CAPÍTULO 2
LENA
Ese hombre tenía algo que conseguía que fuese hacia él como si tuviésemos cada uno el extremo de un imán.
Sus facciones eran duras, con la nariz y mandíbula tipo griego dejando claro que en él no había ni una pizca de grasa.
Pero lo que lo hacía hipnotizante era la combinación de sus ojos azules y el rubio cenizo de su cabello despreocupado.
Tampoco era que se hubiese arreglado mucho para ir a ese local tan concurrido pero, por alguna razón, sus pantalones vaqueros corrientes y una camiseta de algodón negra era todo lo que necesitaba para parecerme irresistible.
—Si has terminado de estudiarme con la mirada… Tengo que irme. —dijo entonces sacándome de mi burbuja mental.
Moví un poco la cabeza y todo procurando liberarme de los pensamientos calientes que me atormentaban repentinamente desde que el susodicho me había sonreído.
¿Qué había dicho que yo le estudiaba?
—Te puedes ir cuando te plazca. —revoqué bien impulsiva. —No veo que te esté reteniendo. Y lo de estudiarte… —lancé orgullosa subiendo la barbilla. —Es tu percepción.
—Mi percepción… —murmuró con una pizca de diversión en su mirada pero con tensión en sus marcados músculos. —Tengo que irme porque el deber me llama, pero volveremos a vernos. —añadió haciendo un gesto hacia el fondo del local.
Me giré lo justo para hallar a la persona con la que se comunicaba. Por dentro se me removió algo al pensar en que iba a salir de allí una mujer bellísima con la que habría llegado al local, pero no. Era un hombre bastante apuesto, alto y con una melena leonina.
—Dudo que nos veamos.
—Te aseguro que lo haremos. —afirmó demasiado contundente.
El hombre leonino pasó entonces por su lado y Adam se giró para irse sin dedicarme ni una sola mirada más.
—¿Y ese hombre tan guapo? —cuestionó Isis llegando entonces de a saber nada bien entusiasta aunque fuera de verlo de lejos.
Pues si lo hubiera mirado a la cara… Maldito prepotente con cara de ángel.
—Un idiota que se ha ido antes de tiempo. —aseguré intentando restarle importancia.
En el fondo, me había jodido tremendamente en el ego que se pudiera ir así sin más cuando me había retenido primero para saber mi nombre.
—Pues hay muchos más idiotas ahí fuera, vamos. —respondió vivaracha.
La acompañaba en muchas ocasiones a bailar, pero aquel día en especial, no había podido negarme porque el resto de nuestras amigas estaban ocupadas.
¿Pero no era mucha casualidad que nos hubiésemos encontrado dos veces?
Si hubiera estado Esmeralda allí habría dicho que podía ser perfectamente el destino haciendo un llamamiento, pero por suerte para las dos, no había sido así.
Era una mujer libre y aventurera, cuya vida había estado marcada por la muerte temprana de mis padres.
Vivía mis amistades al máximo, porque para mí, la lealtad era fundamental; Seguramente tenía mucho que ver que fuesen mi única familia, pero precisamente por eso, decidía cuidadosamente a quién incluía en mi círculo más cercano y a quiénes dejaba como simples conocidos.
Mi profesión me definía a la perfección, pues ser parte del cuerpo de bomberos de rescate era lo que había querido desde muy pequeña. Arriesgar la vida por los demás, pues nadie lo hacía por mí.
Isis me hizo una señal para indicarme que había cuajado la cosa con el que estaba bailando así que asentí y le señalé con el pulgar hacia arriba que por mí estaba todo bien.
Acaricié el diamante que tenía tatuado en mi muñeca mientras paseaba de camino a casa.
Una pareja pasó pasada de copas por mi lado y me eché a un lado para dejarles espacio. Una vez de nuevo a solas en esa calle, sentí esa falta de protección de enviarle a alguien por dónde iba. Como siempre, me empoderé y reafirmé en que yo no necesitaba de nadie.
Cabeza en alto y paso ligero, mi casa estaba a dos manzanas.
Recibí un mensaje de Richard, un compañero de trabajo de la zona de gestión.
Por las horas, decidí no hacer caso de su saludo, pues entablar una conversación cuando sospechaba que estaba bajo la influencia de inhibidores, no era buena idea.
Como si el cielo estuviese jugando un poquito conmigo, como si fuese una especie de simulador que le entretenía, vi como Richard iba bajando en mi dirección por la calle.
Iba con un grupito, pero no era del trabajo y supuse que si me estaba hablando por mensajes era porque no se estaba entreteniendo lo suficiente.
¿Y si quería tener una conversación de esas de “me gustas”?
Que yo no podía tener nada con él porque era una de esas personas tan diferentes a mí que no podía comprender.
Y por qué era tan complicado que lo pillase sin más si yo no había hecho absolutamente nada para que pensase que lo que sentía, o creía sentir porque no nos conocíamos más que en lo profesional, era recíproco.
¿Y qué hacía para evitar ese momento incómodo?
Me pareció una buena idea desviarme por la primera calle que tuve a mano.
No lo era tanto conforme me daba cuenta de en el mal barrio que me estaba metiendo con la tontería.
Decidí dar la vuelta, total, si ellos pasaban de largo, luego podía seguir mi rumbo.
Pero en mala hora giré la cabeza porque justo estaban pasando por delante.
—¿Lena? —interrogó.
¿Qué tal venía una carrerita nocturna?
Decidí acelerar suficiente el paso para despistarlo. Sí. Todo ese deporte y resistencia me servían más de una vez para no meterme en problemas.
¿O para todo lo contrario?
La calle estaba oscura con una luz tintineante. Algo se movía entre los cubos de basura y recé para que fuese un gato. Respiré manteniendo la calma, estaba acostumbrada a estar bajo presión.
Un tío me sobresaltó aunque en realidad no estaba haciendo nada. Un hombre de pelo negro vestido de cuero estaba apoyado en la pared tranquilamente fumando.
Saludé incluso con una pequeña sonrisa para indicar que no me amilanaba. No hizo seña alguna de que le importase que me hubiese asustado o no.
Seguí andando pero entonces un hombre con una navaja salió directamente hacia mí. El extraño calmado siguió fumando tan normal, no pensaba ayudarme pero tampoco estaba implicado.
¿Me quitaba los tacones y echaba a correr? ¿Había distancia suficiente con lo ancho del callejón para salir ilesa por al lado del atacante? ¿Esperaba a que estuviese cerca e intentaba desarmarlo?
—Caleb, deja de fumar y vámonos. —soltó una voz que se me hizo conocida llegando hasta mi posición. Fue entonces que cayó en mí su mirada y algo en su semblante cambió. —Lena. —murmuró.
El loco de la navaja pareció contrariado con la aparición de Adam por lo que se volvió hacia él dispuesto a entablar una pelea. Él no se sorprendió por el ataque, lo paró con el antebrazo y le propinó un puñetazo en el estómago que lo dobló por la mitad.
Se cayó al suelo por lo que no tuve más remedio que pensar que iría ebrio.
—Vaya Adam, sí que estás de mal humor hoy. —dijo el hombre pensativo que había estado como mero espectador todo el tiempo.
Así que se conocían…
—Caleb podrías haber hecho algo, como volver solito y no hacer que venga a buscarte.
—respondió Adam. Volvió a mirarme entonces.
—¿Dónde vives? —interrogó. No contesté. —No tengo tiempo para esto así que empieza a andar que vea cómo te metes en tu portal a salvo.
—exigió hacia mí. —Y tú, ve ya con los demás. —ordenó hacia el tal Caleb.
—¿Siempre estás dándole órdenes a todo el mundo? —inquirí sarcástica. A buenas horas venía alguien a hacerme ese papel. No contestó así que eché a andar. Me siguió y tuve que poner los ojos en blanco. —¿Eres su jefe? —pregunté refiriéndome a Caleb.
—Si fuera su jefe no me haría ni caso. —respondió paseando solo a dos pasos de mí. —¿Tienes la costumbre de ir sola a estas horas? No es muy inteligente.
—A ti tampoco te conozco de nada, y deberías irte a lo que sea que tengas que hacer con tu amigo porque yo no necesito a nadie. —respondí segura de que lo que estaba diciendo era la verdad.
Cogió mi muñeca consiguiendo que girase hacia él. Su aroma a jabón limpio con una mezcla de almizcle me envolvió. Estaba tan cerca que sentía cómo caía su mirada sobre mí desde la diferencia de altura que me llevaba. Me mordí el labio con el corazón bombeando demasiado fuerte, rápido y agitado.
Fue a besarme, o quizá era que yo lo deseaba. Pero repentinamente pareció caer en mi tatuaje y se puso a tocarlo. Se me hizo raro porque nunca dejaba que nadie ni se cuestionase sobre eso.
—¿Un diamante? —inquirió. Tragó saliva. —¿Por qué? —cuestionó.
—Es personal. —respondí sintiendo que me costaba decir cada palabra.
—Ya tendremos tiempo. —aseguró de repente.
—Siempre parece que llevas un reloj bajo la piel. —respondí acusativa.
—Quizá lo lleve.
—¿En tatuaje? —pregunté porque, por alguna razón, se me secaba la boca al pensar en cualquier parte de su piel desnuda.
Se giró para darme la espalda y se quitó la camiseta. Vi el diamante de tatuaje en su espalda a la altura de los omoplatos, tan perfectos como marcados. Volvió a colocarse el trozo de tela de algodón.
—No es un reloj, pero como si lo fuera, marca mi deber. —contestó. —Tu casa. —añadió. —Se me acaba el tiempo.
—Y te gustaría verme entrar. —dije intentando saber cómo pensaba ese hombre extraño que acaba de conocer. Me paré un poco más adelante. —Vas a tener suerte, porque es aquí. —afirmé.
Miró el edificio en silencio. Negué con la cabeza antes de sacar la llave para entrar. Le vi irse literalmente corriendo por lo que me sentí algo culpable de haberle hecho perder el tiempo si era que tenía prisa.
¿Qué tendría qué hacer?
Mi curiosidad divagó mientras me duchaba y me ponía el pijama para tirarme al sofá buscando opciones lógicas de su imponente cuerpo. Quizá también pertenecía a los cuerpos de seguridad del estado. Tenía sentido.
¿Tendría ocasión de volver a verle para preguntárselo?
Caí en la cuenta de la hora que era y me eché las manos a la cabeza. Tenía que ir a trabajar al día siguiente y para colmo tenía guardia.
Bueno, me quedaba una semana para coger las vacaciones y, aunque adoraba mi trabajo, las estaba necesitando desde hacía tiempo.
Ya tumbada en mi cama volví acordarme sin pretenderlo de esos ojos azules y el rubio ceniza de su pelo; también de los músculos de su espalda.
¿Y no era curioso que tuviésemos el mismo tatuaje?
Mientras daba vueltas, porque era imposible dormirse con el repentino calor que me inundaba como una marea haciendo que incluso las sábanas me pareciesen pesadas, sopesé que podría haber hecho algo para que de verdad volviésemos a vernos.
¿Pero qué estaba diciendo?
Era una cara bonita, nada más.
“Y me había salvado, y llevábamos el mismo tatuaje…”
Detalles.
Hice algo entonces impensable… Me puse a buscar en las redes sociales del local las fotografías tomadas de esa noche… Si salía en alguna, podía localizarle “en plan casual”.
Acabé por resolver que se me estaba yendo la pinza y que yo no había ido detrás de un tío solo porque me pareciese atractivo en mi vida. Pero había sido tan enigmático… Además, nada me aseguraba que lo que no le esperase con tanta urgencia fuese una cena de parejas. No lo parecía, pero podía ser.
Sin querer, porque si era racional como yo solía hacerlo no hubiera pasado, acabé soñando con su perfecto cuerpo haciendo cosas salvajes como escalar una montaña sin cuerda o nadando en un mar embravecido.
Pero también soñé con sus labios susurrando al lado de mi oreja erizando mi piel y en cómo sus dientes, un poco afilados, me mordían consiguiendo que llegase al éxtasis.
Cuando sonó el despertador, lo maldije. Al despertador. Ese sueño me podría haber tenido absorta y disfrutando una eternidad.
Me eché una taza de café mientras me ruborizaba de acordarme de las cosas que había soñado. En fin, por suerte para todos, los sueños no se podían ver si no eran contados.
Me fui a trabajar extrañamente feliz.