CAPÍTULO 55 El creador y la bestia
El siseo del vapor y el zumbido de los generadores parecieron enmudecer ante la presencia que bloqueaba la entrada de la bóveda.
Sergei no caminaba; se arrastraba con la pesadez de una montaña derrumbándose.
La mitad de su rostro humano era una masa amoratada por la congelación.
Del inmenso brazo hidráulico, deformado por toneladas de madera, goteaba una mezcla viscosa de aceite negro y sangre.
Su respiración era un estertor agónico, un silbido metálico producido por válvulas rotas.
Müller retrocedió otro paso, su bota resbalando en un charco de agua del deshielo. —¡Guardias! —gritó el Comandante, su voz quebrando la fachada de aristócrata intocable—. ¡Disparad a la máquina!
Sergei levantó su ojo escarlata. Ya no escaneaba el entorno buscando a Aleksei o a Sofía. Su objetivo era único, absoluto y definitivo.
—¡Te he dado una orden, Lobo! —Müller levantó su pistola de chispa modificada y apretó el gatillo.
El disparo resonó en la sala circular. El proyectil de plomo impactó en el pecho de Sergei, justo debajo de la clavícula de bronce, abriendo un agujero en su abrigo destrozado.
El Cyborg ni siquiera parpadeó. La bala se había alojado en la densa placa de blindaje subcutáneo que el propio Müller le había injertado horas antes.
Sergei dio otro paso. Clackhiss. —Tú... —la voz de Sergei brotó de su garganta destrozada, no como un rugido, sino como el crujido de hielo oscuro—. Me hiciste... esto.
—¡Yo te hice un dios! —escupió Müller, desenvainando de nuevo su espada de caballería, la hoja brillando a la luz roja del inmenso cilindro de Éter—. ¡Te salvé de ser un simple mercenario! ¡Eres el futuro del Imperio!
Sergei miró su propia mano mecánica, los dedos deformados chorreando aceite. Luego, miró al hombre de la casaca manchada de hollín. —No soy... el futuro. Soy... un monstruo.
Con un impulso hidráulico que hizo crujir los ladrillos bajo sus botas, Sergei se abalanzó sobre el Comandante.
Müller era un espadachín experto. Esquivó el primer barrido del enorme brazo de acero y lanzó una estocada brutal que se clavó profundamente en el costado humano de Sergei. La hoja atravesó carne y rozó los engranajes internos, provocando una lluvia de chispas.
Cualquier hombre habría muerto en el acto, pero Sergei ya no era un hombre. Ignorando la espada clavada en sus entrañas, el Lobo giró sobre sí mismo y lanzó un revés con su brazo mecánico.
El impacto de una tonelada de acero golpeó a Müller en el pecho.
El Comandante salió volando por los aires con el sonido de múltiples costillas rompiéndose simultáneamente.
Chocó violentamente contra el panel de control de bronce, aplastando palancas e indicadores de presión antes de caer al suelo, escupiendo sangre.
Aleksei, apoyado contra la pared y respirando con dificultad, observaba la masacre. Olek y Grigori se habían replegado hacia él. —Padrino, la máquina se lo va a comer vivo —susurró Olek, aterrorizado.
Müller intentó arrastrarse lejos de la consola destrozada, pero Sergei ya estaba sobre él. La bota mecánica del Cyborg pisó la pierna del Comandante, inmovilizándolo con un chasquido sordo. Müller soltó un grito que no tenía nada de imperial; era el chillido puro del terror primario.
—Lobo... escucha... te reconstruiré... te daré...
La mano de acero de Sergei bajó como una garra y agarró a Müller por el cuello de la camisa, levantándolo del suelo hasta que el rostro del Comandante quedó a centímetros de su único ojo humano.
Por primera vez en la noche, Sergei sonrió.
Era una sonrisa grotesca, torcida, llena de sangre y resignación.
—Mi nombre... es Sergei.
Con un movimiento brutal, Sergei lanzó al Comandante de los 7 hacia atrás. Müller voló como un muñeco de trapo directamente hacia el cilindro central de cristal y cobre que contenía el Éter inestable.
El impacto fue devastador. La espalda de Müller golpeó el cristal presurizado. El inmenso cilindro se fracturó.
Una onda expansiva de energía violeta y roja barrió la sala, lanzando a Sergei de espaldas y derribando a Aleksei y a la milicia.
El sonido fue como si el propio tejido del mundo se hubiera rasgado.
El cristal se hizo añicos, y cientos de litros de Éter corrompido y líquido cayeron sobre el cuerpo inerte de Müller, disolviéndolo en un fuego cegador antes de que pudiera siquiera gritar.
El líder del Grupo de los 7, el arquitecto de la mentira, había sido borrado de la existencia por el monstruo que él mismo había creado y la energía que había intentado esclavizar.
La sala se sumió en un caos absoluto. Las sirenas de presión empezaron a aullar. Sin el cilindro central, los conductos de los cañones comenzaron a reventar uno tras otro, escupiendo vapor hirviente.
Aleksei se puso en pie tambaleándose, protegido del vapor por Grigori.
Miró hacia el centro de la sala. Entre los restos de cristal y el humo ácido, Sergei yacía boca arriba.
La caldera injertada en su espalda había sido destrozada por la onda expansiva.
El siseo de su respiración se estaba apagando.
El Lobo giró la cabeza lentamente hacia Aleksei.
El ojo escarlata parpadeó una, dos veces, perdiendo intensidad hasta volverse un cristal opaco y muerto.
Sergei había exhalado su último aliento.
—¡Profesor! —El grito de Grigori lo sacó de su trance. El herrero señalaba el suelo bajo sus pies.
Las losas de granito de la Fortaleza de Pedro y Pablo estaban vibrando violentamente.
Una grieta enorme se abrió en el centro de la sala, tragándose los restos del panel de control.
El derrame masivo del cilindro principal estaba reaccionando en cadena con los laboratorios y las baterías subterráneas.
—El derrumbe de Agartha está alcanzando los cimientos de la fortaleza —Aleksei comprendió la magnitud del desastre, el horror congelando su sangre—.
¡La red está en masa crítica! ¡Si esta energía no se contiene, la explosión no solo destruirá la fortaleza...
hará un cráter del tamaño de toda la ciudad!
¡Vyborg y todos los que están allí desaparecerán!
Olek agarró a Aleksei del brazo no herido, tirando de él hacia la puerta destrozada por donde habían entrado. —¡Entonces tenemos que correr! ¡Padrino, se acabó! ¡Müller está muerto!
Aleksei miró hacia el pasillo de salida, que conducía a la superficie, al hielo, a Sofía. Luego miró hacia el abismo que se estaba abriendo en el suelo, donde el Éter líquido fluía como un río de lava enfurecida hacia los niveles más bajos y oscuros del subsuelo.
Si corrían a la superficie, la onda expansiva los alcanzaría en las calles y aniquilaría a Sofía y a su hijo.
La única forma de evitar que la presión destruyera San Petersburgo era bajar a los colectores de la matriz principal —debajo de la Tumba de los Gigantes— y purgar la energía hacia el núcleo de la Tierra. Hacia el fondo.
Aleksei se soltó del agarre de Olek.
—Corred vosotros —dijo Aleksei, con una voz extrañamente tranquila en medio del apocalipsis.