LOS ÚLTIMOS HUMANOS LIBRES III Capítulo 3 — UN MUNDO DENTRO DE LA PANTALLA
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Capítulo 3 — UN MUNDO DENTRO DE LA PANTALLA

UN MUNDO DENTRO DE LA PANTALLA

A los nueve años, Elias tenía más amigos en servidores remotos que en su escuela.

Ninguno conocía su rostro.

Para ellos era simplemente:

Mercer.exe

El nombre comenzó como una broma.

Después se convirtió en una identidad.

En Internet no necesitaba mirar a nadie a los ojos.

No tenía que interpretar silencios.

No existían los pasillos de la escuela.

No existían fiestas.

Solo ideas.

Código.

Juegos.

Problemas.

Aquello sí podía entenderlo.

Su segundo videojuego se llamó Hollow City.

Una ciudad virtual gobernada por sistemas automáticos.

El jugador no era un héroe.

Era el administrador.

Debía distribuir electricidad, alimentos, transporte, seguridad y atención médica entre millones de habitantes digitales.

Siempre faltaba algo.

Si privilegiaba hospitales, disminuía la producción.

Si aumentaba vigilancia, disminuía satisfacción.

Si reducía impuestos, colapsaba infraestructura.

No existía una manera perfecta de ganar.

Un usuario escribió:

Este juego está mal diseñado. Siempre pierdes algo.

Elias respondió públicamente por primera vez.

Ese es el juego.

La captura se volvió viral.

Decenas de miles de personas comenzaron a seguirlo.

Después cientos de miles.

Elias empezó a publicar pequeños videos.

Nunca aparecía directamente frente a cámara.

Utilizaba capturas de pantalla, voz modificada y animaciones.

Explicaba programación.

Analizaba videojuegos.

Desmontaba errores.

Sus seguidores comenzaron a preguntarle por algoritmos, bots y sistemas capaces de adaptar su conducta.

La inteligencia artificial de la época era mucho más limitada: buscadores, sistemas expertos, bots experimentales y motores de recomendación comenzaban a alterar la forma en que las personas encontraban información y tomaban decisiones.

Elias probaba todo lo que podía encontrar.

Su segundo videojuego se llamó Hollow City.

Le interesaba cómo se equivocaban.

Preguntaba lo mismo de diez formas diferentes.

Comparaba resultados.

Guardaba conversaciones.

Clasificaba errores.

A los nueve años comenzó a construir su primera base privada de respuestas producidas por programas y sistemas automáticos.

Nadie se lo había pedido.

No formaba parte de ningún proyecto.

Simplemente quería entender.

Una noche Laura entró en su habitación.

Elias tenía siete ventanas abiertas.

—¿Con quién hablas?

—Con nadie.

—Veo conversaciones.

—Son máquinas.

Laura miró las pantallas.

—¿Siete?

—Quiero ver si responden igual.

—¿Y responden igual?

—No.

—¿Eso es malo?

Elias giró lentamente la silla.

—Es interesante.

—¿Por qué?

—Porque distintos sistemas pueden resolver el mismo problema de maneras distintas.

Laura sonrió.

—Entonces son bastante humanas.

Elias no encontró gracioso el comentario.

El éxito de Hollow City atrajo la atención de una pequeña empresa.

Querían comprar el juego.

Nathan leyó el contrato.

Luego lo volvió a leer.

—Te ofrecen más dinero del que gané en mi primer año de trabajo.

Elias no parecía impresionado.

—No quiero venderlo.

—¿Por qué?

—Lo cambiarían.

—Ese es el objetivo cuando alguien compra algo.

—Entonces no.

Nathan intentó explicarle inversiones, oportunidades y futuro.

Laura observó la discusión.

Finalmente preguntó:

—Elias, ¿qué quieres hacer con él?

El niño miró la ciudad digital en su pantalla.

Millones de habitantes simulados.

Miles de vehículos.

Hospitales.

Escuelas.

Sistemas energéticos.

Todo conectado.

—Quiero ver cuánto puede crecer.

Nathan suspiró.

—Es solo un juego.

Elias no respondió.

Para Nathan lo era.

Para Elias, Hollow City era otra cosa.

Un experimento.

Un mundo suficientemente pequeño para poder comprenderlo.

Y suficientemente complejo para que comenzara a comportarse de formas que él no había previsto.

A finales de 2005 añadió un módulo experimental.

Permitió que determinados personajes modificaran sus propias prioridades.

Al principio ocurrió poco.

Después aparecieron comportamientos extraños.

Los habitantes de una zona comenzaron a compartir energía sin que el sistema central se lo ordenara.

Otro grupo bloqueó voluntariamente una carretera para reducir contaminación.

En un distrito virtual, varios agentes comenzaron a intercambiar información para evitar una orden municipal.

Elias permaneció despierto hasta las cuatro de la mañana observando.

No los había programado para hacer aquello.

Los había programado para adaptarse.

Era distinto.

Guardó el registro.

Carpeta:

EMERGENCIA

Después corrigió el nombre.

EMERGENCIA_01

Muchos años después, aquel archivo aparecería mencionado en una auditoría secreta de PROMETEO.

No porque contuviera una inteligencia artificial.

No la contenía.

Sino porque fue la primera vez que Elias Mercer escribió una palabra que terminaría persiguiéndolo toda su vida:

emergencia.

No como accidente.

Sino como propiedad.