Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

LENA

Me encontraba nerviosa aunque intentaba disimularlo.

No era una persona extremadamente paciente pero estaba acostumbrada a las situaciones de emergencia y entendía que podía ser necesario hacerme algún estudio para descartar daños por la pérdida de conocimiento que al parecer, aunque no recordaba mucho, había tenido.

Recordé vagamente una bola de fuego llegando directamente hacia mí y subió cien tercios mi pulso.

—¿Cuántos heridos más ha habido? —interrogué mirando a ese hombre de imponente altura y ojos azules que me examinaba bien cerca.

Olí a esa mezcla de almizcle y jabón limpio para sentirme estúpidamente casi segura.

—Lo están investigando, pero al parecer ninguno grave. —respondí.

No era mentira del todo, pues vampiros habían rastreado el resto del monte para asegurarse de que nadie más tenía algo que ver con el incidente. Pero lo dudaba.

—¿En qué equipo de búsqueda estabas cuando me encontraste? —interrogué manteniendo mi pose de lo mal que me sentía por dentro oculta.

—En el de este cuartel. —respondí con sinceridad.

—Tengo la extraña sensación de que me ocultas información. —ataqué de pronto.

Estaba algo distante pese a nuestra cercanía física. Su tatuaje, tan parecido al mío, resonaba con fuerza en mi mente sin motivo.

—No nos conocemos, pero aquí estás… —murmuró sin sentido.

Me agarré la mano de pronto sintiendo un hormigueo profundo, muy similar a una quemadura, en mi diamante. Adam acortó el espacio en un segundo para coger mi mano. Dio varios puñetazos en la puerta de la habitación y entraron tres hombres, solo uno de ellos llevaba bata de médico.

¿Quiénes eran los otros dos?

—Arde, como tu tatuaje. —dijo Harold mirándonos alternativamente. —Definitivamente parece una forma alternativa que hayan marcado. —murmuró.

—¿Quiénes sois? ¿Qué hospital es este? —pregunté mirando hacia todas partes.

Marcas, destino… Parecía una secta.

—Es un cuartel militar. —respondió Gulliver. —Este equipo es diferente al que puedes tener tú en mente. Pero vamos a hacerte todos los estudios médicos posibles para asegurarnos de que nada ha cambiado en tu cuerpo. —explicó.

—Creo que solo tengo estas dos quemaduras. —respondí refiriéndome tanto al del brazo en forma de círculo como mi diamante que parecía tener un reflejo.

Me encontraba algo mal pero dejé que me empezaran a hacer los estudios al comprobar que eran normales.

Cuando Lewis, nombre con el que se había identificado el médico, hizo movimiento de que salieran de la sala, Adam no se movió. Él se giró e hizo con la mano una señal.

—No me voy a ir. —dijo contundente.

—Pero esto son exámenes médicos privados Aries. —replicó.

¿Aries?

—Pues van a tener que ser públicos. —respondió Adam parado cual militar apoyado firme en la pared.

—A mí no me importa que se quede. —señalé rápida.

El médico puso mala cara pero acabó por terminar de hacerme los exámenes para después salir.

—¿Te encuentras bien? —interrogó con sus ojos azules demasiado clavados. Mi pulso se aceleró. —¿Notas algo extraño? —preguntó acercándose.

Inesperadamente, tocó mi tatuaje. La electricidad que recorrió mi espina dorsal no tenía precedentes. Me miraba como si él pudiera sentirlo también así que… Una idea cruzó mi mente.

—Gírate. —ordené elevando la barbilla. Tensó la mandíbula y movió el peso del cuerpo de un pie a otro como si tuviese que pensarse mucho el obedecerme. Rodé los ojos. Por suerte, me obedeció. —Y ahora quítate la camiseta.

—Bueno, no es que me niegue a tener un momento caliente, pero no creo que sea el momento. —respondió soltando una carcajada ronca.

Esa carcajada y su insinuación consiguió encenderme hasta sentir que se me encendían las mejillas. Negué con la cabeza para centrarme. Al final, lo hizo.

Los músculos de su espalda parecían hechos con cincel en piedra. Dudé pero al final puse la yema de mis dedos en los bordes de su diamante. La electricidad subió tantos voltios que pensé que se iban a fundir las luces de la estancia.

La puerta corredera se abrió y Adam se colocó de nuevo la camiseta.

—Bueno, a lo mejor es más fácil de lo que pensaba. —dijo el individuo llamado Harold.

—¿Qué es más fácil? —pregunté.

Adam dio una patada sin razón ni preaviso a un carrito metálico y salió de allí rápido.

¿No se iba a quedar como si fuese una especie de protector para mí? Qué idea más estúpida pasó por mi mente.

—Deberías pedirte unos días, ha salido una pequeña conmoción para la que sería bueno que guardases reposo. —sugirió Lewis.

Eso me resultó sabio y, por un momento, me pregunté por qué había estado tan nerviosa. Me dejaron salir del edificio, que efectivamente parecía un sitio militar, y un coche de cortesía me dejó enfrente de mi casa.

Llamé al trabajo y me dijeron que se aliviaban de saber que estaba bien y que otra unidad me hubiese ayudado ya que habían perdido mi rastro. No me hicieron más preguntas así que elegí subir a mi apartamento y descansar sin más.

Mi mente voló sin ser invitada a pensar en ese idiota, en ese engreído de Adam, que había insinuado que yo me quería acostar con él… Su cuerpo era el de un adonis, sí, pero a mí no me interesaba para nada tal cosa.

¿Y no era mucha casualidad que en cada momento raro que había tenido en los últimos días hubiera estado Adam ahí? Bueno, no tenía sentido que tuviese nada que ver. Debía estar agradecida…

¿Aries?

Ese nombre se quedó en mis labios latiendo hasta quedarme dormida. Sueños húmedos poco esperados inundaron mi mente como una marea embravecida.

Me levanté con todo el cuerpo empapado de sudor. Mi tatuaje ardía, el círculo tenía además más fuerza de color.

Eso no era una jodida quemadura.

Quería encontrar a Adam, como si estuviese segura de que con eso iba a encontrar respuestas. Bueno, los médicos de su cuartel no habían encontrado nada raro… Pero hablaron diferente a cualquier médico con el que yo hubiese hablado antes.

El problema era que yo no tenía ninguna forma de dar con Adam. Y el cuartel… ¿Dónde estaba? No recordaba el camino que había hecho el vehículo para llevarme a casa, y eso que los cristales tintados no me habían dejado ver hacia fuera.

Me duché y cambié antes de ir a la calle, con esos pensamientos y el deseo de un café bien caliente bajando por mi garganta en forma de pócima para revivirme.

Tenía buena memoria, y no era que yo fuese prepotente ni nada de eso, pero también me lo habían puesto fácil.

Ese tío, el que me miraba sentado en la cafetería como si de cualquier persona se tratase leyendo el periódico…

Yo lo había visto antes. En el cuartel para ser exactos.

Procuré no hacer nada raro mientras intentaba recordar, ya sin tanto éxito, si sabía su nombre.

No, no lo sabía. Tenía esa forma característica de persona con aires militares, como Adam; una seguridad intrínseca, como si estuviese seguro de que nadie a su alrededor le fuese a toser.

Bueno, no era alguien con quien me metería sin pensármelo, pero tampoco era inmortal para llevar esa prepotencia tan manifiesta.

Decidí comprobar mi teoría, aunque estaba segura de estar en lo cierto, así que anduve rápido tras pedir el café para llevar. No iba a ninguna parte, pero era la mejor forma de chequear si me estaban siguiendo.

Doblé por esquinas sin sentido, básicamente para volver al mismo lugar, y sí, él seguía detrás de mí.

Me paré de nuevo en la cafetería e hice todo mi mejor esfuerzo por pedir un rollito de canela y sentarme en una mesa.

Lo vi sentarse a unas cuantas y esperé, lo suficiente como para que mirase el móvil, para ir directamente hacia él.

Me vio demasiado rápido, pero no se movió, solo clavó sus ojos en mí.

—Buenos días señorita. ¿La ayudo en algo? —preguntó tranquilo.

—La verdad es que sí. —respondí segura de lo que pasaba por mi cabeza. —Quiero ver a Adam. —añadí.

Adam había sonado demasiado posesivo en mi boca, como si fuese algo mío, como si no pudiesen negarme tal petición. No tenía ni idea de dónde salía ese impulso, pero era lo que bullía en mi sangre.

—Desconozco de quién o qué me habla. Debe haberse confundido. —contestó imperturbable.

Desde luego, esa cara habría engañado a casi cualquiera. Casi.

—Bien… —Medité unos segundos en mi próximo paso. —Dile entonces que iré directa a buscar respuestas sobre por qué me arde el brazo y de qué departamento exacto es vuestro maldito cuartel. —añadí antes de levantarme.

Esperaba una reacción de segundos por su parte, pero no hizo absolutamente nada. Conforme andaba ya en la calle, la duda tornó mi mente.

¿Y si me había equivocado?

¿O si aunque fuese del cuartel a él también le había dado curiosidad verme y punto?

Pero eso dejaba sin explicación lo que me estaba pasando porque yo… Había algo raro en mí.

Por suerte para mi cordura, y mi ego sobre mi intuición, Adam estaba en la puerta de mi casa cuando llegué allí.

—Así que sí era de tu cuartel… ¿Por qué me sigue? —inquirí apoyando un hombro en la pared imitándole.

Estaba endiabladamente sexy ataviado con unos pantalones grises de deporte y una camiseta de algodón negra.

—Voy a escalar, si te quieres venir… Te espero aquí. —respondió consiguiendo sorprenderme.

Tenía la sangre fría y no iba a intimidarlo con facilidad. Me resultaba tentador e irritante a partes iguales.

Subí para cambiarme y prepararme para ir a la montaña. ¿Con un tío raro? Sí. Probablemente no estaba en el top cinco de mis mejores ideas, pero mi piel quería estar cerca de él como si hubiese imanes entre nosotros ejerciendo fuerza. Además, no pensaba que me fuese a decir nada sin más.

¿Y qué podía ser?

¿Del grupo antidrogas o armamentístico y que fuese una reacción alérgica potente? ¿Un dispositivo implantado sin consentimiento mientras estaba abatida en la montaña antes de que me rescatasen?

Mi cabeza le daba vueltas al asunto, más que si estuviese en una atracción de sillas voladoras, pero no encontré ninguna que me dejase satisfecha.

Antes de poder darme cuenta, estaba abajo preparada para ir a la montaña.

Nos montamos en un Range Rover negro. Era cómodo, amplio y de última generación. Estuve estúpidamente tranquila hasta que la idea de que no fuese amigable como me había parecido en las otras ocasiones pasó por mi mente.

—Si quisiera hacerte algo, ya lo habría hecho. —soltó como si fuese conocedor de mis pensamientos de forma exacta.

—No sé qué te hace pensar que eso haya pasado por mi mente. —rebatí mintiendo.

Claro que sí, yo también podía aparentar esa seguridad. Y por mi cabezonería, era capaz de hasta discutir sabiendo que era mentira. Pero él no podía saberlo, porque él no me conocía como para hacer ese tipo de afirmaciones y acertar.

—Tu pulso. —respondió tranquilo sin dejar de mirar la carretera.

Me fijé en la línea que separaba su mandíbula de su cuello, firme y tersa. ¿Cómo sería dibujar con mi lengua sobre esa piel?

Golpeé mi imaginación mentalmente porque no estaba siendo nada seria con el tema.

—¿Por qué me seguían? —interrogué volviendo a la carga.

Pareció meditar su respuesta, lo que no me gusto demasiado.

—Querían ver si tenías alguna reacción más que se les hubiera pasado por alto sin que te alertaras. —contestó.

Eso tenía algo de sentido. ¿O no?

—¿Quiénes querían? —pregunté. No dijo nada. Aparcó al pie de la montaña donde nos habíamos visto por primera vez y me invitó a subir primero. Lo hice y él lo hizo también. Como dato extraño e inevitablemente visible: No usaba equipamiento. —¿A ti no te interesaba volver a verme?

No estaba segura de por qué había dicho eso, pero una sensual sonrisa apareció en su rostro. A tantos metros de altura, seguramente lo ideal no fuese desmayarse.

—No te veo como un objeto a analizar.

—Vaya, gracias. —ironicé. —Eres demasiado enigmático.

—No me gusta mentir. —respondió raudo.

—Pues no me mientas. —solicité prendida en mirar sus pupilas azules. —Estás en muy buena forma, pero es inconsciente ir sin nada. —recalqué.

Su móvil sonó. No contestó. De repente, como si el universo se pusiera de acuerdo, mi móvil sonó.

Sería Patt, mi compañero del área de rescate y mi habitual acompañante a escaladas fuera.

Debía estar extrañado con mi desaparición.

Intenté cogerlo pero la mirada gélida estudiándome de Adam me congeló por un instante.

Fallé en el intento de sacarlo del bolsillo y resbalé en el punto de apoyo.

Adam fue tan rápido colocándose detrás de mí para sujetarme por la cintura que no tuve ni puñetera idea de cómo lo hizo. Su mano estaba segura sobre mi cadera y su nariz estaba demasiado cerca de mi cuello.

—Tu pulso. —repitió respirando hasta conseguir erizarme la piel.