Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

ADAM

Esa noche no iba a ser fácil, los nacimientos de nuevos vampiros siempre traían conflicto. Había quienes creían que los originales no éramos más que no muertos subidos de tono, que no había nada que nos diferenciase de los convertidos, pero, para mi desgracia no era así.

Los originales, los que habían sido elegidos por los astros para nacer bajo un signo del zodiaco ya siendo vampiro aunque pudiese crecer en cuerpo hasta la edad adulta, eran escasos.

Nadie sabía por qué las estrellas los invocaban en ciertas fechas, pero Gulliver y otros estaban encargados en cuerpo y alma a darse cuenta a tiempo para prepararlo todo.

Para que saliese bien, solo se necesitaba que llegase al recipiente de la casa principal zodiacal, una especie de bañera pequeña y luminosa donde reposaba el bebé hasta que se despertase.

¿Por qué si era sencillo no lo era en realidad?

Porque si algo interrumpía el proceso desde que llegaba desde las estrellas hasta que decidía despertarse, despertaba siendo humano. Ahí estaba el problema. Los no originales, los vampiros convertidos por mordedura, por lo menos una facción de ellos, querían quitárselos de encima.

—¿Crees que intentarán matarnos a alguno de nosotros esta noche? —cuestionó Einar divertido.

Lo cierto era que lo intentaban, pero era muy difícil con el entrenamiento y los años que teníamos.

—No pueden. —dijo Taylor, signo de tauro, prepotente.

—Si fuéramos capaces de ver que somos doce y que ellos van creciendo en cada ataque… —sugirió sagitario, llamado Shaun, bien metódico.

—Estáis todos aquí. —dijo Gulliver, quien parecía aliviado con la presencia de los doce cada vez que nos convocaba.

Sí, a veces yo también dudaba de que fuésemos capaces de presentarnos todos.

Teníamos nuestras propias movidas al fin y al cabo.

Pero el deber era el deber. —Esta noche está todo previsto para que sea fácil y sencillo.

No se ha avistado movimientos raros ahí fuera y hemos conseguido acotar la hora de llegada de ese nuevo bebé.

—Un nuevo guerrero que engrosará las filas de los originales.

—Adam, nacerá bajo tu signo. —puntualizó como si yo no lo supiera.

Cada signo mantenía como líder al primero de su clase, el que llevaba por nombre la casa. Yo era Adam tanto como podían llamarme Aries dentro del cuartel.

—Estoy listo. —aseguré tranquilo.

Y la verdad era que lo estaba. Solo tenía que proteger el nacimiento con mis hermanos y asegurarme de que llegase hasta las nodrizas que había dentro del cuartel.

Se le daría de todo y se vigilaría su crecimiento para después convertirlo en un vampiro leal y fuerte que lucharía por el cuartel en general y por su signo en particular.

Por no olvidar nuestra obligación de mantener alejada nuestra existencia del mundo humano.

No era muy paciente, pero estaba acostumbrado a que esas ceremonias tardasen. Algo no iba bien. Lo notaba en la forma en que Gulliver miraba una y otra vez su reloj, como si algo no le cuadrase. También en cómo entraba y salía gente de la habitación sellada.

Cuando llegó Harold con el mapa estelar interactivo, supe que algo no estaba saliendo como debería.

Mis hermanos y yo empezamos a cruzar miradas, habíamos presenciado suficientes nacimientos y nunca había habido ningún problema diferente a que intentasen matarlos, o peor, que lo consiguiesen.

No había presencia de renegados, pero tampoco de ningún bebé bajando desde las estrellas en forma de bola de fuego.

Sentí cómo el tatuaje de la espalda empezaba a arder y aunque estuve a punto de callármelo para mí mismo porque en ese momento nada más importaba… ¿Y si tenía algo que ver?

—Gulliver. —Lo llamé tranquilo pese a cómo ardía.

—Ahora no. —dijo con mala cara.

—Mi tatuaje, algo le ocurre. —respondí sin rodeos.

Que fuese él quien considerase si eso era importante o no pero yo no iba a quedármelo dentro cuando ahí estaba pasando algo raro.

Hizo que me girase y yo me quité enseguida la camiseta.

Las exclamaciones no ayudaron a que me calmase por lo que rompiendo filas con mi impaciencia habitual, busqué un reflejo en el que conseguí verlo: El contorno de mi tatuaje era todo fuego, cada línea volvía a reescribir el tatuaje, como la noche en que nací.

—El bebé ya ha caído. —anunció Harold.

Pero todos vimos cuál era el fallo en lo que estaba diciendo: El bebé no estaba en el lugar de sello.

¿Dónde y por qué lo habían mandado las estrellas?

La locura no tardó en hacer acto de presencia pues todo el que estaba en el cuartel recibió la misma orden: Dejar todo lo que no fuese buscar a ese bebé que, aunque no tenía ningún sentido, estaban diciendo que había caído en alguna parte lejos de la casa principal zodiacal.

—¿Pero habrá nacido siendo humano? Si no ha caído aquí es porque algo lo ha debido interrumpir. —sugirió Shaun intentando darle su punto de vista a Gulliver.

—Creo que más que cualquier otro, vosotros doce vais a tener que buscar a ese bebé para estar seguros de que ha nacido humano. —respondió el estudioso. Parecía confuso, más que en cualquier otra ocasión que recordase pese a los años de existencia. Eso no me tranquilizaba precisamente.

Asentí.

Cualquiera que hubiese destinado a ser un original y no hubiera acabado siéndolo por alguna clase de interrupción, portaba una marca en forma de círculo en el brazo hasta la mayoría de edad.

Esa era la manera en la que íbamos a encontrar a ese bebé y ver que desgraciadamente sería humano.

En esa ocasión en concreto, estaba de acuerdo con sagitario en sus suposiciones.

Di vueltas por toda la ciudad, así como el resto. Estuve hasta bien entrada la madrugada girando de un lado a otro, intentando dar con ese bebé. Poco a poco se hacía más evidente que, donde estuviese, estaría muerto.

—O lo tendrá un renegado… —dijo Caleb a mi lado de pronto.

Puse los ojos en blanco por un momento. Faltaban partes de la ciudad más céntricas, las cuales no se podían rastrear de forma tan sencilla porque estaban llenas de gente de fiesta que podía caer en nuestro “extraño comportamiento” y las más alejadas. Decidí ir con Caleb y Einar hacia las montañas.

Nada más llegar, mi impaciencia se hizo de notar; también mi espíritu de valentía porque el monte estaba en llamas.

—Ha debido caer aquí. —dijo Caleb tranquilo y escueto en su proceder.

Era evidente que podría ser una señal.

—¿No oléis a chamuscado? —cuestionó Einar riéndose.

Nos dividimos para rastrear más rápido el perímetro y comencé a estudiar concienzudamente la zona, pero de repente, un olor familiar inundó mis fosas nasales.

Lena.

Corrí rastreando lo que para mí, por algún motivo que no me iba a poner a analizar, era un olor inconfundible. Tan dulce como peligroso.

Acabé por llegar a un círculo de fuego donde las llamas estaban arrasando todo a una velocidad vertiginosa. En el centro estaba tirada Lena con un uniforme que parecía oficial.

¿Agente de rescate? Genial.

La cogí para sacarla del círculo aunque sabía que no podía llevármela, ya que sus compañeros echarían de menos el cuerpo.

Cuando iba a dejarla lejos del peligro y quedarme vigilando a que su equipo llegase, pasaron dos cosas: el walkie talkie de ella empezó a sonar con una voz masculina que también se me hizo conocida; y vi la marca en forma de círculo en su brazo.

¿Qué cojones significaba?

Ella era una adulta, y ella no era vampira. Ni cuando la había conocido, ni en ese momento.

—Hay que irse. —dijo Einar algo nervioso. Caleb mantenía su expresión fría habitual aunque puso su mirada sobre Lena. La había reconocido. —¿Adam?

—Nos la llevamos. —anuncié para sorpresa de los dos.

Vi incluso cómo cambiaba el semblante de Caleb al darse cuenta del círculo en el brazo de ella.

Mi mente discurría a todo trapo intentando buscar una explicación coherente, pero eso no había pasado nunca en la historia. O por lo menos no tenía conocimiento de ello. Esperaba que Gulliver lo supiera.

En cuanto entré en el cuartel, supe que uno de los dos que me acompañaba había avisado al maestro, pues vino corriendo hacia nosotros para ver el brazo de la aún desmayada Lena.

—¿Sabemos quién es? —interrogó.

Quizá notó que la tenía cogida con demasiada familiaridad; que no la dejaba en ninguna superficie. Pero algo me impulsaba a no hacerlo y yo siempre seguía mi maldito instinto.

—La conocí por casualidad el otro día. —dije intentando ceñirme lo posible a la realidad sin decir nada que pudiese sentir que era personal.

—Es humana. —dijo estudiándola. —Que sigan dando una vuelta por si ven otra cosa sospechosa los demás. Los doce aquí porque, al parecer, el objetivo ya está en el cuartel. —añadió con su atención puesta en Lena.

La acabé por dejar en una camilla para que Gulliver, Harold, y Lewis, quien era el médico principal de los vampiros, la mirasen como si estuviesen estudiando el mismo universo.

—¿Casualidad? —inquirió Harold refiriéndose a que nos hubiésemos visto antes.

—Probablemente. —contestó Gulliver.

—No lo creo. —rebatió Harold yendo a tocar el tatuaje en la muñeca de Lena. Cubrí el dibujo con mi mano antes de que lo hiciese. Él me miró fijamente, al igual que los otros dos estudiosos; al igual que mis once hermanos originales. —Lo que no sabemos es qué significa. —añadió pensativo.

Pues si él no lo entendía, yo mucho menos. Mi comportamiento era un misterio incluso para mí mismo.

—Que preparen una habitación para… nuestra invitada. Tendremos que esperar… —murmuró hacia sus adentros.

—No se va a quedar voluntariamente. —dije contundente. —En cuanto se despierte, hay que decirle que se accidentó en la montaña con el fuego y que la salvamos; sacarla de aquí antes de que pueda pillar qué somos. —afirmé.

—No va a pasar. —aseguró Harold.

Di un paso hacia delante pero Leo puso una mano en mi pecho para detenerme con cierta suavidad.

¿Qué coño estaba pasando?

—A descansar excepto los guardianes. —ordenó Gulliver tranquilo.

Cada uno iba a hacer lo que quisiera pero yo decidí dejarme caer en el sillón de la sala de estar. No, no era casualidad: Desde allí se veía la entrada de la habitación donde la habían dejado dormida.

Cuando se despertase, tenía que estar ahí.

¿O no?

—¿Qué te pasa? —preguntó Gary, géminis, al cabo de unas horas.

—Va a pensar que soy un loco que se ha obsesionado y la ha mandado secuestrar. —dije haciéndole solo un poco partícipe de mis pensamientos.

—Lo de loco… De siempre. —respondió intentando quitarle hierro al asunto. —Pero lo de secuestrar… También. —añadió poniendo cara de póker ya que no estaba consolándome.

No necesité acercarme a la puerta donde se pusieron a hablar los tres para oírlos. Ellos lo sabían.

—No se podrá ir. Tiene más de la edad adulta por lo que no tiene ningún sentido que vaya a desaparecer igual que ha aparecido el círculo.

Además está lo del diamante en su muñeca…

—Harold hizo una pausa. —Es humana, pero está marcada.

—añadió. —Tengo una teoría pero… Es solo una teoría que se me ha ocurrido de pronto.

Los tres clavaron su vista en mí.

—¿Y si las estrellas están formando nuevos caminos de crear originales? —inquirió Gulliver.

—No están contentos con lo que está pasando con los originales. —resumió Harold haciéndose rey de la teoría de nuevo.

—Vas a tener que explicarle lo que somos y que es importante que colabore. —soltó Gulliver directamente hacia mí entonces.

—¿Y si no sabe nada? —pregunté. —¿Y si ha sido una equivocación?

—Las estrellas no se equivocan. —recriminó el maestro.

—¿Y después? —cuestioné en desacuerdo.

—Después cuando comprobemos que no es vampira, no lo va a ser y que es una casualidad demasiado casual, se la convierte y ya está. —respondió contundente.

No quería hacerla inmortal. Aunque la idea de que no muriese nunca me agradó al instante, no me apetecía para nada tener que meterla en un submundo de repente para que me odiase por pensar que todo eso había sido mi culpa.

—Se ha despertado. —dijo Lewis saliendo del interior de la habitación.

—Entra que vea una cara conocida. —exigió Gulliver.

Como si eso la fuese a consolar.

—¡Que me dejéis salir! —gritó Lena valiente y kamikaze hacia mí conforme abrí la puerta. Al chocar conmigo, se detuvo. —Tú. —añadió parando de pronto, mordiéndose el labio. —¿Qué hago aquí?

—La montaña ardió, yo te vi. —respondí encogiéndome de hombros.

—Me he quemado. —murmuró mirándose el círculo. —Mierda. —recalcó tocándose el dibujo que parecía que sí le quemaba. —Tiene una forma… —Se quedó callada. —¿Es un hospital? —interrogó.

—Sí, algo así. —respondí sin saber cómo empezar. —Tienen que ver que esté todo bien después del incidente. —añadí tragando saliva, incómodo.

—¿Estabas en la montaña también destinado? Fue un incendio muy raro. —comentó llevándose una de las manos a la sien.

—Estaba allí en misión sí, de búsqueda. —contesté sin pretender mentir.

—¿Y qué estudios me han hecho? ¿Cuáles faltan por hacer? —preguntó bien envalentonada de nuevo dando dos pasos hacia mí.

Quedó un cuarto por debajo de mi vista con nuestras narices prácticamente tocándose.

—No lo sé, pero no van a hacer nada invasivo. —aseguré cien por cien convencido de que lo que le estaba diciendo era en serio.

No iban a obligarla a hacer nada por esa marca, por lo menos nada que no dejase que me hicieran a mí mismo.