CAPÍTULO 56 El peso del abismo
El suelo de la sala de mando se estremeció con la violencia de un terremoto.
Las losas de granito se partieron como galletas secas, abriendo fisuras de las que emanaba un vapor de color violeta tóxico.
El Éter, liberado del inmenso cilindro destrozado por el cuerpo de Müller, ardía y se filtraba hacia los cimientos de la Fortaleza de Pedro y Pablo, buscando el camino de vuelta a la matriz profunda.
—¡Corred vosotros! —había gritado Aleksei, su voz resonando por encima del aullido ensordecedor de las sirenas de presión—. ¡La red va a estallar!
Olek se quedó clavado en el sitio, con los ojos muy abiertos y las manos manchadas de pólvora temblando.
El chico miró el abismo que se estaba abriendo en el centro de la sala y luego miró a su mentor.
—¡No! —gritó Olek, dando un paso hacia él—.
¡No me voy sin ti, Padrino! ¡Hemos ganado!
¡El monstruo está muerto, el Comandante está muerto! ¡Vámonos a casa!
—¡No hay casa si esto estalla, Olek! —Aleksei lo agarró por los hombros, ignorando el dolor punzante de su propio brazo herido.
Lo miró fijamente, asegurándose de que el chico entendiera la monstruosa realidad—.
El derrumbe de la ciudad inferior está bloqueando las válvulas.
La presión no tiene por dónde escapar. Si no bajo a los colectores de la matriz a purgar manualmente la presión hacia el núcleo, esta energía reventará la corteza terrestre.
Vyborg será cenizas. Sofía morirá. El niño morirá.
Olek negó con la cabeza, las lágrimas abriéndose paso a través del hollín que cubría sus mejillas. El joven ladrón de las calles, que se había convertido en un soldado de la luz, se rompió por completo. —¡No puedes ir ahí abajo! ¡Todo se está hundiendo! ¡Es un suicidio!
El techo de la bóveda gimió. Grandes bloques de sillería empezaron a desprenderse, aplastando los restos de las máquinas de Müller.
Grigori, el herrero, corría de un lado a otro reuniendo a los milicianos supervivientes y empujándolos hacia el pasillo de salida, que milagrosamente aún se mantenía en pie.
Aleksei soltó a Olek y sacó de su bolsillo interior el reloj de bolsillo de oro que había llevado desde sus días en la Academia.
Lo abrió con el pulgar. El cristal estaba rajado, pero las manecillas seguían marcando el tiempo implacable.
Se lo entregó al chico y cerró los dedos de Olek sobre el metal frío.
—Escúchame bien, Olek —dijo Aleksei, acercando su rostro al del chico para sobreponerse al estruendo—. Ahora eres el hombre de la familia. Tienes que salir de esta isla. Lleva a la milicia por el hielo antes de que la muralla caiga sobre el río. Ve al distrito de Vyborg. Encuentra a Sofía.
Olek sollozaba, apretando el reloj contra su pecho. —Prometiste que volverías con ella...
Aleksei sintió un nudo en la garganta, denso y doloroso como una piedra.
Pensó en los ojos de Sofía en la penumbra del hospital improvisado.
Pensó en el diario negro que había dejado en sus manos.
—Dile... dile que la amaré en este mundo y en el mundo que venga después.
Dile que nunca dejé de buscar la luz. Y Olek...
asegúrate de que mi hijo lea mi historia.
El ruido de una explosión secundaria en las galerías inferiores sacudió la estancia, derribándolos al suelo. Una columna de fuego violeta surgió del pozo central, derritiendo el cobre y el latón que quedaba.
Grigori llegó hasta ellos a zancadas, agarrando a Olek por el cuello de la camisa para levantarlo. —¡Profesor, el techo va a ceder! —rugió el inmenso herrero—. ¡Si no salimos ya, nos entierran vivos!
—¡Llevátelo, Grigori! —ordenó Aleksei, levantándose a duras penas—. ¡Sácalo de aquí!
Grigori cruzó una última mirada con Aleksei.
No hubo palabras entre los dos hombres, solo el reconocimiento mudo de un sacrificio que no podía evitarse.
El herrero asintió, pálido bajo la suciedad, y tiró de Olek con una fuerza brutal.
—¡Padrino! ¡No! ¡Aleksei! —los gritos desgarradores del chico se fueron perdiendo mientras Grigori lo arrastraba hacia el pasillo en sombras, seguido por los últimos hombres de la milicia.
Aleksei se quedó solo en la sala, iluminada únicamente por las llamas de Éter corrompido y las luces rojas de emergencia parpadeantes.
El cuerpo mutilado del Lobo yacía a unos metros, inerte, finalmente libre de su agonía. Aleksei se agachó un segundo junto a los restos de la máquina y recogió la pesada palanca de bronce macizo que se había desprendido del panel de control de Müller. Le serviría para forzar las válvulas de purga.
Caminó hacia el borde del inmenso cráter que se había abierto en el centro del quirófano y la sala de mando. El abismo descendía hacia las entrañas de la Tierra, revelando un laberinto de engranajes ciclópeos rotos, tuberías reventadas y rocas cayendo hacia el vacío.
Era el descenso a los infiernos.
Aleksei no miró hacia atrás. Apretó los dientes, buscó un punto de apoyo en una viga de acero retorcida que colgaba hacia las profundidades y se dejó caer hacia la oscuridad, comenzando su escalada hacia abajo.
Treinta segundos después de que Aleksei desapareciera en el abismo, la bóveda principal de la Fortaleza de Pedro y Pablo cedió.
Toneladas de granito, ladrillo y plomo cayeron desde el techo, aplastando la sala de los horrores, sellando el pasillo y taponando para siempre el abismo por el que Aleksei acababa de descender.
El profesor de cartografía estaba ahora encerrado bajo miles de toneladas de roca muerta, aislado del mundo humano, con la única compañía del fuego y la oscuridad.