó.
Los vampiros originales, como era el caso de Helda, aunque no eran tan fuertes como los doce zodiacales principales, estaban bastante informados de tanto merodear de casas franco hacia los distintos cuarteles, pero no era su asunto meterse en qué pasaría o no.
Me encogí de hombros por tanto como única respuesta. Ella me imitó antes de seguir comiendo.
Mi teléfono sonó y no tuve miedo de cogerlo. Era Gulliver así que, si quería enfadarse, me terminaría la parte del postre solo.
—Está habiendo un nacimiento Taylor. —dijo como si le faltase el aliento.
¿Qué?
Me quedé helado por un momento, sin saber cómo reaccionar. Helda lo había oído aunque estaba sentada en frente, pero era lo que menos me preocupaba en ese instante. Algo se estaba removiendo dentro de mí.
Como si el propio universo me hiciera reaccionar, hubo una explosión dentro del restaurante y todos salimos despedidos hacia la calle atravesando las grandes cristaleras.
Caí encima de Helda protegiéndola como era mi deber.
—¿Qué cojones ha pasado? —preguntó de mal humor debajo de mí.
Levanté un poco la cabeza hasta dar con el móvil aún encendido, ventajas de usar móviles de antes.
—¿Taylor? ¿Qué ha sido eso? —interrogó con voz urgente.
—No tengo ni idea, pero voy a averiguarlo. —respondí antes de colgar.
Oímos las sirenas de la policía llegando al lugar del accidente por lo que debíamos salir de allí antes de que alguien pudiera darse cuenta de que habíamos salido inexplicablemente ilesos pese al gran estallido. Hasta podíamos acabar pareciendo culpables de algo que… ¿Un accidente con el gas?
—Vámonos Taylor. —exigió Helda.
Le hice un movimiento para que ella se fuese primero y no dudó en desaparecer de mi vista. Bueno, Helda estaba a salvo y esa era parte de mi responsabilidad.
Eché un vistazo a las personas de mi alrededor y supe que la mayoría se curaría aunque pasarían un mal rato. Anduve hacia el origen, que creía que había sido la cocina para darme cuenta de que había sido el tocador de mujeres.
Cauteloso fui adentrándome un poco más hasta percatarme de otro agujero en la parte de atrás del local. Salí levantando el pie por encima de unos adoquines rotos.
—¡Me cago en la puta! —chilló una mujer rubia que localicé a mi derecha.
La olí. Era vampira, como yo. Convertida, joven.
—¿Y tú eres? —pregunté enarcando una ceja con cara de pocos amigos.
—¿Y a ti te importa…? —interrogó de vuelta.
—¿Has visto qué ha pasado? —inquirí con media sonrisa, que no solía poner, en el rostro.
No estaba muy acostumbrado a que me llevasen la contraria.
—Paseaba por la calle de detrás. —afirmó cautelosa. —Con el estallido entré en el restaurante en lugar de salir despedido como tú.
—¿Cómo de despedido he salido?
Quería confirmar qué había visto o si estaba diciendo las cosas por decir. Sabía que entre los convertidos había rumores sobre los bebés, las marcas, y todo eso, pero no iba a dar información sobre que podía ser eso lo que había pasado.
—Como todos pero sin hacerte daño. —remarcó. —¿Dónde está tu novia? No parece muy seguro dejar a su macho en mitad de la escena de un crimen. Quizá no le importes tanto. —añadió.
Auch.
Entrecerré los ojos en su dirección y ella hizo lo mismo. Era como si nos midiésemos en la distancia.
—¿Qué cojones ha pasado? —preguntó Leo llegando. —Tío, no se te puede dejar solo. —añadió bromista.
—¿Es una discusión con la parienta? —bromeó Einar apareciendo también.
La susodicha, cuyo nombre desconocía, se rió de la ocurrencia llamando la atención de los dos.
Solo entonces habían caído de verdad en su presencia.
A veces creía que nada más que yo era cuidadoso con mi entorno, como si tuviese que estar seguro de cada posible amenaza ahí fuera antes de que ocurriese nada con ella.
—¿Y la señorita es? —preguntó Leo.
—Vampira. —respondió Einar.
Sí, claro que los tres habíamos tenido un momento de duda.
Una mujer en mitad de una explosión era exactamente lo que buscábamos después de que Gulliver anunciase que había habido, repentinamente, un nacimiento.
Uno que no había llegado como un bebé en forma de bola de fuego y que, por lo tanto, podía ser cualquier mujer marcada, como lo había sido Lena.
—Buscaremos entre las heridas. —aseguró Leo tras trastear su teléfono.
Mirar una por una que no estaban marcadas y salir de allí antes de que alguien nos viese en aquella situación tan incómoda.
—Bueno, un placer. —dijo a modo de despedida la chica.
—Espera. —Mi voz pareció llamar su atención.
Me acerqué a ella rápido y la dejé inconsciente de una llave del sueño que no esperaba.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó Einar.
—Es una vampira en este lugar, Gulliver querrá hablar con ella. Yo no he tenido suficiente tiempo. —Ni paciencia. —Para sacarle más información.
Porque además me daba completamente igual.
Entre las mujeres de aquel incidente no se encontraba ninguna marcada y eso alivió mi tensión varios grados. Recibí mensajes de Helda con interrogaciones, porque eso era todo lo que quería saber, si íbamos a tener algún problema en nuestra eterna estabilidad. Un “todo ok” fue lo único que respondí.
Harold fue directo al brazo de la chica, que llevaba Leo en brazos porque yo me había negado a hacerlo.
No iba a entrar al cuartel con una mujer en brazos para que todo el mundo pensase que se estaba repitiendo la historia de Adam cuando no tenía nada que ver.
—¿Entonces ella vio la explosión? —preguntó Gulliver tranquilo.
—No parece que tenga marcas. —aventuró Liam, observador.
—No las tiene. —murmuró Lewis, el médico del cuartel. —Ella no estaba dentro del restaurante, pero aún así… Creo que no se golpeó con nada ni atravesó una pared. —añadió.
Me miraron.
—Estaba en el suelo cuando la vi aunque se levantó rápido y dijo algunas palabrotas. Es una vampira, normal que no se haya hecho daño. —dije restándole importancia.
Miraron sus brazos tanto que creía que se los iban a quedar para enmarcar, pero no había nada. La chica despertó de pronto y, para sorpresa de todos, le dio un puñetazo a Lewis en la nariz.
—¿Qué haces tan cerca de mí? —interrogó alterada. Cayó entonces en todos los ojos que la mirábamos. —Vaya, parece que estoy en desventaja. —Prosiguió mirándonos, cautelosa, estudiándonos en nuestras posiciones. —¿El cuartel de los doce? —aventuró.
—¿Quién eres? —preguntó Gulliver.
Estaba claro que había dado en el clavo a la primera, pero no iba a tener confirmación.
—Ariadna. —respondió escuetamente medio sonriendo. —¿Por qué me habéis dormido para traerme hasta aquí? —Silencio. —Digo, con haberme pedido que os acompañara, lo habría hecho. —añadió clavando sus ojos marrones en mí con algo de desdén.
—No podía estar seguro de eso. —confesé sin sentirme culpable.
—Bueno… ¿Y viste a alguna mujer en la escena del accidente que saliese despedida hacia otra dirección o se fuese por su propio pie? —preguntó Harold entusiasmado con la idea de hallarla.
—No. —respondió.
—Ariadna, es importante que nos cuentes cualquier detalle que se nos haya podido pasar por alto. Es una misión de alto valor para la casa de los doce signos zodiacales y estaríamos muy agradecidos por ello. Mandaremos reconocimiento al cuartel que quieras. —avanzó Gulliver.
—Es que no tengo nada que decir. No vi a nadie. Iba paseando hacia una reunión de renegados para ver qué movida se traían entre manos. Mi jefe, Frank, quería enviaros información sobre ellos. —Se encogió de hombros. —Y salté por los aires al pasar por el restaurante, fin. —concluyó.
—Bueno, en ese caso… Puedes irte. —dijo Gulliver algo decepcionado.
A mí me venía mejor que así fuese. Eso intenté repetirme doscientas veces mientras la veía cruzar la puerta, pero había algo que no me cuadraba, y yo odiaba las cosas que no cuadraban.
—Mientes. —aseguré en la primera esquina en la que estaba seguro de que nadie nos veía.
Se giró para sonreírme abiertamente.
—Tú también. —replicó de vuelta.
Eso me sorprendió como si hubiera sido el puñetazo hacia Lewis.
—¿Qué viste? —pregunté cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Qué crees que he visto? —inquirió.
Ese era un juego al que no estaba acostumbrado, pero algo dentro de mí se removió placenteramente con la discusión dialéctica.
—La explosión se originó en el baño. —afirmé aunque me había callado esa información sin motivo aparente.
—¿Y no se lo has dicho a tu jefe? Qué mal adiestrado os tiene. —señaló.
—Harías bien en recordar quién soy yo y quién eres tú. —murmuré amenazante.
—Claro, tauro. —sentenció antes de marcharse literalmente corriendo.
Podría haberla seguido pero la mención a mi signo me dejó por unos segundos, demasiado valiosos, fuera de escena.