Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

ADAM

Estábamos demasiado cerca, tanto que su olor a almendras me envolvía con la fuerza de un huracán.

Mi mano en su cadera me recordaba los sueños impuros que había tenido involuntariamente de nuevo con ella aquella noche.

Precisamente por eso no había ido yo a vigilarla ni de lejos.

Que sí, que estaba pendiente del móvil como nunca antes y que no había nada al llegar cuando había recibido el mensaje de Liam porque estaba apenas a unas calles, no casualmente, de distancia. Pero no pasaba nada más.

Su pulso no ayudaba, lo notaba acelerado con nuestros cuerpos pegados. ¿La bajaba de un salto? No parecía demasiado buena idea sin terminar de exponernos. Aunque no estaba seguro de qué se suponía que le íbamos a decir puesto que no creía que se estuviese quieta con sus preguntas.

—¿Bajamos? —pregunté guardando la calma.

Asintió despacio y me esforcé por usar su cuerda para bajarnos con lentitud a ambos. No noté miedo en ella ni por un segundo. Su valentía me la ponía dura.

—Gracias. —respondió ya abajo. Me encogí de hombros. —¿Puedo verlo? —cuestionó de pronto.

No sabía a qué se refería por una milésima pero me imaginé haciendo de todo.

—Especifica. —solicité con una sonrisa involuntaria.

Me pegó un puñetazo en el hombro demostrando que sabía a la perfección qué había pasado por mi cabeza. Diría que era un sentimiento humano, pero yo no era tal cosa, ni el sentimiento se parecía a nada que hubiese sentido hasta aquel momento.

—El tatuaje, ahora. —apremió.

No era un maldito momento para eso, básicamente porque me ardía con tanta fuerza que me estaba costando permanecer impasible.

Entonces lo vi. Su gesto de dolor contenido apretando los dientes y su mano hacia su muñeca.

Me moví hasta dejar el suyo a mi vista, ardía tanto como mi tatuaje se debía estar dibujando de nuevo.

Clavé mi mirada en ella. Eso no debía estar pasándole, ella era humana.

—Parece que nos vamos de vuelta al cuartel. —dije a regañadientes.

—El tuyo debe doler más. —soltó ya en el coche. La miré entrecerrando los ojos permaneciendo todo lo calmado que pude. —Porque es más grande y me apostaría la cabeza a que está como el mío.

Esa deducción era tan acertada que tensé la mandíbula.

—Yo no tengo las respuestas que buscas. —dije apretando más los dientes.

Mis incisivos luchaban por salir como si estuvieran seguros de que estábamos en una situación de alerta.

—Pues llévame a quien las tenga. —apretó.

Claro que sí, si tampoco tenía otra maldita opción.

En cuanto nos vieron llegar, noté las miradas de todos sobre nosotros. Genial. Yo no tenía nada que ver con lo que estaba pasando aunque nos hubiésemos conocido por casualidad. ¿Existían las casualidades en un mundo como el mío?

—Cuéntanos Adam. —solicitó Gulliver llegando junto a Harold.

—El tatuaje le arde. —respondí encogiéndome de hombros.

A mí me daba igual: La situación y ella. Era solo cuestión de deber.

—A él también. —soltó Lena sin previo aviso volviendo a poner todos los pares de ojos sobre mí.

—¿Te lo ha enseñado? —preguntó Gulliver.

—Claro que no. —respondí como si tuviese que justificarme.

—Pero lo sé. —añadió ella.

—¿Saberlo de intuirlo o de notarlo? —preguntó Harold interviniendo.

Genial…

—Yo la he traído y me largo. —dije poco dispuesto a quedarme como si yo fuese algo por descubrir cuando estaba más que estudiado después de tantos años. Noté la reticencia de Harold. —Tengo que desayunar. —solté entonces.

Gulliver me hizo un gesto con la mano para que me perdiese por ahí si quería.

Mejor. Si no me dejaban un poco a mi bola… Le di un puñetazo a una columna cualquiera que quedó abollada.

—¿De mal humor? —preguntó Einar dispuesto a sacarme más de quicio. —¿Qué crees que es?

—Si quisiera teorizar al respecto, me habría quedado con ellos. —dije con mal humor.

—De mal humor está absolutamente todo el mundo.

—soltó sorprendiéndome. Escorpio era un signo más profundo de lo que parecía y yo lo sabía.

Puse cara de no querer discutir, una especie de perdón que no iba a salir de mí.

—Están preocupados por los nacimientos la mayoría.

Sobre todo por lo que pueda significar. Enfados en las estrellas y esas cosas… —explicó.

—Siempre tengo la mala suerte de ser el primero en todo, pero en este caso, no tiene nada que ver conmigo. —recalqué.

—Ya… Bueno, si crees eso.

No, no lo creía, pero quería creerlo.

Intenté hacer absolutamente de todo para dejar de pensar en qué conversación podían estar teniendo con Lena o cuánto tardaría ella en darse cuenta de lo que éramos.

La pregunta de Harold resonaba en mi cabeza: ¿Ella intuía que mi tatuaje estaba igual o de alguna forma podía sentirlo?

No estaba dispuesto a pensar que podía saber eso de mí solo por disposición divina.

¿Qué se suponía que tenía que hacer al respecto?

Negué con la cabeza antes de irme a golpear el saco de boxeo.

Leo estaba allí y entendió enseguida que necesitaba descargar energía.

Sujetó el saco con fuerza e incluso me daba golpes, o lo intentaba, por derecha e izquierda.

Sabía que estaba siendo espectacular, pero repentinamente, mi mente se centró solo en un rastro de almendras. Paré el saco en seco antes de girarme y verla allí, plantada sin vigilancia, mirándome.

—Os dejo. —dijo Leo desapareciendo.

—¿Por qué? —cuestioné hacia el leonino. No obtuve respuesta. —¿Y? —inquirí en su dirección.

—Pues… Parece que ellos quieren que me lo cuentes tú. —dijo paseándose lentamente por el gimnasio.

—¿Qué te cuente qué exactamente? —pregunté volviendo a tensarme. —No sé por qué te pasa eso a ti. —añadí con sinceridad.

—Me gusta el boxeo. —dijo entonces despistándome antes de acercarse al saco. Lo sujeté por detrás y ella empezó a golpear. —Quizá si me dices por qué te pasa a ti…

—Es complicado. —respondí.

—Sé cuando no me van a dejar salir de un sitio. —murmuró. —¿Por qué? —preguntó.

—No lo sé Lena. —dije quedando muy cerca nuestros rostros pese al saco, era como si las cosas que se interponían físicamente entre nosotros no importasen. —No creo que por cruzarnos esto se pegue. —añadí con cierta burla.

—¿Y cuál es la teoría? —preguntó guardando demasiado la compostura.

—Que los dos somos aries. —respondí esperando su reacción.

—¿Y? —inquirí.

—Pregúntale a Harold o a Gulliver. —Hice una pausa. —A Lewis. A quien sea menos a mí.

Me pegó fuerte en la mandíbula. La tensión subió tanto que cogí su antebrazo para asegurarme de que no volviese a hacerlo. Su cuerpo estaba pegado al mío. Saqué los incisivos sin ser muy consciente y tuve que hacer un esfuerzo para quedarme quieto.

—¿Qué eres? —interrogó bajito.

—Fácil eso de acusar. —contesté sin soltarla.

—¿Qué soy? —cuestionó entonces aunque se notaba que estaba conteniendo la rabia.

—No lo sé. —respondí en un murmullo.

No era el momento, pero no pude evitarlo. Devoré su boca con la mía.

Nos separamos cuando ambos cuerpos ardían. El tatuaje se reescribía una y otra vez en mi piel. La miré a los ojos, tan dilatados como debían estar los míos.

—¿Cuándo me voy a poder ir? —preguntó recuperando el aliento.

—No lo sé, pero voy a averiguarlo. —respondí saliendo sin esperarla pese a que la oía detrás de mí. Encontré a los tres que buscaba. —¿Cuándo se va? —pregunté sin miramientos.

Vi de reojo la expresión de sorpresa en el rostro de Lena. Pues que no se sorprendiese tanto. No nos conocíamos. Me atraía pero no iba a pasar nada más.

—Nunca. —respondió Harold.

No sé si me quedé yo más en shock o ella. Debió ser ella porque empezó a correr. Genial. Histeria. Lo que me faltaba. Rodé los ojos antes de girarme para ver hacia dónde.

Esperé lo que me pareció una eternidad viéndola correr de un lado para otro hasta que ella misma se dio cuenta. Nadie la seguía.

—No hay salida. ¿Verdad?

—No la hay. —contesté cruzándome de brazos.

—¿Y ahora qué? —preguntó recuperando el aire que había malgastado.

—Si dejas el espectáculo, seguiré haciendo las preguntas. —rebatí irritado.

—¿El espectáculo? —gritó enfadada. Algunos de mis hermanos llegaron para contemplar la estampa. —¡Que me habéis secuestrado! ¡Qué sois… Algo! ¡Que mi piel se quema! —chilló. —¿Y soy una histérica?

—Lo pareces. —aseguré.

—Que te jodan. —dijo obscena antes de sacarme el dedo.

Vi a Einar y a otros descojonarse. Genial. Espectáculo en el cuartel a mi costa.

—¿Por qué no nos tranquilizamos todos? —inquirió Gulliver haciendo acto de presencia.

Estaría bien que se pusiese al mando para decir qué se iba a hacer si no iba a dejar que diéramos opinión al respecto de todos modos.

—Por lo que sea, Lena ha sido marcada por las estrellas también así que va a quedarse con nosotros. Será una más por el momento. —soltó sin que eso tuviese sentido.

Todos tenían cara de póker pero ninguno parecía dispuesto a discutir.

¿Por qué si siempre discutían por todo? Por joderme, otra explicación no hallaba.

—¿Soy el único que ve que ella no es vampiro? —pregunté pasándome por el forro lo que pensase. Lo iba a saber si no lo había deducido en el gimnasio.

—Después soy yo el abrupto. —dijo Leo riéndose.

Lena solo parpadeaba quieta desde su sitio.

—No hay lugar para ella aquí. Es una humana, sin más. Y no hay bebé estelar ni vampiresa adulta. ¿Por qué hay que tenerla aquí? —interrogué sintiéndome demasiado molesto y fuera de control.

—Nunca hemos tenido esta clase de problemas Aries. Las decisiones de las estrellas no se cuestionan. —afirmó Harold llegando con su mapa interestelar y su retintín habitual.

—A lo mejor simplemente no sabes qué quieren decir. —reté.

No le sentó muy bien pero antes de que se liase más, Gulliver tocó mi hombro para que me fuese a alguna parte.

¿Era yo el rebelde? Si siempre obedecía… Pero aquello era diferente.

Pasaron unas cuantas horas, pero no podían dejarme tranquilo. O al menos ella no.

—Estás aquí… —murmuró mirándome.

Estaba sentado en el alféizar de la ventana. Era grande y estaba acomodado con unos cojines mullidos. Fuera estaba lloviendo y yo solo intentaba contemplar las estrellas como si fuesen a hablarme y decirme qué cojones estaba pasando.

—Tú también. —respondí dejando caer la cabeza hacia atrás.

—Sé que te incomodo aquí, pero me siento más segura donde tú estás. —soltó llamando por completo mi atención.

Jodidamente tenía razón, porque yo no me veía capaz de hacerle ningún daño.

—Pues siéntate. —acepté sintiéndome algo derrotado.

Lo hizo. Pero demasiado cerca. En el alféizar, junto a mí, hasta apoyar su cabeza en mi hombro.

—Tendría que enviar un par de mensajes. —dijo tranquila. Yo la había llamado casi loca, pero se lo estaba tomando bien, demasiado bien. ¿Por qué me molestaba? —No tengo familia así que será fácil. —añadió.

La miré con intensidad pero enseguida volvió a dejarse caer en mi hombro.

—Se lo diré a Gulliver.

—No quiero ser inmortal. —murmuró consiguiendo de nuevo sorprenderme. ¿Por qué le era tan fácil hacerlo si tenía tantísimos años? —Suficiente tengo con vivir sola esta vida. —añadió.

—Ahora estás aquí, nunca estarás sola. —respondí.

No sé qué sentí exactamente al pronunciar esas palabras, pero si me ponía técnico, muy pocos del cuartel morían; consecuencias de la casi inmortalidad.

—¿Se acostumbra uno? —preguntó.

—¿A qué Lena? —interrogué sintiendo que me pesaba el mismísimo aire.

—A no ser libre. —contestó levantando su cabeza hacia mí.

—Casi siempre lo olvidas. —admití con pesar.

Sus labios buscaron los míos y yo fui incapaz de negarme.

Era una necesidad imperiosa lo que subía por cada poro de mi piel: Tenerla cerca; besarla; acariciarla; poseerla.

Por unos minutos, olvidé que estábamos en una sala común.

Unos pasos sigilosos me hicieron detenerme.

Ella me miró sin entender. Hice un movimiento de cabeza hacia la puerta y a los segundos apareció Shaun.

Lena me miró sorprendida por mi audición.

A veces era una bendición, en otras ocasiones no tanto.

—Te han preparado una habitación en el ala norte Lena, creen que te vendría bien descansar. Mañana habrá tiempo de hacer más preguntas y eso. —anunció hacia “nuestra invitada”.

—¿En el ala norte está tu habitación? —inquirió hacia mí.

Yo sabía que Shaun desde esa distancia era capaz de haber oído la pregunta, por muy bajito que pensase ella que la estaba haciendo.

Negué con la cabeza. Resopló antes de irse con fuerza.

Y era mejor así, porque si entraba a mi habitación… No creía tener tanta fuerza de voluntad.

—¿Podemos hablar?

Gulliver estaba en la puerta, haciendo ese papel de maestro amable que preguntaba las cosas. Él no era así, aunque era bueno cuando creía que algo tenía que ser de una determinada manera, no daba tregua.

—¿Qué se supone que va a hacer ella aquí? —interrogué sabiendo exactamente de qué quería hablar.

Mi comportamiento le extrañaba, yo no era de los doce el que más daba problemas ni de lejos, pero aquello era diferente, por lo menos para mí.

—No lo tenemos claro, pero su tatuaje la marca como una aries, no podemos hacer otra cosa.

—asumió. Resoplé y me hice gracia, pues me recordé a la forma en la que ella se había ido a su cuarto.

—Piensa que ahí fuera alguien podría ver la marca e intentar usarla de alguna forma.

Es más seguro así incluso si acabamos por tenerla que convertir y después no pasa nada más. —añadió a modo de explicación.

—No se convertirá como un mero experimento. —dije contundente.

—Sabes que no. Contemplaremos todas las opciones. Daremos tiempo para que las estrellas marquen más por qué ella, por qué ahora, y qué quieren que pase. —aceptó.

Sí… Una señal de las estrellas no estaría mal. Y pensar que un bebé en forma de bola de fuego me parecía menos confuso en aquel momento…

—Buenas noches Gulliver. —dije antes de irme.

Cuando estaba llegando a mi habitación, la rastreé, dentro de mi estancia. Abrí la puerta para verla sentada en mi cama, en pijama.

—Hola. —saludó con las piernas cruzadas jugueteando con su pelo anaranjado.

—Esta no es la habitación del ala norte. —señalé aunque era más que evidente que ella lo sabía.

—Ya. —dijo como única respuesta antes de tumbarse y girarse dispuesta a dormir allí.

Genial. Todos estaban locos.