LOS ÚLTIMOS HUMANOS LIBRES III Capítulo 2 — LA PRIMERA LÍNEA DE CÓDIGO
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Capítulo 2 — LA PRIMERA LÍNEA DE CÓDIGO

LA PRIMERA LÍNEA DE CÓDIGO

«Mercer nunca consideró la programación una herramienta. Para él era un idioma. Quizá por eso terminó conversando con algo que los demás solo intentábamos controlar.» — Evelyn Shaw. Archivo personal recuperado

La primera cosa que Elias hizo desaparecer mediante código fue un cuadrado rojo.

Tenía ocho años.

Había pasado seis horas intentando moverlo de un extremo a otro de la pantalla.

Al principio avanzaba demasiado rápido.

Después desaparecía.

Después reaparecía fuera del marco.

Finalmente logró que obedeciera las flechas del teclado.

Arriba.

Abajo.

Izquierda.

Derecha.

Elias sonrió.

Laura, desde la puerta, lo observó.

Era una sonrisa rara en él.

No porque fuera infeliz.

Porque casi siempre su satisfacción ocurría por dentro.

—¿Qué hiciste?

—Lo controlo.

—¿Al cuadrado?

—Sí.

Laura se acercó.

—Parece bastante aburrido.

Elias dejó de sonreír.

Miró el cuadrado.

Después miró a su madre.

—Todavía no tiene enemigos.

Laura decidió que era mejor no preguntar.

Dos semanas después, el cuadrado tenía enemigos.

Un mes después tenía paredes.

Después aparecieron puertas.

Después mapas.

Elias comenzó a construir un juego.

Lo llamó Luz Cero.

El jugador era una pequeña esfera blanca atrapada en un laberinto que cambiaba cada vez que comenzaba una partida.

No había música.

No había personajes.

No había historia.

Pero había algo peculiar.

Los enemigos recordaban.

Si el jugador utilizaba siempre el mismo camino, comenzaban a esperarlo.

Si atacaba desde la izquierda, se protegían de ese lado.

Si repetía una estrategia, dejaba de funcionar.

Nathan probó el juego.

Murió cuatro veces.

—Está haciendo trampa.

—No.

—Entonces ¿cómo sabe dónde voy?

—Aprende.

Nathan dejó el teclado.

—Elias.

—¿Sí?

—¿Qué quieres decir con que aprende?

—Guardo las decisiones del jugador. Después cambia las probabilidades.

Nathan observó a su hijo.

—¿Se te ocurrió solo?

—No.

Elias señaló varios libros abiertos y seis pestañas del navegador.

—Lo aprendí.

Nathan respiró aliviado.

Por razones que no comprendió completamente.

Elias subió Luz Cero a una pequeña plataforma de videojuegos independientes.

Esperaba veinte descargas.

Tal vez cincuenta.

Tuvo doce mil durante el primer mes.

Los comentarios comenzaron a llegar.

¿Quién hizo esto?

Los enemigos parecen reales.

Necesitamos una versión móvil.

¿Cuántos años tiene el desarrollador?

Elias leyó cada comentario.

No contestó ninguno.

Pero aquella noche comprendió algo que cambiaría la relación que mantenía con otras personas.

Podía comunicarse sin hablar.

Su código podía hacerlo por él.

En la escuela continuaba siendo extraño.

Ahora existía otra palabra.

Genio.

Algunos la pronunciaban con admiración.

Otros como un insulto.

—Mercer, resuelve esto.

—Pregúntale a la computadora humana.

—Eh, Einstein.

Elias fingía no escuchar.

Pero escuchaba todo.

Un día encontró escrito sobre su casillero:

ROBOT

Permaneció frente a la palabra varios segundos.

No se enfadó.

Sacó el teléfono.

Tomó una fotografía.

Aquella noche modificó Luz Cero.

Añadió un nuevo enemigo.

Era alto.

Torpe.

Predecible.

Y repetía constantemente los mismos movimientos.

Lo llamó:

HUMANO.

Fue el personaje que más éxito tuvo.

Laura descubrió el origen varias semanas después.

—No puedes convertir a las personas que te hacen daño en personajes para que otros las destruyan.

Elias parecía sorprendido.

—No es una persona.

—Sabes de quién hablo.

Silencio.

—¿Te dolió lo que escribieron?

Elias miró su monitor.

—Era incorrecto.

—¿Qué cosa?

—No soy un robot.

Laura se sentó junto a él.

—A veces las personas dicen cosas incorrectas porque quieren hacer daño.

—Eso no tiene sentido.

—Muchísimas cosas humanas no tienen sentido.

Elias la miró.

—Entonces deberían corregirlas.

Laura sonrió tristemente.

—No todo puede corregirse con código.

Aquella fue una de las pocas veces en que Elias no tuvo respuesta.

Antes de dormir volvió a encender la computadora.

Abrió el archivo principal del juego.

Miró miles de líneas que él mismo había escrito.

Todo allí obedecía.

Todo tenía una causa.

Todo tenía una consecuencia.

Cambió una instrucción.

Ejecutó el programa.

El enemigo llamado HUMANO dejó de atacar.

Ahora observaba al jugador.

Esperaba.

Aprendía.

Elias permaneció inmóvil.

Por primera vez sintió algo parecido a incomodidad.

Había creado algo cuya conducta ya no podía anticipar exactamente.

No porque fuera inteligente.

Todavía no.

Pero había descubierto una sensación que volvería a encontrar décadas después frente a AURA.

La sensación de observar una máquina y preguntarse:

¿Qué hará ahora?