Los vampiros del zodiaco
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CAPÍTULO 1
ADAM
Escalar montañas era parte de mi hobby habitual cada amanecer. La hora era perfecta para evitar miradas curiosas y también para aprovechar las vistas para la caza. Como vampiro, necesitaba alimentarme para mantenerme fuerte y rápido.
Aquella mañana, había tardado menos tiempo del habitual en recorrer los cientos de metros de altura que separaban la cima del suelo incluso habiéndome propuesto no usar los pies en ningún momento.
Estaba algo cansado, pero eso producía en mí una sensación de satisfacción que no todo el mundo comprendía.
Cuando ya me disponía a bajar directo a perderme entre el frondoso bosque para refrescarme en el río antes de volver al cuartel, donde vivíamos entre otros de nuestra especie, los doce vampiros del zodiaco, oí un grito que atravesó el cielo.
Podría haberme parecido dramático a mí oírlo tan contundente porque, al fin y al cabo, a esa altura y con lo poco concurrido, completamente vacío, que estaba aquel espacio, era común que cualquier voz retumbase en forma de eco.
Pero había algo en aquella voz que me hizo empezar a moverme por la montaña rocosa a toda velocidad, buscando su origen.
Localicé a la mujer de traje amarillo agarrada de una mano de su pico de montaña. Fui bajando hasta que pude oír el latido de su corazón incesante.
Su respiración era tranquila, su cabello anaranjado se mantenía en una trenza en el lado como si no quisiese interferir en sus decisiones. Llevaba unas grandes gafas protectoras por lo que no pude ver el color de sus ojos.
Me acerqué con cuidado al notar como sus dedos se aferraban con fuerza a los elementos. Posiblemente, no había contado con la ventisca que se estaba levantando. No era algo con lo que yo tuviese que contar, pero sí una humana que decidiese subir.
¿Y qué diantres se le había perdido a esas horas en aquella montaña?
Cuando me vio, estuvo a punto de caer del todo, pero consiguió no hacerlo. A la distancia que me había colocado de ella, podía salvarla, aunque yo no solía hacer nada, como era mi deber, que evidenciase lo que era.
—¿Equipo de rescate? —inquirió fuerte y enérgica.
—Sí. —mentí.
Asintió varias veces con la cabeza. ¿Cuánto tiempo llevaría allí antes de pegar el grito? A lo mejor su propia voluntad la había salvado de la muerte. Admirable.
Me coloqué detrás de ella mientras la veía inspeccionar con lo poco que podía mover la cabeza.
Por supuesto debía estar preguntándose dónde estaba mi equipo oficial, por qué iba con una fina camiseta de algodón, o las cuerdas con las que pensaba sacarla.
No era muy elegante, pero en cuanto estuve en la posición correcta, le clavé los dedos en el lugar exacto para dejarla completamente dormida.
No me pesó nada cuando se dejó caer en peso muerto y agradecí que no pudiera ver nada, porque simplemente, descendí a toda velocidad hasta llegar a tierra sabiendo que cuanto más de día fuera, más probabilidades había de que llegasen ojos curiosos nada deseados en aquel momento.
A escasos metros del pie de la montaña, encontré un Range Rover rojo, nada discreto. Observé su mono amarillo determinando que debía ser suyo; Una ostentosa necesidad de llamar la atención. Solté una carcajada silenciosa.
Abrí el coche utilizando mi navaja multiusos y la dejé en el asiento del conductor con cuidado. Ahí no iba a correr peligro, por lo menos no el importante de desmayarse o caerse de la montaña. No era mi problema y suficiente había hecho.
¿Por qué entonces estaba escondido antes de darme cuenta entre la maleza para asegurarme de que nadie se acercase a ella con malas intenciones antes de que se despertase?
Un hombre se acercó entonces demasiado rápido al coche cuando ya estaba a punto de querer irme, la paciencia no era mi fuerte. Salí de mi escondite acercándome de dos zancadas.
Ella se despertó y lo supe porque se movió hasta quitarse las gafas y clavó sus ojos verdes en mí lo que me pareció una eternidad.
—Apártate de ella. —exigió el hombre que había ido corriendo hacia el vehículo.
—Eres tú quien está demasiado cerca. —respondí determinante.
—¡Pero qué dices! ¿Quién eres? ¡Voy a llamar a la policía! Seguro que eres un acosador que sabía que ella escala la montaña todas las semanas, el mismo día. —chilló.
Yo no sabía nada de eso, pero me lo apuntaba en mi memoria.
—Yo soy quien la ha salvado allí arriba, no te he visto entonces. —lancé mordaz.
—Tú, el del equipo de rescate. —intervino entonces la chica, de pie y entre los dos, como si nunca hubiera pasado nada. —No vi tu equipo antes de desmayarme. —acusó.
—No llevaba, pero intervine por necesidad. —expliqué.
No era del todo mentira, y a mí no me gustaba mentir.
—¿Cómo? ¿Cómo puedes descender de semejante altura sin equipo y con alguien a cuestas? —interrogó marcando su entrecejo como muestra de que estaba enfadada.
—La gente normal dice “gracias por no dejar que me muera” —afirmé.
—No necesitaba tu ayuda. —retó entonces dando un paso hacia delante para golpear el centro de mi pecho.
—Eso no fue lo que me pareció.
—A lo mejor solo tendrías que haber esperado un poco más, podía terminar de subir. —reafirmó.
Lo dudaba.
—Lo tomaré como un gracias. —dije antes de girarme para irme.
No iba a seguir teniendo esa estúpida conversación en la que esa loca, en lugar de darme las gracias, me hablaba con reproche. ¡Como si salvarle la puñetera vida fuese algo reprochable!
—Pues no lo tomes como tal y ten por lo menos la educación de presentarte.
—pidió subiendo el tono para paliar que cada vez yo estaba más lejos.
No iba a explicarles que mi coche estaba a muchos kilómetros porque no solía ir tan despacio andando.
Solo tenía que alejarme lo suficiente para poder correr sin que me viesen.
Oí su trote y la sentí cuando me cogió de la muñeca.
—Es lo mínimo. —añadió recuperando su aliento.
—No te debo nada. —remarqué. Sus ojos verdes me estudiaban como si hubiese visto un ciervo de tres cabezas. Si solo supiera lo que yo era… No podría procesarlo así que era algo que su mente nunca iba a pensar.
—Yo a ti tampoco. —espetó despectivamente.
Me reí entonces sí para hacerle notar la idiotez que había soltado.
La vida quizá era algo que sí me debía. Tensé la mandíbula.
—¿Sabes por qué? —Tenía que irme pero la curiosidad latía fuerte bajo mi piel.
—Porque no eres del equipo de rescate, no llevabas equipación, y tu intervención podría haberme matado. —argumentó.
Me acerqué un poco más juntando más nuestras manos, ya que aún ella no me había soltado la muñeca. Ella cayó entonces en eso soltándola.
—Piensa lo que quieras. —susurré mordaz.
—Pero los dos sabemos que si no fuese por mí te habrías quedado tiesa más tarde que temprano.
Hayan sido como hayan sido las circunstancias del rescate, deberías estar agradecida.
—Hice una pausa fijándome en la cara de póker que tenía el rubito platino que la acompañaba.
—Y dile a tu novio que se calme… Un día de estos podría recibir un puñetazo del que no se recupere. —concluí.
Salí andando mucho más rápido, simulando un trote, para andar en zigzag hasta estar seguro de que no se me veía. Justo después, salí corriendo.
Llegué al cuartel más tranquilo, dispuesto a irme directamente a mi habitación, pero a veces las constelaciones no estaban de mi parte.
—Adam. —La voz de Gulliver a mi espalda me irritó. El maestro solo me hablaba directamente cuando necesitaba algo ya que hacía muchísimos años que los entrenamientos habían acabado. —Aries. —dijo contundente haciendo referencia a mi signo zodiacal.
A veces quería olvidar que era ese: El elegido nacido el 1 de Abril denominado bajo el signo zodiacal Aries para dar sentido a la primera casa del zodiaco.
Un vampiro marcado para ser, con los otros once, algo único que activaba ciertas habilidades que mantenían a salvo y bajo orden al resto de los vampiros.
Genial, absolutamente genial. Pero yo quería ser otro, uno que pudiera simplemente vivir aventuras sin preocuparse por tener la obligación de volver al cuartel, asumir las misiones más duras, y combatir contra cualquier movimiento que fuera contra nuestra especie o la obligación de mantenerla en secreto.
¿Y si quería tumbarme a pensar en por qué me había sentido tan fuertemente atraído por la mujer humana de cabellos naranjas y ojos verdes?
No podía, claro que no.
Chasqueé la lengua.
Él aprovechó para dar con su katana, que utilizaba de bastón, un golpe en el suelo, para expresar disgusto por mi comportamiento.
—¿Qué necesitas? —interrogué haciendo gala de mi lealtad.
—Habrá nacimientos esta noche Adam, necesitaré a los doce para sellar la seguridad mientras las estrellas se mueven a nuestro favor.
—respondió tranquilo. Él siempre estaba tranquilo.
—Si pudieras ir a buscar a tus hermanos…
Algunos no se encuentran en el cuartel, y tú los conoces bien… —dejó las palabras en el aire.
—Estaremos en la casa de sellos esta noche. Todos somos conocedores de nuestro deber. —dije queriendo remarcar que, en todos esos años, pese a nuestras enormes diferencias y opiniones, todos habíamos cumplido con lo que se esperaba de nosotros.
Sabía qué dos no estarían en el cuartel si no iba a decirles lo de aquella noche: Leo, que llevaba por nombre su signo. Siempre de fiesta, perdido en brillar; Y Caleb, cuyo carácter solitario era propio de ser capricornio.
Decidí empezar por lo fácil. Solo debía buscar la fiesta más concurrida de la ciudad, ahí estaría Leo.
Tras localizarla y comprobar que no empezaba hasta las ocho, decidí acostarme. Después de todo, yo no había estado holgazaneando por el cuartel toda la noche sino viviendo lo poco que me dejaban vivir en paz: Mi espíritu aventurero.
No era una amenaza para mis funciones, claro que no.
De hecho, más de una vez nos había servido para atajar situaciones extremas.
Paseé la mano por la piedra que llevaba de collar atada a un simple trozo de cordón negro: Era un diamante y, eso, podía parecer que había que llevarlo en un lugar más seguro, pero, al ser mi piedra de protección, notaría si se me caía al instante.
Además, la piedra preciosa quería mi piel tanto como yo necesitaba su protección.
El cabello anaranjado caía hasta mitad de su espalda en forma de cascada mientras yo admiraba su cuerpo curvo y sus pechos sugerentes.
Desde mi posición, se hacía inevitable apreciar la leve apertura de su boca, invitándome a besarla. A poseerla. Y yo la necesitaba con tanta urgencia que mi miembro se revelaba entre mis pantalones.
¿Había algo más importante que hacer en aquel momento? No, claro que no.
Me acerqué a ella aspirando su fragancia a almendras dulces.
Rodeó con sus finas muñecas mi nuca dejando nuestros cuerpos tan pegados que sentí latir mi corazón desbocado aunque hacía demasiado tiempo que no latía debido a mi condición.
Apreté mi mandíbula intentando contener el animal que sentía que era por todo lo que quería hacerle.
Su boca se acercaba lentamente a la mía.
—¡Adam! —chilló Einar, escorpio. —Parece que alguien estaba balbuceando. —bromeó.
Quise matarlo pero me conformé con tirarle un cojín a la cabeza.
—¿Qué maldita hora es? —interrogué sin querer entrar en lo que estaba o no soñando. De todas formas era mejor olvidarlo.
—Hora de que te vayas si quieres encontrar a estos, me da cierta incertidumbre pensar que va a salir mal lo de esta noche. —argumentó. Él era metódico y nervioso.
—Podrías ir tú. —aventuré.
Se rió antes de alejarse como si nunca me hubiera interrumpido uno de los mejores sueños que había tenido en mi vida.
¿Y por qué?
La había visto una sola vez pero parecía que podía seguir viéndola con la misma claridad sin estar. En fin… Me cambié colocándome un vaquero y una camiseta negra para ir en buscar de Leo.
El tugurio estaba lleno de personas que habrían dado miedo a más de uno. A mí por supuesto me hacía gracia la idea de pensar que alguien iba a buscar bronca con nosotros. Era parte del encanto de ser vampiro: Si ellos se ponían agresivos… Podías reventarles la boca.
No me costó nada encontrarle. Estaba en medio de un grupo multitudinario que le lamía el culo en todo lo que decía. Lástima que tuviera que separarle de su público.
Me vio enseguida y levantó la copa en mi dirección. Eso significaba que hasta que no la terminase, no íbamos a irnos. Rodé los ojos dispuesto a apoyarme en una esquina y esperar, pero entonces la fragancia a almendras llegó hasta mí de una forma invasiva.
Al girarme bruscamente me encontré con esos ojos verdes que me habían perseguido en el sueño. Ella llevaba un vestido amarillo por lo que determiné que ese era su color favorito.
—Tú. —señaló sonriendo en mi dirección.
Me congelé por un segundo queriendo arrancarle la ropa. La atracción que sentía en ese momento no tenía precedentes. Apreté los puños conteniéndome.
—Hola. —respondí todo lo neutral que pude.
—No me dijiste tu nombre. —señaló determinante.
—Tú tampoco el tuyo. —señalé.
—Eres insufrible. —aseguró con una sonrisa antes de sacarme el dedo corazón y darse la vuelta para irse.
La retuve entonces del antebrazo consiguiendo que nuestras narices quedasen demasiado cerca pese a la diferencia notable de altura.
—Lena. —contestó mojándose los labios en un movimiento que me la puso dura pese a ser involuntario.
—Adam. —contesté con media sonrisa.