LOS ÚLTIMOS HUMANOS LIBRES III Capítulo 1 — EL NIÑO SILENCIOSO
2%
LOS ÚLTIMOS HUMANOS LIBRES III

LOS ÚLTIMOS HUMANOS LIBRES III

Por ALVARO CARRILLO PUNINA

© inepub.com

Capítulo 1 — EL NIÑO SILENCIOSO

EL NIÑO SILENCIOSO

Elias Mercer nació durante una tormenta.

No fue una tormenta memorable para Chicago. No apareció en los noticieros, no derribó edificios ni dejó cientos de miles de hogares sin electricidad. Fue una de esas noches de octubre en las que el viento proveniente del lago Míchigan golpeaba los ventanales como si quisiera entrar.

Sin embargo, muchos años después, cuando algunos intentaron reconstruir cada detalle de la vida de Elias, aquella tormenta adquirió un significado que probablemente nunca tuvo.

Los seres humanos son buenos haciendo eso.

Convirtiendo el pasado en una profecía después de conocer el futuro.

Elias nació a las 02:41 del 21 de octubre de 1996.

Su madre, Laura Mercer, solía decirle que durante los primeros segundos después del parto no lloró.

Miró.

—Parecía que estuviera tratando de entender dónde había llegado —contaba.

Su padre, Nathan, siempre corregía la historia.

—Era un recién nacido, Laura. No estaba tratando de entender nada.

Ella sonreía.

—Tú no viste sus ojos.

Nathan Mercer era ingeniero de sistemas. Trabajaba para empresas que mantenían infraestructura tecnológica de hospitales, universidades y organismos públicos del área metropolitana de Chicago.

Laura enseñaba literatura en una escuela secundaria.

Dos maneras muy diferentes de comprender el mundo.

Nathan pensaba en estructuras.

Laura pensaba en personas.

Elias terminaría heredando ambas cosas.

Pero nunca en la misma proporción.

A los tres años podía permanecer sentado durante horas observando objetos que otros niños ignoraban.

Un ventilador.

Un semáforo.

El panel digital de un ascensor.

Las luces intermitentes de un router.

No preguntaba qué eran.

Preguntaba por qué hacían lo que hacían.

—¿Cómo sabe que debe cambiar? —preguntó una tarde señalando un semáforo.

—Tiene un programa —respondió Nathan.

—¿Quién le dice?

—El programa.

Elias frunció el ceño.

—Pero alguien hizo el programa.

Nathan sonrió.

—Sí.

—Entonces no decide.

Nathan tardó un instante en responder.

—No.

El niño volvió a mirar el semáforo.

Rojo.

Verde.

Amarillo.

Rojo.

—Todavía —dijo.

Nathan creyó no haberlo escuchado bien.

—¿Qué dijiste?

Elias ya estaba caminando.

En la escuela infantil no se integraba con facilidad.

Los otros niños corrían.

Elias observaba.

Los otros niños gritaban.

Elias pensaba.

Los otros niños inventaban historias.

Elias buscaba reglas.

Si alguien cambiaba las reglas de un juego mientras estaban jugando, podía levantarse y marcharse.

No porque estuviera enfadado.

Porque el sistema había dejado de tener sentido.

Laura fue la primera en comprender que aquello que preocupaba a los profesores no necesariamente era un problema.

Cuando Elias tenía siete años, una psicóloga escolar recomendó realizarle una evaluación cognitiva.

El resultado obligó a repetir varias pruebas.

El coeficiente intelectual estimado superaba los 160 puntos.

Nathan miró el informe durante largo rato.

Laura apenas lo leyó.

Miró a su hijo.

—¿Esto significa que soy diferente?

La psicóloga respondió con cautela.

—Significa que aprendes algunas cosas mucho más rápido que la mayoría.

—¿Todas?

—No.

—¿Cuáles no?

La psicóloga sonrió.

—Tal vez tendrás que descubrirlo.

Elias asintió.

Esa respuesta le gustó.

No porque fuera tranquilizadora.

Porque contenía una incógnita.

Las dificultades no desaparecieron.

Simplemente adquirieron nombres.

Sobredotación.

Hipersensibilidad.

Pensamiento divergente.

Introversión.

Desarrollo asincrónico.

Palabras que los adultos utilizaban para describir cosas que Elias experimentaba sin necesidad de nombrarlas.

Podía resolver problemas matemáticos que correspondían a estudiantes varios años mayores.

Pero era incapaz de saber cuándo alguien estaba bromeando.

Podía memorizar secuencias enteras después de observarlas una vez.

Pero olvidaba saludar.

Podía imaginar sistemas complejos funcionando simultáneamente.

Pero una fiesta de cumpleaños con veinte niños le parecía insoportable.

El mundo físico estaba lleno de ruido.

Las máquinas, en cambio, eran honestas.

Una máquina hacía aquello para lo que había sido construida.

Si fallaba, existía una causa.

Si una causa existía, podía encontrarse.

Y si podía encontrarse…

podía corregirse.

Elias todavía no sabía que esa idea gobernaría toda su vida.

Una noche de diciembre de 2003, Nathan llegó a casa con una computadora portátil antigua.

La empresa iba a desecharla.

—Puedes quedártela —dijo.

Elias pasó la mano por la superficie.

—¿Funciona?

—Más o menos.

—Entonces funciona.

Nathan rió.

—Le falta memoria, la batería está casi muerta y tiene problemas con el sistema operativo.

Los ojos de Elias se iluminaron.

—¿Puedo abrirla?

—¿Para qué?

El niño lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Para arreglarla.

Durante tres días desmontó y volvió a montar aquella computadora.

Buscó manuales.

Vio tutoriales.

Leyó foros.

Aprendió palabras que nunca había escuchado.

Procesador.

Memoria.

Kernel.

Firmware.

Código.

La tercera noche, la máquina arrancó.

Laura estaba detrás de él cuando apareció el escritorio.

—Lo lograste.

Elias no respondió.

En la pantalla parpadeaba un pequeño cursor.

Esperando.

Laura apoyó una mano sobre su hombro.

—¿Qué vas a hacer ahora?

Elias observó aquella línea.

El cursor apareció.

Desapareció.

Volvió a aparecer.

Como un corazón.

—Quiero enseñarle cosas.

Laura sonrió.

—Es una computadora.

Elias continuó mirando la pantalla.

—Por eso.

Muchos años después, PROMETEO conservaría aquella frase dentro de los archivos más protegidos de la historia humana.

No porque hubiera ocurrido nada extraordinario aquella noche.

Sino porque, en retrospectiva, todo había comenzado allí.

Con un niño.

Una computadora vieja.

Y la idea de que las máquinas podían aprender.