CAPÍTULO 51 Tinta y fuego de fragua
El distrito de Vyborg no olía a la elegante decadencia del Palacio de Invierno ni al lodo milenario del subsuelo. Olía a sudor humano, a sopa de col y a hierro caliente. Olía a supervivencia.
El herrero, que se presentó como Grigori, los condujo a través del laberinto de barricadas hasta el corazón del barrio obrero.
Las calles estaban irreconocibles. Los adoquines habían sido arrancados para construir muros, y en las esquinas, grupos de ciudadanos armados con herramientas y mosquetes robados se calentaban alrededor de hogueras improvisadas.
Aleksei veía a la gente leer en voz alta los panfletos que él mismo había impreso en el sótano de la Academia.
Sus palabras, impresas con tinta barata, habían encendido una hoguera que ninguna ventisca de noviembre podría apagar.
Los llevaron a la trastienda de una vieja fundición que ahora servía como hospital improvisado y cuartel general de la milicia ciudadana. El calor de los hornos apagados aún persistía, haciendo del lugar un refugio seguro contra el viento helado del río.
Sofía fue instalada inmediatamente en un catre de lona cerca del calor residual de la fragua.
Dos mujeres mayores, con rostros curtidos y manos gentiles, se hicieron cargo de ella, trayéndole caldo caliente y mantas de lana gruesa.
Aleksei no se apartó de su lado hasta que vio que el color volvía lentamente a las mejillas de la joven y sus ojos se cerraban, rindiéndose al fin al agotamiento.
Solo entonces, Aleksei permitió que el dolor lo reclamara.
Se dejó caer en una silla de madera. Un barberocirujano del barrio, un anciano con gafas de cristal grueso, le cortó la camisa ensangrentada.
Aleksei se mordió un trapo de cuero para no gritar mientras el hombre le recolocaba el hombro derecho, dislocado por la garra de acero del Lobo.
Luego, el cirujano vendó sus costillas rotas con tiras de lino apretadas, fijándolas para evitar que perforaran los pulmones.
—Has tenido suerte, muchacho —murmuró el anciano, limpiándose las manos manchadas de sangre—. Un centímetro más y ese hueso te habría atravesado el corazón. Necesitas descansar semanas.
—No tengo semanas —dijo Aleksei, con la voz ronca.
Se vistió lentamente con una camisa de franela limpia que Grigori le ofreció.
Antes de abrocharse el pesado abrigo de lana, comprobó el bolsillo interior.
El diario de cuero negro estaba a salvo.
Y en la solapa doblada de su abrigo viejo, la flor azul de Tartaria seguía intacta, sus pétalos inmortales desafiando el hollín y la muerte que los rodeaba.
Olek se acercó, sosteniendo dos tazas de té de metal.
El chico parecía haber envejecido cinco años en los últimos cinco días.
—Están organizando batallones por calles, Padrino —informó Olek, ofreciéndole una taza—.
La guardia imperial ha cerrado los puentes.
El centro de la ciudad es suyo, pero nosotros controlamos los distritos periféricos. Es un empate técnico.
Aleksei bebió el té hirviendo, sintiendo que le devolvía un atisbo de vida al cuerpo maltrecho.
—Müller no busca un empate, Olek. Müller tiene las baterías de emergencia en la Fortaleza de Pedro y Pablo.
Si logra conectar los cañones de artillería pesada al Éter residual, reducirá Vyborg a cenizas desde el otro lado del río, bloque por bloque, hasta que nos entreguemos.
—Entonces tenemos que atacar la Fortaleza antes de que lo haga —dijo Grigori, el herrero, que se había acercado a escuchar—. Mis hombres están listos para morir. Pero esa fortaleza es inexpugnable. Sus murallas tienen diez metros de granito.
—Toda fortaleza tiene una puerta de atrás —dijo Aleksei, su mente de cartógrafo encendiéndose a pesar del dolor—. Si logramos cruzar el río por el hielo antes de que lo rompan con cañonazos, conozco los planos de las antiguas cisternas.
Aleksei miró hacia el catre donde dormía Sofía.
Sabía que no podían quedarse allí. La guerra los alcanzaría tarde o temprano.
Pero también sabía que ella ya no podía luchar.
Estaba exhausta, vulnerable y llevaba el futuro de su estirpe en el vientre.
Y él era un hombre mortal con las costillas rotas.
Aleksei dejó la taza de té. Se acercó a una mesa de madera coja iluminada por un farol de aceite. —Grigori... ¿tienes tinta y una pluma? —preguntó.
El herrero frunció el ceño, sorprendido por la petición en medio de un consejo de guerra, pero asintió. Buscó en un cajón y le entregó un tintero de cristal y una pluma de ganso recortada.
Aleksei se sentó. Sacó el pesado diario de cuero negro de los gigantes. Sus dedos temblaban levemente mientras abría la primera página, de un amarillo inmaculado, virgen desde hacía siglos. Mojó la pluma en la tinta oscura.
La historia de Rusia siempre había sido escrita por los vencedores, por los Zares y por los hombres en las sombras. Siempre había sido una mentira. Aleksei miró hacia Sofía. Miró a Olek. Y empezó a escribir la verdad.
Para el hijo del invierno. Si estás leyendo esto, significa que el mundo ha sobrevivido a la ambición de unos pocos.
Mi nombre es Aleksei Ivanov. Fui profesor de historia en la Academia Imperial de San Petersburgo, un cartógrafo ciego que dibujaba mapas de una jaula.
Tu sangre, la que corre por tus venas, es mucho más antigua que los zares que nos gobiernan.
Es la sangre de los Primeros Jardineros.
Tu bisabuela, Sofía, llevó el peso del mundo sobre sus hombros para que tú pudieras nacer libre.
Lo que voy a contarte en estas páginas no lo encontrarás en ninguna biblioteca del Imperio.
Es la historia de cómo la magia fue encerrada, cómo la luz fue robada, y cómo, en los últimos días de 1797, el hielo del río Neva ardió.
Aleksei escribió durante horas. Ignoró el dolor de su brazo. Volcó en el papel todo lo que había descubierto: el mapa falso, la Inundación de Barro, Agartha, el sacrificio de los gigantes, y la tiranía del Grupo de los 7. Lo escribió con la prisa de un hombre que sabe que su tiempo se acaba.
Cuando finalmente levantó la vista, la madrugada teñía las ventanas ahumadas de la fundición con una luz azulada y fría. Olek dormía acurrucado en una esquina.
Aleksei cerró el diario y lo acarició suavemente. Era un testamento. Si él caía en la Fortaleza de Pedro y Pablo —y, dadas sus heridas, era muy probable que no regresara—, al menos la historia de Sofía y la verdad de la humanidad sobrevivirían.
Se levantó con un crujido de huesos y caminó hacia el catre de Sofía. La joven estaba despierta. Lo observaba en silencio, con los ojos llenos de una tristeza profunda y comprensiva, como si pudiera leer los pensamientos oscuros que cruzaban por la mente de Aleksei.
—No voy a dejar que vengas a la Fortaleza —dijo Aleksei en un susurro, sentándose en el borde del catre.
Sofía no protestó. Acarició su vientre, aceptando la cruda realidad de su cuerpo humano. —Si no vas, Müller quemará esta ciudad hasta los cimientos —respondió ella, tomando la mano vendada de Aleksei—. Pero si vas... sé que no volverás.
—Volveré —mintió él, besándole los nudillos. Deslizó el pesado diario de cuero bajo las mantas, poniéndolo en las manos de Sofía—. Pero si me retraso... promete que guardarás esto. Prométeme que no lo abrirá hasta que sea un hombre. Y prométeme que le hablarás de la luz.
Sofía miró el diario negro. Las lágrimas brotaron de sus ojos, pero no dejó que cayeran. Era una Custodia, aunque no tuviera el anillo. —Lo prometo.
Afuera, el sonido de una explosión lejana hizo temblar los cristales de la fundición. Müller había empezado a bombardear las barricadas desde la Fortaleza. El tiempo del descanso había terminado. El asalto final acababa de comenzar.