CAPÍTULO 58 El silencio de los dioses
La caída no fue un impacto mortal contra la roca, sino un descenso hacia un océano de luz.
Mientras caía en la negrura absoluta, el rugido apocalíptico de las válvulas y el colapso de la fortaleza se fue apagando, tragado por la inmensidad de la distancia. El calor asfixiante del Éter corrompido dio paso a una brisa fría, pura y cargada de un olor antiquísimo a tierra húmeda y ozono.
Aleksei cerró los ojos, esperando el golpe final, pero lo que lo recibió fue el agua.
Se hundió profundamente en un lago subterráneo de una claridad imposible.
El impacto le arrancó el aire de los pulmones y el dolor de su hombro destrozado estalló con una intensidad cegadora, pero el agua no estaba helada.
Era cálida, sedosa, casi densa, y brillaba con una tenue luminiscencia azulada.
Luchando contra la inconsciencia, pataleó hacia la superficie. Emergió tosiendo agua dulce y sangre, boqueando en busca de aire.
Cuando sus ojos se acostumbraron al cambio, el aliento se le cortó por completo. Ya no estaba en el infierno de metal de Müller.
Había llegado a La Cuna de los Jardineros .
Frente a él se extendía una caverna de proporciones titánicas, tan inmensa que creaba su propia atmósfera.
No había oscuridad. Todo el espacio estaba bañado por la luz cian que emanaba del núcleo del Gran Cristal, flotando en silencio en el centro del santuario.
El techo, a cientos de metros de altura, estaba cubierto de estalactitas gigantescas que parecían las raíces fosilizadas de un árbol que sostuviera el mundo entero.
Aleksei nadó torpemente hacia la orilla.
Sus dedos se hundieron en un manto de musgo espeso, suave y brillante como esmeraldas líquidas.
Se arrastró fuera del agua, su respiración resonando en el silencio sagrado del lugar.
Cada centímetro de su cuerpo estaba roto, quemado o magullado.
Sabía, con la certeza clínica de un moribundo, que sus heridas internas lo matarían en cuestión de horas.
Pero no había miedo. Solo una paz abrumadora.
Se apoyó contra la base de uno de los árboles de plata que bordeaban el lago.
Los frutos traslúcidos colgaban de las ramas como faroles encendidos.
Con un esfuerzo que le costó sus últimas reservas de energía, Aleksei se puso en pie tambaleándose.
Dejó un rastro de agua y sangre sobre el musgo mientras avanzaba hacia el centro de la inmensa caverna.
Allí, incrustada en la roca viva, no había reliquias, sino una colosal compuerta de metal oscuro, pulida y perfecta, que no pertenecía a la era de los hombres.
El zumbido de la energía cian pura vibraba tras ella.
Sabiendo que sus heridas internas lo matarían en cuestión de minutos, el inventor apoyó su mano ensangrentada sobre el frío metal. La compuerta, reconociendo el toque de la vida, comenzó a abrirse con un suspiro exhalado por la tierra antigua.
Aleksei reunió el último aliento que le quedaba y cruzó el umbral.