CAPÍTULO 7
ADAM
Era imposible no volverse loco con los besos de Lena. Quería devorarla con una necesidad que no había sentido nunca en mi larga existencia.
¿Qué estábamos en mitad del gimnasio?
Me daba exactamente igual.
Sus manos recorrían mis hombros hasta que se colocaron detrás de mi nuca. La subí a horcajadas sobre mí.
Quería tenerla entera y sus suaves gemidos en mi oreja solo hacían excitarme más. Metí mis dedos con suavidad por dentro de su ropa hasta llegar al centro de su ser. Ella entreabrió los labios por el placer mientras que intentaba apremiarme con movimientos de su cadera.
—Necesito más. —murmuró cuando pensaba que no podía estar más duro.
Su voz era como un activador de mi parte más animal, esa que estaba siempre prácticamente dormida. Subí la intensidad de las embestidas de mis dedos hasta que noté como se cerraba a mi alrededor, a punto de dejarse ir. Noté como se contenía, esperando a que pasase algo más, pero no iba a pasar.
Cuando abrió la última en un último gemido de éxtasis me percaté de que ese sonido era la nota más dulce que había oído durante mis largos años de existencia.
Me separé de ella lo justo para contemplar su rostro agitado y acalorado para después bajarla lentamente. Aleteó sus pestañas mientras recobraba el aliento.
Tenía que irme si no quería tumbarla allí mismo.
Fui hasta las duchas del gimnasio dejándola atrás. Solo me faltaba intentar ducharme en el cuarto y que ella decidiese que también quería despejarse con el agua. No tenía tanta maldita contención.
—¿Adam? —susurró demostrando que estaba dentro de los baños del gimnasio.
Mierda.
No dije nada aunque sabía que, por muy vampiro que no fuese, podía oír de dónde provenía el agua cayendo.
Al final se fue. Por el portazo hubiera dicho que estaba tremendamente enfadada.
La puerta de la ducha la abrí después de intentar saciar el deseo que había dejado grabado en mi piel.
—¿Qué es lo malo de intentarlo si ella te gusta? —preguntó Gulliver sobresaltándome cuando ya salía del gimnasio.
—¿Y quién dice que me gusta? —pregunté sabiendo exactamente a qué se refería.
—Vamos, Adam. Huele a ti por cada rincón por el que ella pasa. —respondió chasqueando la lengua.
Quizá era la primera vez que le desesperaba de aquella manera en mucho tiempo. Gulliver era como un padre para nosotros, un maestro en todos los aspectos de nuestra vida. Pero, en ocasiones, también parecía un carcelero.
—Ella quiere dormir conmigo porque os tiene miedo, sin más. —repliqué encogiéndome de hombros.
—Y claro, tú dejas dormir en tu cama a cualquier humana temerosa. —ironizó.
—Entiendo que soy el primero de mi clase. Soy Aries antes que Adam. —dije sintiendo pequeños clavos dentro de mí. —Pero ni debiendo toda mi vida a este cuartel y al sello de los signos podéis decirme si debo amar a alguien. Ni tú, ni las estrellas, ni nadie. —aseguré enfadado.
—Nadie ha hablado de amar. —remarcó. —Además, os conocisteis antes de la marca. —añadió.
Yo era perfectamente consciente de eso porque era en lo que pensaba constantemente.
—¿Me pretendéis obligar a intentar tener un bebé solo por si acaso? —interrogué.
—No. —contestó encogiéndose de hombros. —Entonces… ¿No quieres hacerlo? —preguntó como si aún necesitase confirmación.
¿No me estaba escuchando?
No dije nada más antes de irme y ni siquiera sabía dónde meterme. Abrí el cuarto con pies de plomo.
—No soy como tú pero tengo buenos sentidos. —recalcó Lena desde dentro. Entré para dejarme caer en una butaca cogiendo el libro que tenía a medias. —¿Por qué me quieres evitar? Digo, bastaría con que te dignases a no meterme los dedos si luego quieres huir. —atacó.
—No te estoy huyendo. —mentí.
Jodidamente sí estaba huyendo de ella cuando yo no huía de nadie.
—¿Y lo otro? —preguntó sin que tuviese idea de a qué se refería.
—No te sigo.
—¿Por qué no terminamos? ¿Qué sacas tú de darme placer? —retó valiente aunque sus mejillas se tornaron rosadas.
Lo sacaba todo.
Me encogí de hombros manteniendo el silencio.
Anduvo hacia mí directamente, con cautela, como si midiese cada paso. Soltó la toalla que sostenía contra su pecho antes de subirse a mí.
Deslizó su boca por mi cuello mientras mis manos volaban a sus caderas.
—Lena. —susurré sabiendo que estaba ante mi maldita última barrera de contención.
—Adam, te necesito por completo. —aseguró mordiéndome.
Era todo lo que necesitaba para volverme completamente loco. Tomé lo que quería, lo que necesitaba y lo que ella susurraba en mi oído una y otra vez.
Nunca había estado tan excitado y compenetrado con alguien.
Parecía que ella sabía con exactitud cómo tocar mi cuerpo para hacerlo suyo.
Acabé por cogerla en brazos y llevarla a la cama para colocarla debajo de mí dispuesto a llegar hasta donde quisiese.
Y que me llevasen las estrellas si no podía quedarme ahí porque no hubiera habido forma de que alguien me sacase de ese momento.
Dudé cuando el éxtasis amenazó con salir. Ella debió notarlo porque clavó sus ojos en mí antes de besarme. No pude pensar más antes de irme dentro de ella.
Oí su respiración tranquila mientras descansaba sobre mi pecho. Jugueteaba con sus uñas en mi torso.
—¿Por qué piensas en eso ahora? —interrogó casi como si fuese capaz de saber qué pensaba.
Ese tipo de conexión… Era extraño.
—Tengo marcado cada uno de mis pasos desde que nací. —respondí con sinceridad. —No voy a hacer esto porque quieran. —añadí.
—¿Y si es lo que tú quieres? —preguntó elevando el rostro hacia mí.
—¿Quieres un bebé estelar con un tío que acabas de conocer? —inquirí sintiéndome molesto de pronto. —¿Has hablado con Harold o Gulliver sin mí? —pregunté.
—Nos gustamos… —murmuró a modo de contestación.
—Eso no es un motivo válido para decidir aquí y ahora que esto es lo que va a ser. Ni siquiera saben si es de verdad posible o qué te va a pasar si lo intentas. —respondí enfadado.
—Harold dice que no puedo quedarme aquí si no soy vampira ni gestante. —susurró desviando la mirada. —Eso significaba algo, era una amenaza. —afirmó.
Salí del cuarto en busca de Harold y sin previo aviso crucé su cara de un puñetazo. Gulliver dejó lo que estaba haciendo para intentar contenerme pero no podía. Leo y Taylor también se metieron.
—No te acerques a ella. —exigí aunque yo habría sido incapaz en cualquier otra situación de tratar así al lector estelar.
—No le he dicho más que la verdad. Sabe nuestro secreto, y no hay humanos que sepan nuestro secreto.
Es parte de lo que tú defiendes, te recuerdo.
—dijo con una calma que me ponía de los nervios.
—De todas formas, Gulliver asegura que no te puedo obligar…
—Su silencio consiguió ponerme nervioso.
—Pero hay otros aries dispuestos a comprobar esa teoría.
—Te mato. —amenacé ante los ojos abiertos de mis hermanos.
—Vamos a relajarnos todos. Tampoco es algo que tengamos que decidir hoy. —intervino Gulliver intentando calmar las aguas.
—No sabemos cuánto tiempo tenemos. Si por romper el sello en un nacimiento se vuelven humanos, a lo mejor la oportunidad es temporal. —explicó Harold.
—Aceptaremos ese riesgo. —replicó Gulliver.
Era de las pocas veces que los había visto en desacuerdo.
Me fui enfadado, cosa que me empezó a parecer común.
—Y eso que tú eres de los que acepta órdenes.
—dijo Leo a mi espalda. —¿Puedo hacerte una pregunta?
—interrogó aunque yo no quería ponerme a contestarlas.
Debió interpretar mi silencio como una respuesta afirmativa.
—¿Cuál es el problema si ella te importa suficiente como para romperle la cara a Harold?
—Eso mismo iba a preguntar yo. —intervino Taylor llegando.
—Si vas a volver a hacerlo, avisa que grabe. —bromeó Einar.
—Porque si no sale bien sabe a quién salvarán de los dos. —sugirió Shaun dando en el clavo.
Sabía que la había encontrado, a mi compañera, desde la primera vez que la vi. Fue una conexión única y especial que había entrado dentro de mi pecho como un huracán. Sin poder negarme a ella, sin querer hacerlo.
—No va a pasar. —afirmé convencido.
—Quizá ya esté pasando. —dijo Caleb, quien no solía meterse en esas cosas. Le miramos. —Es evidente que ha sido tuya, el rastro. —añadió. El silencio fue sepulcral. —Por mi parte, haré lo que tú hagas llegado el momento. —sentenció.
Esa declaración de intenciones me hizo tragar saliva.
Todos dijeron “Y yo” consiguiendo que sintiera orgullo en el pecho.
Mis hermanos estaban dispuestos, por primera vez en la historia y de forma unánime a ir en contra de lo que representábamos.
Salvaríamos a Lena: Una compañera estaba por encima de todo para un vampiro y había llegado el momento de sentenciar que eso no era diferente dentro de los vampiros del zodiaco.
Lena estaba a mi lado leyendo tranquila cuando Harold pasó cerca de nosotros. Me tensé pese a que creía que había quedado claro la postura al respecto. Lena pasó una de sus manos por detrás de mi nuca para dibujar en mi pelo con sus uñas dándome una paz que no solía sentir.
Gulliver sonrió al vernos manifiestamente juntos, aunque para un vampiro era más que evidente el rastro que se quedaba en el otro al tener relaciones.
—Debería escribir en algún momento a Patt y eso para inventarme por qué no voy a volver. —recordó.
Gruñí literalmente al respecto al recordar a cualquier hombre que quisiera estar con ella. Se carcajeó como única respuesta.
—¿Notas algo? —pregunté.
La duda existía constantemente, pues después de manifestarlo no había sido un problema querer devorarnos el uno al otro de manera asidua. Lo que se me hacía un jodido rompecabezas era estar fuera de ella, no dentro.
—No. —murmuró sonriéndome con dulzura.
Quizá ni siquiera llegaba a pasar. Solo llegaría un día en el que la marcaría para que ella también fuese inmortal y pudiera estar toda la eternidad conmigo.
Lo noté incluso antes de que fuera una realidad. Ella se dobló un segundo más tarde apretándose el vientre con las dos manos. Todos los ojos de la habitación, que no eran pocos puesto que estábamos más vigilados que la propia estancia de sellos en un nacimiento, se posaron en ella.
Busqué a Harold con la mirada aunque había dejado de caerme bien con su declaración de intenciones. Hizo algún movimiento con la mano y Lewis llegó de la nada para comprobar, con mucho cuidado para que su cabeza no saliese rodando, la tripa de Lena. Asintió de pronto.
Si hubiera estado vivo, se me habría parado el corazón.
—¿Nacerá un vampiro? —preguntó Harold dando un paso al frente, que yo imité.
—No lo sé. —respondió con sinceridad Lewis. —No se ven nacimientos de un vampiro todos los días. Básicamente porque no era posible supuestamente. —añadió sin dejarme muy tranquilo.
—Nueve meses ya te digo yo que no van a ser. —atajó Lena con los ojos muy abiertos.
—Prepararemos la habitación de sellos, los doce estaréis preparados esta noche. —anunció Gulliver.
Nadie se negó.
—¿Esta noche? —preguntó Lena abriendo más aún los ojos asustada.
Acaricié su barbilla con suavidad.
—Tranquila. —dije.
Por suerte ella no podía notar lo nervioso que estaba yo. Me daba igual. Destrozaría a cenizas el cuartel si era necesario para volverla a ella inmortal si lo del bebé no salía bien.
—No lo hagas Adam. —murmuró mirándome solo a mí. —El destino está escrito, por eso tú y yo tenemos el mismo tatuaje. —añadió tocándose el suyo en la muñeca.
—No voy a dejar que te pase nada. —afirmé en una promesa.
—Cuando mis padres murieron, cuando me di cuenta de que siempre estaría sola… Me hice este diamante recordando que el destino tendría algo extraordinariamente bueno para mí. Lo acaricié sin sentido un millón de veces… Y luego llegaste tú. —susurró.
—Precisamente por eso. Ahora que has llegado yo ya no puedo tener una eternidad sin ti. —declaré.
La tripa empezó a crecer sin precedentes. Ella se quejó como si las contracciones la estuviesen matando y todos salieron a excepción del médico y yo.
Mis hermanos esperaban en la sala de sellos ante la suposición de que el bebé tendría que ir allí recién nacido.
Lena empujó como una campeona y me tocó compartiendo tranquilidad hacia mí en las ocasiones en las que yo quise parar aquello y morderla para asegurarme de que no muriese en el intento.
El bebé lloró fuerte. Nada más cogerlo, supe que era aries y sería vampiro. La forma de un diamante en forma de tatuaje descansaba detrás de su oreja. Se lo dejé a Lena solo un segundo antes de que Lewis pusiera cara de circunstancias.
Lena asintió así que salí de allí hasta la sala de sellos.
Todos lo observaban con solemnidad de militares y orgullo en la mirada.
Quizá porque era el primero. Quizá porque demostraba que nosotros también teníamos derecho a ser más que un signo en la historia de la humanidad; Quizá porque cada uno de ellos se preguntaba si habría allí fuera una persona ideal para compartir su larga existencia.
El sello se cerró con éxito al mismo tiempo que Lewis levantaba su pulgar hacia mí para indicarme que Lena estaba bien.