Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 54 El reloj de arena rojo
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CAPÍTULO 54 El reloj de arena rojo

El martillo de Grigori golpeó la rueda de la cerradura de la bóveda con un estruendo ensordecedor, pero el acero masivo apenas se abolló.

—¡Es demasiado gruesa! —rugió el herrero, secándose el sudor de la frente con el dorso del brazo—. ¡Necesitaríamos explosivos pesados de minería para volar las bisagras!

Aleksei miró la puerta blindada. El latido mecánico proveniente del interior era cada vez más rápido. El indicador de presión de latón empotrado junto al marco estaba en la zona roja. Müller estaba a punto de disparar la artillería sobre Vyborg.

Aleksei se giró hacia el macabro quirófano.

Su mirada se posó en los frascos de cristal llenos de un fluido escarlata brillante que el cirujano había estado usando para alimentar la prótesis de Sergei.

Era Éter líquido, altamente inestable, extraído y corrompido sin los filtros de los Custodios.

—No necesitamos pólvora, Grigori —dijo Aleksei, envainando su sable—.

Olek, coge esos frascos con mucho cuidado.

El chico palideció, pero obedeció, tomando dos pesados tarros de cristal caliente.

Aleksei indicó a la milicia que retrocediera por el pasillo.

Tomó uno de los frascos de manos de Olek.

—El Éter corrompido devora el metal si no está contenido en cristal o plomo —explicó Aleksei—. Lo vimos en el palacio. Cubríos.

Aleksei arrojó el frasco directamente contra las masivas bisagras de la bóveda y corrió a parapetarse tras los sacos terreros junto a los demás.

No hubo una explosión de fuego, sino un destello cegador de luz violeta y roja, seguido de un siseo atronador.

El acero de la bisagra no se rompió; se derritió como cera bajo el sol del desierto.

El líquido hirviente se comió el hierro fundido en cuestión de segundos, llenando el pasillo de un humo acre que hacía llorar los ojos.

Grigori no esperó a que el humo se disipara. Con un grito de guerra, embistió la puerta debilitada con su hombro. La tonelada de acero cedió con un gemido agónico, cayendo hacia dentro de la sala con un estrépito que hizo temblar los cimientos de la prisión.

Aleksei entró con el sable desenvainado en la mano izquierda, tosiendo por los vapores ácidos.

El centro de mando de Müller era una catedral de la herejía industrial.

Un inmenso cilindro de cobre y cristal se alzaba en el centro de la sala circular, latiendo con un Éter espeso y oscuro.

Docenas de tuberías salían del cilindro hacia el techo, conectando la energía a los cañones de las murallas.

Y frente al panel de control principal, bañado en la luz infernal de la máquina, estaba el Comandante.

Müller ya no parecía el aristócrata impecable del Palacio de Invierno. Se había quitado la casaca, quedando en mangas de camisa manchadas de aceite y hollín. Su rostro estaba demacrado, los ojos hundidos pero brillando con una determinación fanática.

Al ver entrar a Aleksei, Müller no intentó huir. Levantó una pesada pistola de chispa modificada y disparó sin dudar.

El proyectil rozó el brazo izquierdo de Aleksei, rasgando la lana del abrigo y enviando una sacudida de dolor por su codo, pero Aleksei no se detuvo. Grigori y la milicia entraron detrás de él, levantando sus mosquetes.

—¡Alto! —gritó Müller, su voz cortando el zumbido de los generadores.

Su mano libre descansaba sobre una gran palanca de bronce cubierta de engranajes—.

¡Un paso más, profesor, y abro las válvulas de presión máxima!

¡La artillería reducirá su precioso barrio rebelde a un cráter humeante en diez segundos!

La milicia ciudadana se detuvo en seco, mirando los tubos que temblaban sobre sus cabezas. Aleksei dio un paso al frente, bajando la punta de su sable hacia el suelo, pero manteniendo la mirada fija en el Comandante.

—Se acabó, Müller —dijo Aleksei, respirando con dificultad—. Tu palacio es una ruina. Agartha se está cerrando bajo tus pies. Tu red de mentiras ha muerto. Estás rodeado de hombres libres.

Müller soltó una carcajada amarga, seca como el polvo de piedra.

—¿Hombres libres? —escupió el Comandante, mirando con desprecio a Grigori y a los milicianos cubiertos de barro—.

Eres un iluso, Ivanov. Siempre lo fuiste.

Crees que has salvado a esta gente dándoles la verdad.

No has hecho más que quitarles su escudo.

Müller acarició el frío latón del panel de control.

—El Grupo de los 7 no robó la magia por avaricia.

La encerramos por necesidad. ¿Qué crees que habría pasado si hubiéramos dejado que cualquier campesino, cualquier nación enemiga, tuviera acceso a la energía infinita de Tartaria?

¡El mundo se habría devorado a sí mismo en un año!

Construimos un Imperio basado en el sudor humano y el carbón porque es la única forma de mantener el orden. El miedo es predecible. La magia no.

—Construisteis un Imperio de esclavos para sentaros en tronos dorados —replicó Aleksei, dando otro paso—. Asesinaste a mi amigo. Destrozaste a Sergei. Le robaste la vida a millones de personas solo para que el Grupo de los 7 pudiera jugar a ser dioses.

—Fuimos dioses —susurró Müller—. Y yo soy el último.

El Comandante tiró de la palanca de bronce.

El ruido fue ensordecedor. Las válvulas del inmenso cilindro se abrieron de golpe, succionando el Éter hacia los cañones de la muralla. Pero Aleksei ya estaba en movimiento. Ignorando el dolor de sus costillas rotas y de su hombro dislocado, se lanzó hacia la plataforma de control.

Müller soltó la palanca y desenvainó su espada de caballería con una agilidad sorprendente para su edad. Los dos hombres chocaron. El acero imperial contra el acero de los 7. Las chispas saltaron en la penumbra escarlata.

Aleksei atacaba con una furia desesperada, pero su hombro derecho lo lastraba. Müller, un soldado veterano, paró el golpe y lanzó una estocada que cortó la mejilla de Aleksei. —¡Grigori, las tuberías! —gritó Olek, esquivando un chorro de vapor caliente.

El herrero no perdió el tiempo. Alzó su inmenso martillo y comenzó a golpear las tuberías de alimentación que subían hacia el techo, intentando cortar el flujo de Éter hacia los cañones. El cobre empezó a doblarse bajo sus golpes.

Müller rugió de ira. Pateó a Aleksei en el pecho, justo sobre las costillas rotas. Aleksei cayó de rodillas, soltando un grito agónico que le vació los pulmones. El sable resbaló de su mano. El mundo giró a su alrededor, tiñéndose de negro en los bordes.

Müller se alzó sobre él, levantando la espada para el golpe de gracia. —Deberías haberte quedado dibujando mapas falsos, profesor.

En ese instante, un estruendo metálico sacudió la sala entera. No venía de la espada de Müller, ni del martillo de Grigori. Venía del pasillo por el que acababan de entrar.

Un rugido inhumano, una mezcla de grito de hombre y siseo de locomotora, ahogó el ruido de los generadores. Los milicianos que bloqueaban la puerta destrozada fueron arrojados por los aires como muñecos de trapo.

Müller detuvo su espada en el aire y giró la cabeza hacia la entrada. El terror paralizó el rostro del Comandante.

En el umbral de la bóveda destrozada, goteando agua negra del río y escarcha, se alzaba el Cyborg Sergei.

Aleksei, tosiendo sangre en el suelo, lo vio.

El Lobo estaba en un estado catastrófico.

La mitad de la carne de su rostro se había congelado y ennegrecido.

Su hombro mecánico estaba deformado por la explosión de la barcaza, chisporroteando con cortocircuitos de Éter, y de su espalda salían chorros de vapor a presión por los conductos rotos.

Pero su ojo rojo estaba fijo en una sola persona. No en Aleksei. No en la milicia. El ojo estaba fijo en Müller.

El Comandante de los 7 retrocedió, su máscara de frialdad y control haciéndose pedazos por fin. —Lobo... —tartamudeó Müller, levantando su pistola—. ¡Atrás! ¡Te ordeno que te detengas!

El Terminator Steampunk dio un paso pesado hacia el interior de la sala. Clackhiss. La máquina había sobrevivido al hielo. Pero el hombre dentro de ella había recordado quién lo había convertido en un monstruo.