CAPÍTULO 52 La marcha sobre el cristal blanco
El cielo sobre el Neva ya no era gris, sino de un naranja tóxico, iluminado por el fuego de los cañones.
En la orilla del distrito de Vyborg, doscientos hombres y mujeres se agazapaban tras los parapetos de nieve endurecida y madera astillada.
No eran un ejército. Eran estibadores, panaderos, estudiantes y herreros, armados con mosquetes viejos, arpones balleneros y antorchas.
Frente a ellos, separándolos de la Fortaleza de Pedro y Pablo, se extendía la inmensa llanura blanca del río congelado.
Aleksei estaba agachado junto a Grigori. El dolor en su hombro derecho era un latido sordo, mitigado solo por la adrenalina pura que le inundaba el torrente sanguíneo. Olek estaba a su izquierda, cargando su escopeta con perdigones caseros de plomo y clavos.
—Nos van a hacer pedazos en el hielo —masculló Grigori, asomándose por encima del parapeto.
A lo lejos, en las murallas de granito de la Fortaleza, fogonazos rojizos delataban la posición de la artillería de Müller—.
Esa artillería no usa pólvora negra. Los proyectiles caen y queman el hielo como si fuera papel.
—Es Éter residual —explicó Aleksei, apretando la empuñadura de su sable con la mano izquierda—.
Müller ha conectado los cañones a las baterías de emergencia.
Pero esas baterías son inestables y se agotan rápido.
No pueden mantener un fuego de cobertura constante.
Tienen que recargar la presión de las válvulas.
Aleksei miró al herrero, sus ojos brillando con la precisión analítica que lo había convertido en el mejor cartógrafo del Imperio.
—Entre cada andanada rojiza, hay un lapso de treinta segundos donde las tuberías purgan vapor.
Ese es nuestro margen. Treinta segundos para correr por el hielo abierto antes del siguiente disparo.
—¿Y hacia dónde corremos, profesor? —preguntó un joven estibador, temblando de frío y miedo—. ¡Las puertas principales son de acero de tres palmos de grosor!
Aleksei desenrolló en la nieve un trozo de papel de estraza donde había dibujado apresuradamente un croquis con carbón.
—No vamos a la puerta principal. La Fortaleza de Pedro y Pablo fue construida sobre una isla pantanosa.
Para evitar que los cimientos de las murallas se pudrieran, Pedro el Grande mandó construir acueductos de drenaje en el nivel freático.
Las entradas están en la base del bastión sureste, justo a nivel del hielo.
Fueron selladas con rejas de hierro hace cien años, pero la argamasa estará debilitada por el Gran Derrumbe.
Grigori asintió lentamente, asimilando el plan. Levantó su pesado martillo de fragua. —Entonces romperemos esas rejas.
Un silbido desgarrador cortó el aire por encima de sus cabezas. ¡BOOOOM! Un proyectil de artillería impactó a veinte metros de la orilla. Una geiser de hielo, agua negra y fuego escarlata se elevó hacia el cielo. Varios milicianos gritaron, cubriéndose de la lluvia de metralla helada.
Aleksei contó mentalmente. Uno... dos... tres... Vio el denso vapor blanco salir de las troneras de la Fortaleza a lo lejos. La purga de válvulas.
—¡AHORA! —rugió Aleksei, poniéndose en pie de un salto.
Doscientas almas salieron de las trincheras y se lanzaron sobre el hielo del Neva.
Aleksei corría con el brazo derecho pegado al pecho.
Olek se mantenía a su lado, resbalando ocasionalmente pero sin perder el ritmo.
El viento les azotaba el rostro, un muro gélido que intentaba empujarlos hacia atrás.
Diez segundos. Habían cubierto un tercio del camino. Las murallas de la Fortaleza se alzaban como acantilados de granito negro frente a ellos.
Veinte segundos. La mitad del camino. Algunos milicianos más mayores empezaban a quedarse atrás, jadeando.
Veintiocho segundos. —¡AL HIELO! —gritó Aleksei, lanzándose de bruces y deslizándose sobre su estómago.
El estruendo desde las murallas fue ensordecedor.
Tres cañones de Éter dispararon al unísono.
El hielo a su alrededor se convirtió en un infierno.
Un proyectil impactó a su derecha, abriendo un cráter hirviente en el río.
Aleksei vio a dos hombres desaparecer en el agua negra, engullidos por la onda expansiva.
El agua saltó por los aires y llovió sobre ellos, congelándose al instante sobre sus ropas.
—¡Arriba! —rugió Grigori, tirando de un miliciano herido—. ¡No os detengáis o nos hundiremos! ¡La purga, profesor, la purga!
Aleksei se puso en pie, escupiendo hielo. —¡Treinta segundos! ¡Al bastión sureste!
Corrieron de nuevo, zigzagueando entre los cráteres humeantes que debilitaban la integridad estructural de la pista de hielo.
La distancia se acortaba. Cincuenta metros.
Treinta metros. El inmenso muro de granito de la Fortaleza se alzaba sobre ellos, proyectando una sombra negra que los tragó.
Estaban tan cerca de la muralla que los cañones de arriba ya no podían angularse lo suficiente para dispararles sin darle a sus propios cimientos.
Aleksei chocó contra el muro helado, seguido de Olek y Grigori. El resto de la milicia, ahora reducida a unos ciento cincuenta supervivientes, se aglomeró contra la piedra, respirando entrecortadamente y temblando de frío y terror.
Aleksei palpó la piedra a oscuras, buscando desesperadamente. Las olas congeladas del Neva se habían acumulado en la base del muro. —¡Ayudadme a despejar la nieve! —ordenó.
Olek y Grigori empezaron a patear y cavar en la base de la muralla con las culatas de sus armas y sus botas.
Debajo de un metro de nieve dura y hielo de río, encontraron el arco de ladrillo viejo.
Y en el centro del arco, una pesada reja de hierro fundido, obstruida por siglos de cieno y algas congeladas.
—¡Ahí está la entrada al drenaje! —Aleksei señaló la reja—. ¡Grigori!
El corpulento herrero no necesitó más instrucciones. Empujó a los demás a un lado, escupió en sus palmas de cuero, levantó su inmenso martillo y lo dejó caer con toda la furia de la revolución sobre el hierro antiguo. ¡CLANG!
La muralla tembló, pero la reja resistió.
Desde las almenas que tenían treinta metros por encima de sus cabezas, sonaron gritos. La guardia de infantería de Müller los había detectado. —¡Insurrectos en el muro sur! —gritó un oficial—. ¡Sacad los mosquetes! ¡Fuego a discreción!
Una lluvia de balas de plomo empezó a picar el hielo alrededor de la milicia ciudadana. Un estibador a pocos metros de Aleksei cayó con un grito ahogado, agarrándose el hombro.
—¡Grigori, más fuerte! —gritó Olek, devolviendo el fuego hacia arriba con su escopeta, aunque la distancia era demasiada para hacer daño.
El herrero lanzó un grito gutural y golpeó de nuevo. Y otra vez. Y otra. ¡CLANG! ¡CRACK!
El óxido, el hielo y la piedra debilitada por las recientes explosiones subterráneas cedieron. La argamasa saltó en pedazos y la reja de hierro colapsó hacia dentro, cayendo en el túnel oscuro de la cisterna con un chapoteo pesado.
Aleksei fue el primero en entrar. Se deslizó por el agujero oscuro y el agua estancada y helada le llegó hasta los muslos. —¡Adentro! —gritó hacia la luz gris de la abertura—. ¡Todos adentro!
Los milicianos empezaron a saltar al interior del túnel, escapando de la lluvia de plomo de la muralla. Olek y Grigori fueron los últimos en entrar, arrastrando al miliciano herido.
Estaban dentro de la Fortaleza de Pedro y Pablo.
Aleksei encendió un fósforo con los dedos temblorosos. La tenue luz reveló un túnel de sillería circular, angosto y cubierto de salitre. El aire estaba muerto y olía a rata y a musgo. Se encontraban en los intestinos de la bestia.
—Bien, profesor —dijo Grigori, apoyándose en su martillo, el agua helada rodeándole las botas—. Hemos entrado. ¿Ahora cómo llegamos a Müller antes de que envíe a toda su guardia a los sótanos?
Aleksei miró hacia la oscuridad del túnel que ascendía lentamente hacia el corazón de la fortaleza.
—Estas cisternas conectan directamente con los antiguos calabozos de máxima seguridad.
El Bloque Trubetskoy. Müller debe haber instalado sus laboratorios de Éter y las baterías allí abajo, donde los muros son más gruesos. Tenemos que subir dos niveles.
Aleksei apagó el fósforo para no delatar su posición y desenvainó el sable en la oscuridad. —A partir de aquí, cada pasillo es una trampa mortal. Seguidme muy de cerca. Y Olek... pase lo que pase, no te separes de mí.
El asalto final desde las sombras acababa de empezar.