Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 57 Las Válvulas del Infierno
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CAPÍTULO 57 Las Válvulas del Infierno

El eco del colapso sonó como el fin del mundo.

Aleksei se aferró con el brazo sano a la viga de acero retorcida mientras toneladas de granito, ladrillo y maquinaria destrozada llovían sobre su cabeza, sellando definitivamente la bóveda superior.

La oscuridad amenazó con devorarlo, pero apenas duró un segundo.

El foso bajo sus pies se iluminó con un resplandor violeta y escarlata que le quemó las retinas.

El Éter líquido, desbordado de los tanques destruidos, caía en cascada por las inmensas paredes de roca natural y engranajes ciclópeos, buscando el fondo del abismo.

El calor era insoportable, como estar suspendido sobre la boca de un volcán a punto de entrar en erupción.

Cada respiración le llenaba los pulmones de aire ardiente y sabor a cobre oxidado.

Sus costillas rotas protestaban con cada movimiento, enviando descargas de dolor agudo que le nublaban la vista, pero no podía detenerse.

Aleksei comenzó a descender.

No había escaleras ni andamios. La infraestructura del Grupo de los 7 había sido aniquilada.

Aleksei tuvo que utilizar salientes de roca primigenia y gigantescos tubos de latón reventados como asideros.

La pesada palanca de bronce que había recogido le colgaba del cinturón, golpeándole el muslo entumecido con cada movimiento.

Mientras bajaba centímetro a centímetro, el rostro de Sergei cruzó por su mente.

El Lobo no había muerto por accidente ni por un fallo mecánico; su sacrificio había sido totalmente intencional.

En su último instante de lucidez, la bestia había elegido abrazar su humanidad residual, arrojándose contra el cilindro central para asegurarse de que Müller no sobreviviera, sabiendo que él mismo sería destruido en el proceso.

Sergei había dado su vida para matar al monstruo. Ahora, Aleksei tenía que dar la suya para salvar a los que amaba.

—Aguanta, Sofía —susurró, su voz perdiéndose en el estruendo de las cañerías a punto de estallar—. Solo un poco más.

A cincuenta metros de profundidad, la temperatura era tan extrema que el abrigo de lana de Aleksei empezó a humear. El sudor le escocía en los ojos, mezclado con el polvo de piedra y la sangre seca de su frente.

Fue entonces cuando las vio.

Las válvulas de purga primarias. No pertenecían a la arquitectura victoriana de Müller.

Eran colosales, forjadas en un metal oscuro e iridiscente que Aleksei no supo identificar, integradas directamente en la piedra base del subsuelo.

Formaban parte de la verdadera matriz, la tecnología olvidada de los Primeros Jardineros.

Tres inmensos volantes de inercia que controlaban el flujo del Éter hacia el manto terrestre.

Los conductos conectados a las válvulas vibraban con una violencia aterradora.

Estaban al rojo vivo, dilatándose hasta el límite de su resistencia.

Si la presión no se liberaba hacia abajo en los próximos segundos, la onda expansiva ascendería.

San Petersburgo se convertiría en un cráter de cristal fundido.

Aleksei se dejó caer los últimos tres metros, aterrizando pesadamente sobre la plataforma circular que rodeaba las válvulas. El impacto le arrancó un grito sordo al sentir cómo el hueso del hombro le punzaba la carne.

Se arrastró hasta la primera válvula. El metal quemaba a través de sus guantes de cuero. Agarró el inmenso volante con ambas manos e intentó girarlo. Estaba atascado. Soldado por siglos de inactividad y la presión abismal del Éter corrompido.

—¡No! —rugió, tosiendo por el humo tóxico—. ¡Ahora no!

Sacó la palanca de bronce macizo de su cinturón. La encajó entre los radios de la válvula oscura y el eje central, utilizando toda su longitud para crear palanca. Apoyó las botas contra el suelo de piedra ardiente y empujó con todo el peso de su cuerpo.

El dolor lo atravesó como una lanza. Sintió que los músculos de su espalda se desgarraban y el sabor a sangre inundó su boca. Pero la válvula crujió.

Con un chirrido agónico de metal antiguo contra metal antiguo, el volante cedió. Aleksei empujó de nuevo, cegado por el dolor y el sudor, hasta que la válvula completó un cuarto de vuelta. Luego media vuelta.

El resultado fue instantáneo.

Un rugido ensordecedor, más fuerte que el trueno más violento, sacudió el abismo. Debajo de la plataforma, el conducto principal se abrió de golpe. Miles de toneladas métricas de Éter presurizado salieron disparadas hacia las entrañas más profundas de la Tierra, buscando el vacío.

Las otras dos válvulas, desequilibradas por el cambio brusco de presión de la primera, cedieron por sí solas.

Los conductos al rojo vivo comenzaron a perder su brillo mortal, enfriándose rápidamente a medida que la sobrecarga mágica abandonaba las capas superiores para perderse en el manto geológico.

La corteza terrestre estaba a salvo. La ciudad de arriba no ardería.

Aleksei se dejó caer de rodillas, soltando la palanca de bronce, que rodó hasta el borde de la plataforma y cayó al vacío.

Respiró de forma entrecortada, mirando hacia arriba.

No veía más que oscuridad y rocas encajadas.

Su tumba. Una extraña paz lo invadió. Había cumplido su promesa.

Olek estaba a salvo. Sofía viviría. El Imperio de los 7 había terminado para siempre.

Cerró los ojos, preparándose para que el calor o la falta de oxígeno reclamaran finalmente su cuerpo destrozado.

Pero la Tierra aún no había terminado con él.

La violenta liberación de energía hacia las profundidades había desestabilizado la ya de por sí frágil arquitectura de la plataforma. La piedra oscura vibró bajo sus rodillas. No era una vibración mecánica, sino un temblor estructural masivo.

Antes de que Aleksei pudiera abrir los ojos, la inmensa placa de roca y metal primigenio sobre la que descansaba se partió por la mitad.

No hubo tiempo para gritar. El suelo desapareció bajo él. Aleksei cayó al vacío, engullido por la oscuridad absoluta, cayendo hacia el centro mismo del mundo, mucho más allá de las ruinas humanas, directo hacia un abismo donde la historia terminaba y comenzaba el mito.