Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

LENA

No estaba loca. Podía parecerlo ya que meterme en la cama de Adam era extraño, pero no me sentía segura bajo el mismo techo que cientos de tíos con colmillos y Adam… Bueno, él me había salvado en otras ocasiones. Por eso era lógico que pensase que él no me iba a hacer daño y quisiese dormir con él.

¿Qué la atracción que sentía y el magnetismo con el que me era fácil encontrarlo tenía algo que ver? Posiblemente, pero no podía ponerme a analizarlo, tenía demasiadas cosas en la cabeza para eso.

Noté el colchón hundirse un poco tras unos segundos de renegar en alto.

—Sabrán que has dormido aquí. —dijo como si eso le disgustase.

—¿Te da miedo que piensen que nos hemos acostado? —interrogué provocando puro fuego sin querer en mi interior. —¿Alguna novia celosa de la que deba preocuparme? —Se descojonó a carcajada limpia. —Digo, si tiene colmillos, es un problema.

—Duérmete Lena. —dijo sin volverse.

La noche no se presentó tan fácil. Bueno, sí pero no.

Me dormí enseguida pero los sueños amenazaban con despertarme empapada en sudor una y otra vez.

Al abrir los ojos ver la espalda desnuda de Adam no ayudaba.

En una de esas veces, me fue imposible volver a dormirme por lo que me levanté para meterme en el baño y echarme un poco de agua fría.

¿Qué coño me pasaba? No debería estar excitada si tenía en cuenta que estaba prácticamente secuestrada.

Me volví a la cama. Una idea loca pasó por mi mente y llevé los dedos casi inconscientemente hasta el inicio de mi ropa interior.

—Si haces eso te juro que no voy a controlarme. —dijo ronco sin girarse Adam.

Mi cara se tornó rosa en las mejillas a nivel máximo. No podía creerme que supiera lo que iba a hacer sin mirarme.

—¿Hacer qué? —pregunté intentando salvar la situación haciéndome la tonta.

No podía saberlo.

—Lena, duérmete. —ordenó con un gruñido casi animal.

¿Eso me había sonado endiabladamente erótico?

Me quedé callada procurando cerrar los ojos más fuerte pero el sudor regaba mi cuello y el principio de mi escote. Me empecé a mover algo incómoda. Nunca había tenido tantas ganas. Me mordí el labio pensativa.

No tenía sentido pero en aquel momento no me pareció importante que lo tuviese.

Rocé la espalda de Adam dibujando con la yema de mi dedo el contorno de su tatuaje.

—No puedo dormir… —susurré juntándome más a su piel.

Se dio la vuelta lentamente clavando su mirada en la mía.

Su boca tomó la mía con suavidad y sus dedos volaron exactamente donde yo quería que fueran.

Dudó por un segundo comprobando con su mirada que era lo que yo quería pero no era querer, era necesitar.

Entró lentamente haciéndome gemir. Su lengua dibujó promesas de placer en la piel de mi cuello.

La intensidad de sus dedos fue subiendo consiguiendo que mis gemidos fueran más constantes intercalados con suspiros. Yo quería tocarle pero su otra mano me detuvo y concentró más placer dentro de mí.

—Córrete Lena. —murmuró en el lóbulo de mi oreja.

¿Y había algo que yo hubiera conocido más placentero que ese movimiento? ¿Podía hacer algo que no fuese correrme tal y como sensualmente me ordenaba? Claro que no. Dejé que el éxtasis me recorriese entera abriendo la boca para dejar salir un gemido.

Cuando sacó sus dedos de mí, se giró de nuevo hacia el lado sobre el que estaba durmiendo.

No podía controlar mi respiración agitada mientras miraba al techo.

Había sido tan delicioso como una locura.

¿Qué acababa de pasar? Me avergoncé notando las mejillas encendidas pero el sueño amenazó con vencerme hasta que lo hizo.

La siguiente vez que me desperté había estado tan plácidamente dormida que no era capaz de recordar cuando había descansado así por última vez, sintiéndome estúpidamente segura estando en la misma cama que Adam, como si nada pudiese pasarme allí.

Lo busqué con la mirada pero no estaba, aunque por alguna razón, ya sabía de su ausencia en cuanto me desperté.

Fui a tientas al baño para encontrarme que alguien había dejado ropa allí para mí, lo sorprendente era que se trataba de prendas mías por lo que alguien de ese cuartel había ido a mi apartamento.

Esa realidad me golpeó en la cabeza porque recordé que no me iban a dejar salir de allí porque eran… Criaturas… Algo que no era capaz de procesar y que estaba haciendo como si no existiese.

Mis recuerdos de la noche anterior no se volvieron turbios por ello. Él había hecho exactamente lo que yo había querido que hiciese, aunque no tenía claro cómo iba a mirarle a la cara teniendo en cuenta que nosotros no habíamos… Que yo a él no…

Dejé que el agua fría intentase despejar mis ideas. Para cuando intenté poner un pie fuera de la habitación, me crucé con Caleb, quien de ir tranquilo y callado, como sospechaba por las veces que lo había visto que solía ser, me miró como si me hubieran crecido otras diez cabezas.

“Sabrán que has estado aquí”

Eso resonó con fuerza cuando llegué a la sala de la que provenían la mayoría de las voces. Se quedaron todos callados y empezaron a mirar desde donde estaba Adam sentado hacia mí alternativamente, ni en un partido de tenis la gente movía tanto la puñetera cabeza de lado a lado.

—Puede ser. Sí. Tiene todo el sentido del mundo. —dijo eufórico de pronto el que ya identificaba como Harold.

Ese señor hablaba de mí demasiado. Y no era nada personal porque en realidad estaba convencida de que para ellos lo que estaba pasando, según lo que decían, lo poco que soltaban, era raro.

—¿Qué hemos descubierto? —preguntó Gulliver, el maestro de ellos aunque desconocía por qué les mandaba, llegando de la nada para coger una tostada.

—La chica había imaginado aquí bolsas de sangre. —bromeó Einar.

Bueno, si bebían sangre… No había tenido tiempo de pensar con claridad si también comían cosas normales.

Por supuesto, había estado muy ocupada con ganas de tirarme a uno de ellos. Me golpeé mentalmente por eso antes de sentarme y servirme un zumo.

¿Por qué me había tenido que tocar justo en frente de Adam si yo necesitaba evitar esos ojos azules que tan vulnerable me habían visto?

—Las estrellas quieren que los bebés lleguen de forma distinta. —prosiguió Harold en contestación a Gulliver. —Ellos dos. —Me señaló a mí y después a Adam. —Tendrán el próximo bebé Aries. —soltó.

Adam tiró literalmente el zumo que tenía en la boca. A mí, sencillamente, se me cayó la tostada al plato. Y ni tuvo la decencia de caer por el lado que no llevaba la mantequilla.

—No es por ser aguafiestas, pero… —comenzó a decir Taylor, signo de tauro si no me equivocaba. —Los vampiros no podemos tener hijos naturales.

—Que lo intenten. —intervino nuevamente jocoso Einar.

Ese no se cansaba del tono de broma, daba igual la situación.

—Te voy a partir la cara. —anunció Adam hacia él.

—Alguien se ha levantado de mal humor. —replicó éste.

—Bonita teoría, sigue con otra. —dijo Adam hacia Harold.

—No sé por qué estamos desechando ésta. Tiene todo el sentido.

—rebatió molesto. —Ella está marcada pero evidentemente no es una de nosotros así que…

Ese círculo ha llegado a ella en forma de bola de fuego tal y como llega el legado a los bebés que normalmente caen de las estrellas.

Es una portadora preparada para Adam, para la casa del zodiaco aries. —recitó.

—Yo no estoy preparada para nadie. —intervine sofocada.

¿Cómo todos sabían que me había querido acostar con él? ¿Había un maldito anuncio en el periódico?

Pero una cosa era lo atractivo que me pareciese o si quería tener una noche con él y otra muy distinta lo que estaban diciendo.

—Se te ha ido la cabeza. —dijo Adam levantándose de la mesa de manera poco elegante. —Tú no decides eso de nosotros, así que ve buscando otra explicación o búscate otro que pruebe tu teoría porque yo no me voy a poner a hacer un bebé estelar con nadie. —añadió amenazante.

Estúpidamente me sentí algo ofendida e incómoda.

Me removí en la silla un poco intentando entenderme.

Yo tampoco estaba de acuerdo, así lo había manifestado porque no quería ser un “recipiente” o algo así, pero verlo tan enfadado, como si no quisiera tocarme ni con un palo cuando había metido parte de su cuerpo en mí… Me estaba bullendo la sangre.

Le vi irse furioso. Algunos de los otros integrantes de la mesa le siguieron mientras que otros se quedaron allí con cara de pensativos.

—Deberíamos hablar Lena. —aseguró Gulliver.

Me encogí de hombros puesto que no veía que tanto podía negarme si literalmente parecían ser los nuevos dueños de mi vida.

Le seguí por el cuartel hasta llegar a una biblioteca gigante que no esperaba dentro de un sitio como aquel. Accedí a sentarme en una cómoda butaca roja que se situaba frente a un escritorio en el que él tomó asiento.

—Tú dirás.

—Bueno, creo que darte algo de información, llegados a este punto, es necesario, así que…

Este es el cuartel de los vampiros del zodiaco.

Como creo que has podido saber, porque he comprobado que eres una mujer con carácter y conocimiento, cada uno de esos vampiros tiene un signo que representa.

Es porque son los primeros de su clase. Después de ellos, ha habido nacimientos de “bebés vampiros originales” que son mandados por las estrellas directamente con el gen de convertirse en vampiros llegada la mayoría de edad.

A éstos les crece una marca como la que tú llevas en tu brazo, de ahí la teoría de Harold.

—explicó. Más o menos me había enterado por lo que iban diciendo, pero así soltado en parrafada me cortaba la respiración.

—¿Y quieres saber qué tan dispuesta estoy a probar esa teoría? —interrogué ante su silencio.

—El problema, por extraño que te pueda sonar, en esta ecuación no vas a ser tú.

—respondió suspirando. —Adam no probará esa teoría.

—añadió. —Solo quería que supieras el por qué de esa suposición y que te iremos informando de los avances que creamos estar haciendo sobre tu caso.

Queremos que sepas que no estamos acostumbrados a tratar con humanos ni humanas porque es la primera vez que alguien de esa raza se va a quedar entre nosotros, pero que eres como un miembro más. —concluyó.

Me levanté de allí peor de lo que había entrado.

Ese tío tenía más que claro que Adam no iba a querer tener un bebé conmigo.

¿Y por qué? Bueno, que yo no quería, pero esa reticencia manifiesta y que todos dieran por supuesto que era más fácil convencerme a mí, que aún estaba en shock por el descubrimiento de lo que eran, que a él…

Lo hallé en un gimnasio boxeando de forma fiera. Su compañero de entrenamiento puso la misma cara que la última vez; Leo tenía motivos para empezar a odiarme, pero que se pusiera a la cola de cosas que no me importaban en aquel momento.

—¿Y se puede saber por qué no quieres tener un bebé conmigo? —pregunté sin andarme con rodeos.

Él me miró como si hubiera dicho una completa locura, y lo hizo tan rápido que Leo no tuvo tiempo de parar su derechazo, el cual fue a parar a la nariz de Adam. Soltó un par de improperios.

—¿Te has vuelto loca? —inquirió mientras comprobaba su nariz.

Subí al ring dispuesta a partírsela yo de nuevo si me hablaba en ese tono. Leo sonrió algo divertido antes de irse. Sí, mejor que nos dejase solos.

—Ya no hay nadie. —recalqué. —Ahora explícame por qué es tan imposible querer tener un bebé conmigo. ¿Es porque soy humana? ¿Es repugnante eso? No parecía que te repugnase tanto anoche. —ataqué.

Me sentía dolida, sí. Y me daba igual a esas alturas quedar como una loca.

—Yo no he dicho eso, solo he manifestado que no voy a tener un bebé contigo porque a Harold se le ocurra que es una buena idea. —respondió.

—No quiero tener un bebé contigo. —reafirmé alzando la barbilla.

—Pues para no querer… Te veo bastante molesta. —replicó dando un paso hacia mí.

Mi cuerpo quería estar entre sus brazos. La cercanía conseguía que tuviese que tragar saliva y controlar mi pulso que amenazaba con salirse desbocado. Una de mis manos fue a parar a su torso desnudo.

—No lo tenemos porque yo no quiero. —murmuré intentando creérmelo.

—Vale. —aceptó aunque no estaba segura de que me estuviese escuchando ya que sus ojos estaban mirando mi boca.

Un segundo después, sus labios estaban tomando los míos sin ningún tipo de piedad.