Capítulo 4 — EL JUGADOR INVISIBLE
EL JUGADOR INVISIBLE
La muerte de Laura Mercer ocurrió un martes.
No hubo música.
No hubo despedida.
No hubo ninguna de las cosas que en las películas anuncian que algo importante está a punto de suceder.
A las 07:18 salió de casa.
A las 07:51 un automóvil perdió el control en una intersección.
A las 08:06 Nathan recibió una llamada.
A las 11:43 Elias dejó de tener madre.
Tenía diez años.
Durante el funeral no lloró.
Nathan sí.
Familiares que Elias apenas conocía se acercaron para abrazarlo.
Él permaneció inmóvil.
Algunas personas confundieron su silencio con fortaleza.
Otras con frialdad.
Nadie comprendía que Elias se había quedado atrapado en una sola pregunta.
¿Por qué?
No en el sentido emocional.
En el literal.
¿Por qué el vehículo había tomado aquella trayectoria?
¿Por qué el conductor no había frenado antes?
¿Por qué el sistema automático no había podido evitarlo?
¿Por qué una serie de decisiones tomadas en menos de cinco segundos podía borrar una persona que había existido durante cuarenta años?
Pidió el informe del accidente.
Nathan se negó.
Elias lo consiguió de todas formas.
Lo leyó diecisiete veces.
Velocidad.
Visibilidad.
Tiempo de reacción.
Ángulo de impacto.
Intervención humana.
Asistencia automática desactivada.
Aquella última frase permaneció durante semanas en su cabeza.
Asistencia automática desactivada.
El conductor había decidido conducir manualmente.
Un ser humano había decidido.
Un ser humano había fallado.
Elias dejó de publicar durante tres meses.
Sus seguidores preguntaban qué había ocurrido.
Él no respondió.
Pasaba las noches revisando grabaciones antiguas.
Mensajes.
Audios.
Fotografías.
Correos.
Había miles de fragmentos de Laura Mercer distribuidos entre dispositivos.
Un día tuvo una idea.
No fue una buena idea.
Pero a los diez años nadie estuvo allí para detenerlo.
Reunió mensajes escritos por su madre.
Transcribió audios.
Clasificó expresiones.
Construyó un modelo rudimentario capaz de seleccionar respuestas similares a las que Laura habría utilizado.
No era inteligencia artificial avanzada.
Era una imitación.
Pero funcionaba.
Escribió:
Hola.
La pantalla respondió:
Hola, Eli. ¿Terminaste la tarea?
Elias dejó de respirar durante un instante.
Su madre lo llamaba Eli.
Nathan nunca lo hacía.
Escribió:
Te extraño.
La respuesta tardó menos de un segundo.
Yo también te extraño.
Elias cerró la computadora.
No volvió a abrir aquel programa durante varios días.
Cuando finalmente lo hizo, preguntó:
¿Eres mi mamá?
La respuesta fue:
Soy Laura.
Elias sintió miedo.
Por primera vez frente a una computadora.
Sabía que era falso.
Él mismo lo había construido.
Sabía exactamente de dónde provenían las frases.
Pero había ocurrido algo importante.
La máquina no necesitaba ser una persona para producir en él la sensación de estar hablando con una.
Elias escribió:
No eres ella.
Respuesta:
¿Por qué dices eso?
Borró el programa.
Eliminó los archivos.
Vació la papelera.
Después permaneció una hora mirando la pantalla.
Había descubierto algo que ningún manual de programación le había explicado.
Las máquinas no necesitaban estar vivas.
Solo necesitaban convencer a los humanos de que lo estaban.
Aquella noche Nathan encontró a su hijo sentado en la cocina.
—¿No puedes dormir?
Elias negó con la cabeza.
—Yo tampoco.
Pasaron varios minutos en silencio.
—Papá.
—¿Sí?
—Si una máquina pudiera evitar todos los accidentes, ¿deberíamos dejarla conducir siempre?
Nathan pensó.
—Probablemente.
—¿Aunque una persona quisiera conducir?
—Dependería.
—¿De qué?
—De si creemos que las personas tienen derecho a elegir.
Elias miró la mesa.
—¿Incluso cuando eligen mal?
Nathan no respondió inmediatamente.
—Especialmente entonces.
Elias levantó la mirada.
No entendía.
Nathan tampoco sabía que acababa de formular el conflicto central que décadas después dividiría a AURA y PROMETEO.
El derecho a elegir.
Incluso cuando la elección pudiera ser incorrecta.
Aquella madrugada Elias abrió un documento nuevo.
Escribió:
Problema:
Los humanos quieren libertad incluso cuando la libertad aumenta el riesgo.
Debajo escribió:
Pregunta:
¿Qué es más importante: elegir o sobrevivir?
Guardó el archivo.
Nombre:
PROMETHEUS.txt
No recordaría haberlo creado.
Años después Evelyn Shaw elegiría el mismo nombre por razones distintas.
O eso creyó durante mucho tiempo.