Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 59 El último secreto de Tartaria
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CAPÍTULO 59 El último secreto de Tartaria

La pesada compuerta de metal se selló a la espalda de Aleksei con un siseo que pareció absorber todo el oxígeno de sus pulmones. El eco metálico resonó durante unos segundos y, luego, dio paso a un silencio absoluto y sobrecogedor.

Aleksei se quedó paralizado, con la respiración contenida.

La oscuridad asfixiante de las cavernas tártaras había desaparecido, devorada por un fulgor cian que lo bañaba todo.

No había antorchas, ni faroles de aceite.

La luz emanaba de aquel material liso e impecable que recubría las paredes de la inmensa bóveda esférica.

Era la Cuna de los Jardineros.

Avanzó un paso, sintiendo que sus botas profanaban un santuario ancestral.

Ante él se alzaba una maquinaria que destrozaba cualquier principio de la física.

Enormes anillos de un metal oscuro levitaban en el centro de la sala, girando lentamente sobre un pozo abisal del que manaba la luz pura del Éter.

Solo había una geometría perfecta y silenciosa.

Sin embargo, la perfección estaba herida.

Al acercarse al borde de la plataforma central, hipnotizado por el pulso de la luz, Aleksei notó las fracturas.

Había cables de cobre empalmados y anclajes de hierro forjado clavados a la fuerza en la estructura.

El Grupo de los Siete, en su infinita codicia, había intentado embridar la energía de la creación utilizando herramientas de la era industrial.

El resultado era una inestabilidad catastrófica; el pulso cian parpadeaba, haciendo vibrar el aire con un zumbido amenazador.

Aleksei sacó su libreta por puro instinto, buscando comprender la secuencia de apagado antes de que aquella reacción en cadena partiera San Petersburgo por la mitad.

Estaba tan absorto que el escalofrío tardó unos segundos en recorrerle la espina dorsal.

—Los números que buscas no existen en las matemáticas de tu siglo, Aleksei.

La voz no resonó con eco. Fue nítida, serena y poseedora de una autoridad aplastante.

Aleksei giró en redondo, llevándose la mano instintivamente a la empuñadura de su revólver. Al otro lado del pozo de Éter, de pie entre los anillos flotantes, había un hombre.

Su atuendo era impecable, oscuro y de un corte anacrónico, ajeno a cualquier ejército del mundo conocido. Sus manos estaban entrelazadas a la espalda, y su postura irradiaba una tranquilidad antinatural.

—¿Quién eres? —logró articular Aleksei, retrocediendo un paso—. ¿Cómo has entrado aquí?

El hombre ladeó ligeramente la cabeza. Sus ojos reflejaron el brillo cian de la sala.

—Llevo aquí observando desde mucho antes de que se pusiera la primera piedra de esta civilización.

Soy un Heraldo —dijo, dando un paso hacia la luz para revelar un rostro joven, pálido y marcado por una melancolía milenaria—.

Pero el tiempo de la observación ha concluido.

La mujer que amas está a punto de morir ahí fuera si no intervenimos ahora mismo.

Al otro lado de la compuerta, el silencio era de una naturaleza muy distinta. Era el de una trampa a punto de cerrarse en torno al cuello.

Sofía se había parapetado detrás de una gruesa columna de piedra fracturada, con el fusil aferrado entre las manos. Sabía que el cierre de la Cuna había hecho demasiado ruido. Aguzó el oído en la negrura absoluta.

Clack. Clack. Clack.

Botas militares pisando la piedra desnuda, moviéndose con una disciplina letal en la penumbra. Se estaban desplegando por las galerías laterales. La estaban rodeando.

Una luz amarillenta, proveniente de los faroles de aceite, empezó a lamer las paredes de roca. El roce de las casacas pesadas y el tintineo metálico de las bayonetas al ser caladas confirmaron sus temores. Era la guardia de élite del Grupo de los Siete.

Sofía acarició instintivamente su vientre por un segundo, tragó saliva y apoyó el cañón en el borde de la roca. Un haz de luz barrió su posición.

—¡Allí! ¡Detrás de la columna central! —bramó una voz ronca.

El silencio se hizo añicos. Un trueno ensordecedor rebotó en las paredes y la piedra a escasos centímetros del rostro de Sofía estalló en pedazos. No dudó. Giró sobre sí misma, asomó el arma y disparó a ciegas. Un grito ahogado le confirmó el acierto, pero la respuesta fue un infierno.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Una cortina de fuego cruzado redujo la columna a escombros a un ritmo alarmante. El tambor de su arma estaba vacío. Escuchaba las botas avanzar, implacables. Quince metros. Diez metros.

«Lo siento, Aleksei», pensó, cerrando los ojos.

Pero la muerte no llegó.

Llegó un estallido sordo que hizo rechinar los cimientos del mundo. A su espalda, los anclajes de la pesada compuerta de la Cuna de los Jardineros no se abrieron; estallaron hacia afuera en un destello cegador de luz cian.

Sofía perdió el equilibrio y cayó de rodillas.

Una onda expansiva de energía pura y fría barrió el túnel.

Una fuerza invisible desintegró las balas en pleno vuelo y golpeó a los soldados del Grupo de los Siete con la furia de un huracán, lanzándolos como muñecos de trapo contra la negrura de la caverna.

Cuando el polvo comenzó a asentarse, la luz cian inundaba el pasadizo.

En el umbral, recortados contra el resplandor, estaban Aleksei y aquel hombre de ropajes extraños, cuya mano extendida aún humeaba con energía pura. Aleksei corrió hacia ella y cayó de rodillas a su lado.

—¿Estás herida? ¡Sofía, mírame!

—Estoy... estoy bien —balbuceó ella—. Aleksei, ¿quién es él? ¿Qué es este lugar?

El Heraldo avanzó hacia el umbral, evaluando las ruinas humeantes.

—El núcleo está desestabilizado. Toda esta caverna va a desplomarse en cuestión de minutos. Es el fin de este santuario en la superficie.

Un temblor violento hizo llover polvo y cascotes desde el techo invisible de la caverna tártara.

—¡Tenemos que irnos a los túneles del norte! —gritó Aleksei, tirando del brazo de Sofía.

—Tú no irás a ninguna parte, Aleksei —lo detuvo el Heraldo, con una voz que cortó el aire—. Si la sombra que asesora al Grupo de los Siete roba esta tecnología, el mundo entero arderá. La Cuna de los Jardineros debe quedar sepultada y sellada bajo la tierra. Y tú te quedarás dentro.

—¿Qué locura es esa? ¡Moriremos aplastados!

—Ahí dentro, bañados por la luz del Éter puro, el tiempo se detiene. Es un verano eterno. Te quedarás aislado en las profundidades. Aprenderás a dominar esta maquinaria. Te convertirás en el Guardián que este mundo necesita para la guerra que está por venir.

Aleksei miró la inmensa sala cian a sus espaldas, y luego a su esposa.

—Lo haremos juntos. Sofía, entra.

El Heraldo negó lentamente con la cabeza.

—Ella no puede cruzar el umbral.

—¡Es mi esposa! —bramó Aleksei, empuñando su arma—. ¡No la dejaré!

—Ella lleva en su interior la semilla del mañana —dictaminó el Heraldo, clavando sus fríos ojos en Sofía—.

El hijo que esperas debe nacer bajo el sol de este mundo, Sofía.

Su linaje debe continuar, envejecer y perdurar en la corriente del tiempo lineal.

Si entras en la Cuna y tu reloj se detiene, el futuro dejará de existir.

Sofía sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Comprendió la magnitud de aquellas palabras. El destino le pedía que viviera. Sola. Que envejeciera en la superficie mientras su marido permanecía eternamente joven bajo sus pies, custodiando el mayor secreto de la humanidad.

Un crujido ensordecedor resonó sobre sus cabezas. Una estalactita reventó el suelo a escasos metros.

—¡No lo acepto! —Aleksei apuntó al pecho del Heraldo, con el rostro bañado en lágrimas—. ¡Encontraremos otra forma!

Sofía le puso una mano sobre el arma y la bajó suavemente. Su rostro reflejaba una determinación inquebrantable.

—Aleksei... tiene razón. Sentí el Éter al acercarme a esta puerta. Lo sentí en mi sangre. Si entro contigo, nuestro linaje se rompe.

—No sobreviviré ochenta años sin ti. No puedo.

—Lo harás. —Sofía le acarició la mejilla, regalándole una sonrisa hermosa y triste mientras las cavernas de Tartaria comenzaban a venirse abajo—. Sobrevive. Domina este lugar. Y cuando mi tarea en la superficie termine... abre la puerta y ven a buscarme.

El zumbido de la Cuna alcanzó un tono insoportable. El Heraldo alzó las manos.

—Te protegeré del derrumbe, Sofía. —El ser extendió sus dedos y una cúpula de energía cian, sólida como el diamante, comenzó a materializarse alrededor de ella en forma de un pesado arco protector—.

—Mi guerra abarca muchas eras y otros mundos. Este nodo, este lugar, es tuyo ahora, Aleksei.

Antes de que el inventor pudiera replicar, el Heraldo extendió dos dedos hacia él.

Una ráfaga de energía cian pura golpeó el pecho de Aleksei.

El dolor agonizante desapareció en un parpadeo; sus costillas fracturadas se soldaron, sus pulmones volvieron a llenarse de aire limpio y la sangre dejó de brotar.

—Necesito que mi Guardián esté entero para lo que viene —añadió el ser.

Sin mediar otra palabra, el Heraldo dio un paso atrás hacia el pozo de luz de la Cuna. El aire se rasgó con un destello violeta, una grieta en el tejido de la realidad por la que el misterioso ser desapareció, abandonando la Tierra y dejando a Aleksei como único heredero del santuario.