EPÍLOGO La grieta en el tiempo
Hoy cumplo exactamente veintisiete años. Y en unas horas, el mundo cambiará de siglo.
Llevo toda la mañana en mi despacho, mirando el viejo diario de cuero sobre mi escritorio. Al otro lado de la habitación, mi esposa duerme en el diván, con una mano protectora descansando sobre su vientre abultado. Nuestro primer hijo nacerá con el nuevo año.
Durante diecisiete inviernos, este libro ha permanecido cerrado, acumulando polvo y tentación, cumpliendo la promesa que le hice a una anciana en una noche de tormenta.
Pero hoy ya no soy un niño. Hoy soy un hombre, un esposo y pronto un padre.
La tinta de estas páginas por fin me ha revelado la verdad sobre la sangre que corre por mis venas.
Ahora entiendo lo que vi.
Recuerdo aquella noche del 20 de octubre de 1882 como si fuera ayer. Yo tenía apenas diez años.
La habitación olía a leña vieja y a medicina. Fuera, la nieve cubría la ciudad reconstruida sobre el barro antiguo. Yo estaba sentado a los pies del sillón de orejas, mirando a la mujer más anciana que jamás había visto. Mi bisabuela Sofía.
Dicen que sobrevivió milagrosamente al Gran Derrumbe de 1797, encontrada bajo un arco de piedra tres días después del desastre, protegiendo su vientre. Nunca habló de lo que pasó allí abajo.
Me tendió el libro.
—Tómalo —dijo ella. Su voz sonaba frágil, como hojas secas—. Es la historia de tu sangre. Prométeme que no lo leerás hasta que seas un hombre.
—Lo prometo... abuela —dije.
Ella sonrió, triste y dulce.
—He esperado ochenta y cinco años. He criado a mi hijo y al hijo de mi hijo. He cumplido mi guardia en la superficie. Ahora soy libre.
La anciana se levantó con un esfuerzo doloroso. Se puso su chaleco de lana, cogió su bastón y caminó hacia la puerta trasera que daba al jardín nevado.
—¿A dónde vas? —pregunté, asustado.
—A casa. No me sigas. Quédate con los vivos.
Salió a la tormenta.
Corrí a la ventana y limpié el vaho. La vi caminar hacia las ruinas de la vieja plaza hundida, donde la nieve era virgen.
Llegó al centro. Se detuvo.
Y entonces, ocurrió.
Vi cómo el suelo frente a ella brillaba. Se abrió una grieta de luz violeta, silenciosa y perfecta, cortando la realidad. De la luz salió una figura.
Era un hombre. Un hombre joven, alto, que no aparentaba más de treinta años, vestido con ropa extraña de otra época y una flor marchita pero intacta en la solapa. Parecía no sentir el frío glacial.
Mi bisabuela soltó el bastón. El hombre le tendió la mano. Y ella, la mujer que apenas podía caminar, corrió hacia él.
En el momento en que sus manos se tocaron, vi el milagro.
Vi, a través del cristal helado, cómo la espalda de mi bisabuela se enderezaba. Vi cómo su pelo blanco se volvía una cascada de oro. Vi cómo los años, el dolor y la espera se derretían de su cuerpo.
El hombre la abrazó, la levantó en el aire y la besó. Era el beso de dos amantes que se reencuentran tras un viaje de un siglo.
Se giraron una última vez hacia la casa, hacia mí. El hombre asintió, como dándome las gracias. Ella sonrió, joven y radiante, con la belleza de una reina antigua.
Luego, caminaron de la mano hacia la luz violeta. La grieta se cerró tras ellos, dejando solo la nieve y el silencio.
El reloj de la pared marca las campanadas. Cierro el diario.
Tengo veintisiete años. Sé la verdad. Y sé que, en algún lugar bajo nuestros pies, en un verano eterno, mis bisabuelos siguen vivos, jóvenes y juntos, vigilando que el futuro tenga una oportunidad.
Afuera, los fuegos artificiales estallan sobre el río Neva. El siglo XX ha llegado.
FIN