Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 53 La sala de los horrores
89%

CAPÍTULO 53 La sala de los horrores

El agua helada quedó atrás cuando las sillerías del túnel de drenaje dieron paso a los peldaños de granito del Bloque Trubetskoy.

Aleksei subía en silencio, marcando el ritmo.

A sus espaldas, la respiración agitada de la milicia llenaba el angosto hueco de la escalera de caracol.

No había luz, salvo el tenue resplandor anaranjado que se filtraba por las rendijas de gruesas puertas de roble cerradas a cal y canto por encima de ellos.

Olek iba pegado a su espalda, con la escopeta apretada contra el pecho. —Huele distinto —susurró el chico, arrugando la nariz—. Ya no huele a alcantarilla. Huele a... cobre. Y a ozono.

Aleksei asintió en la penumbra. Estaban entrando en el dominio de Müller.

Llegaron al primer rellano. Una pesada puerta de hierro forjado bloqueaba el acceso al pasillo principal de los calabozos.

A través de los barrotes, Aleksei vio un corredor flanqueado por celdas vacías, iluminado intermitentemente por lámparas de arco voltaico de tecnología robada, que parpadeaban con una luz escarlata enferma.

Al final del pasillo, cuatro guardias pretorianos con uniformes negros hacían guardia tras una barricada de sacos terreros. Habían emplazado una ametralladora pesada de manivela, apuntando directamente hacia la escalera.

—Si abrimos esa reja, nos barrerán antes de dar el primer paso —susurró Grigori, agachándose junto a Aleksei. Su enorme martillo descansaba sobre su hombro—. Tienen el pasillo controlado.

Aleksei observó la barricada. Luego, levantó la vista hacia el techo del corredor.

Las gruesas tuberías de ventilación de la fortaleza, diseñadas para llevar aire desde el exterior a las mazmorras, corrían justo por encima de las cabezas de los guardias.

Y Aleksei sabía, gracias a sus años descifrando los planos ocultos de Pedro el Grande, que esas tuberías también servían de conductos para el aceite hirviendo en caso de asedio.

—No vamos a abrirla —Aleksei señaló hacia arriba, hacia una compuerta de mantenimiento oxidada en el techo del rellano donde se encontraban—.

Olek, tú eres el más ligero. Sube ahí. Arrástrate por la ventilación hasta que estés encima de ellos.

No dispares. Solo tírales una de las granadas de humo que trajo la milicia.

Olek asintió. Grigori formó un estribo con sus inmensas manos y alzó al chico. Con un chirrido que por suerte fue ahogado por el zumbido de las lámparas, Olek desapareció en el conducto.

Los segundos se hicieron eternos. Aleksei apretaba la empuñadura del sable con su mano izquierda, sintiendo el sudor frío resbalar por su frente. El hombro derecho era un recordatorio constante de que no aguantaría un combate cuerpo a cuerpo prolongado.

De repente, al fondo del pasillo, se escuchó un golpe metálico. Una pequeña esfera de hierro cayó desde el techo directamente detrás de la barricada de sacos terreros. Un denso humo gris verdoso empezó a expandirse en segundos, cegando a los pretorianos.

—¡Nos atacan por arriba! —gritó uno de los guardias, tosiendo y disparando su mosquete a ciegas hacia el techo.

—¡Ahora, Grigori! —rugió Aleksei.

El herrero embistió. Su martillo impactó contra la cerradura de la reja de hierro con la fuerza de un tren de mercancías. El metal saltó en pedazos y la puerta se abrió de golpe.

Aleksei entró el primero, corriendo por el pasillo envuelto en humo.

Los pretorianos, confundidos y ciegos, intentaron girar la ametralladora pesada, pero era demasiado tarde.

Aleksei emergió del humo a su lado. Con un movimiento fluido y desesperado, bloqueó la bayoneta de un guardia con la hoja de su sable y le asestó un rodillazo en el estómago.

Grigori y los milicianos entraron como una avalancha.

El combate duró apenas diez segundos. A culatazos y martillazos, los cuatro guardias de élite fueron reducidos.

El humo se disipó lentamente, succionado por los extractores del techo, revelando las puertas dobles de roble macizo que los guardias estaban protegiendo.

Aleksei se apoyó en la pared, jadeando. Olek cayó del conducto de ventilación, aterrizando sobre unos sacos terreros con una sonrisa torcida. —Buen trabajo, chico —dijo Aleksei.

Grigori se acercó a las puertas dobles. No estaban cerradas con llave. Un hedor nauseabundo a carne quemada y químicos se filtraba por la rendija. Aleksei empujó una de las hojas con el pie, manteniendo el sable en alto.

Lo que encontraron al otro lado hizo que la milicia ciudadana retrocediera instintivamente.

No era el centro de mando de artillería ni la sala de generadores que esperaban.

Era un quirófano de pesadilla. El lugar había sido improvisado en una antigua sala de torturas.

En el centro, una enorme mesa de operaciones de mármol estaba empapada de sangre oscura y coagulada.

Las lámparas quirúrgicas colgaban del techo, arrojando una luz dura sobre el instrumental médico: sierras de hueso, pinzas enormes, taladros cubiertos de tejido y frascos de vidrio con fluidos de un rojo brillante.

Pero lo más aterrador no eran las herramientas. Era lo que había en las mesas laterales.

Aleksei se acercó lentamente. Olek se tapó la boca y la nariz con la manga del abrigo, conteniendo las ganas de vomitar.

Sobre una bandeja de acero inoxidable, rodeada de vendajes manchados, descansaba un brazo humano completo, amputado desde el hombro.

La carne estaba amoratada y los huesos aplastados.

Grigori, a pesar de su rudeza de herrero, palideció. —Dios misericordioso... ¿A quién le han hecho esto?

Aleksei miró hacia una gran pizarra de pizarra negra apoyada contra la pared.

Estaba cubierta de esquemas dibujados con tiza frenética.

No eran planos arquitectónicos. Eran diagramas anatómicos entrelazados con ingeniería mecánica.

Mostraban cómo injertar una caldera de Éter directamente en la espina dorsal humana, cómo sustituir los huesos largos por aleaciones de latón y cómo cablear pistones a las terminaciones nerviosas.

En la esquina del plano, había un nombre garabateado por la mano de Müller: Sujeto: Sergei.

Aleksei sintió que el hielo del Neva volvía a apoderarse de sus entrañas.

Müller no había simplemente equipado al Lobo con un arma; lo había destrozado y reconstruido en esa misma mesa.

Y a juzgar por la sangre fresca en los desagües y el calor que aún emanaba de los hornillos esterilizadores...

la operación había ocurrido esa misma madrugada.

—Padrino... —la voz de Olek temblaba, mirando el brazo amputado—. El monstruo que nos persiguió en el hielo... lo fabricaron aquí.

—Y sigue ahí fuera —susurró Aleksei, comprendiendo la escalofriante verdad.

La explosión de la barcaza en el río había reventado el hielo y engullido a la bestia, sí.

Pero viendo el grosor del latón y el acero en los esquemas, Aleksei supo de inmediato que una simple explosión de madera no era suficiente para matar a la máquina.

Sergei no había muerto. Había caído al fondo del río helado, y en algún momento, sus creadores lo habían arrastrado de vuelta a la fortaleza o el propio monstruo había salido caminando del agua negra.

Un ruido profundo, como el latido de un corazón inmenso de metal, reverberó en el suelo bajo sus botas. Venía de la pared del fondo del quirófano, detrás de una pesada puerta de bóveda bancaria.

Aleksei arrancó su mirada de los horrores médicos y caminó hacia la puerta blindada. Tocó el acero. Estaba caliente. —Las baterías de Éter de emergencia están ahí detrás —dijo Aleksei, recuperando la compostura a la fuerza—. Müller está recargando los cañones para la próxima andanada.

Grigori se escupió en las manos y agarró su martillo. —Entonces vamos a apagarle la luz al carnicero.

Aleksei se colocó a un lado de la bóveda, asintiendo. La sangre y las herramientas del laboratorio eran la prueba de la locura final de los 7. Ya no había marcha atrás. Era la hora de arrancar el corazón mecánico de la Fortaleza de Pedro y Pablo.