Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 50 Sangre fría y calderas rotas
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CAPÍTULO 50 Sangre fría y calderas rotas

El silencio que siguió al derrumbe de las vigas fue ensordecedor. Solo el viento barriendo la nieve sobre el hielo del Neva y el áspero siseo del vapor escapando de la madera destrozada rompían la quietud de la mañana.

Aleksei se puso en pie a trompicones. Su brazo derecho colgaba inerte, un latido de fuego punzante irradiando desde el hombro donde los dedos de acero de Sergei se habían clavado.

Tosiendo, buscó a ciegas por la cubierta helada hasta que su mano izquierda encontró la empuñadura de latón de su sable imperial.

Lo agarró con fuerza y caminó hacia la montaña de madera.

Debajo de los troncos masivos, la criatura que alguna vez fue el líder mercenario se agitaba.

El inmenso brazo hidráulico de Sergei estaba atrapado bajo una viga maestra, los engranajes chirriando dolorosamente al intentar levantar las toneladas de peso.

Su rostro humano estaba aplastado contra la escarcha de la cubierta, pero el ojo rojo de su prótesis giró hasta fijarse en Aleksei.

Aleksei se detuvo a un metro. Levantó el sable con el brazo izquierdo, apuntando la punta de acero directamente a la garganta expuesta del monstruo.

El odio, puro y cristalino, le anestesió el dolor por un instante.

Pensó en la Academia destruida. Pensó en Dimitri.

Pensó en el terror en los ojos de Sofía.

—Se acabó, Sergei —susurró Aleksei, apretando los dientes.

El Lobo no suplicó. De su garganta destrozada solo salió un gorgoteo húmedo, seguido de un siseo rítmico que provenía de la caldera encastrada en su espalda. Tic... sss... Tic... sss.

Aleksei tensó los músculos para dar la estocada final.

—¡Aleksei, apártate!

Las manos de Sofía se cerraron alrededor de su muñeca, tirando de él hacia atrás con una fuerza desesperada. Aleksei se giró, furioso por la interrupción. —¡Déjame hacerlo, Sofía! ¡Si sale de ahí, nos matará!

—¡No va a salir, va a reventar! —gritó ella, señalando la espalda del monstruo.

Aleksei miró más de cerca. La pequeña batería de Éter que Müller había injertado en la columna vertebral de Sergei estaba fracturada.

La luz escarlata ya no parpadeaba de forma constante; latía erráticamente, brillando con una intensidad que casi cegaba.

El vapor que escapaba no era blanco, sino de un tono rojizo y corrosivo que estaba carbonizando la madera de las vigas que lo aplastaban.

Sofía, aunque había perdido su anillo, conocía el comportamiento de la energía mejor que nadie.

—Está en masa crítica —jadeó ella, retrocediendo y tirando de Aleksei—.

Sus conductos de alivio están aplastados.

El Éter corrupto no tiene por dónde salir.

¡Si perforas esa caldera con tu sable, o si simplemente explota por la presión, la onda expansiva será como una mina naval!

Aleksei miró el hielo bajo sus pies. Estaban en el centro del río Neva. —Destrozará el hielo —comprendió Aleksei, sintiendo que un cubo de agua helada le caía por la espalda—. Nos ahogaremos.

Como para darle la razón, un silbido agudo cortó el aire desde la orilla de la Fortaleza de Pedro y Pablo. Olek, que vigilaba desde la barcaza contigua, agitó los brazos frenéticamente. —¡Padrino! ¡La guardia imperial! ¡Están bajando al hielo con perros!

Aleksei miró por última vez al monstruo atrapado. El ojo escarlata de Sergei parpadeó. ¿Había miedo en esa mirada mecánica, o solo la fría aceptación de una máquina a punto de fallar?

—Te dejo con tus creadores, Lobo —dijo Aleksei. Envainó el sable de un golpe—. Olek, ¡baja al hielo! ¡Corremos hacia el lado de Vyborg!

Saltaron de la barcaza, aterrizando torpemente sobre la superficie congelada del río.

La carrera fue un ejercicio de agonía. Aleksei y Olek flanqueaban a Sofía, sosteniéndola cuando sus piernas fallaban.

El viento les daba de cara, cortándoles la respiración.

Atrás, los ladridos de los mastines del ejército resonaban cada vez más cerca sobre el hielo.

Cincuenta metros. Cien metros. La orilla opuesta, el distrito industrial de Vyborg, se alzaba ante ellos con sus chimeneas de ladrillo apagadas y sus muelles de carga.

De repente, a sus espaldas, la barcaza de madera iluminó la mañana.

No fue un sonido de pólvora. Fue un THUMP sordo y expansivo que hizo vibrar las suelas de sus botas.

Aleksei miró hacia atrás sin detenerse. Una cúpula de fuego rojo y vapor hirviente acababa de devorar las embarcaciones varadas.

Los gruesos troncos de madera volaron por los aires como si fueran palillos de dientes.

Y tal como Sofía había predicho, el impacto reventó el hielo.

Una inmensa telaraña de grietas se extendió por la superficie del Neva, y el agua negra y helada engulló los restos del naufragio y a los primeros perros de la guardia imperial que se habían acercado demasiado.

El ejército se detuvo en seco en la otra orilla, separados ahora de ellos por un cráter de agua letal y hielo inestable.

—¡No paréis! —gritó Aleksei, patinando en los últimos metros—. ¡El hielo se rompe!

Llegaron a la orilla de Vyborg lanzándose de bruces sobre los adoquines cubiertos de nieve de la rampa del muelle. Aleksei se giró, respirando con tanta fuerza que sentía sabor a óxido en los pulmones. El Neva estaba roto. El ejército imperial estaba al otro lado. Sergei había volado por los aires.

Se dejaron caer contra un muro de ladrillo frío. Sofía se abrazó el vientre, temblando pero a salvo. Olek se dejó caer de espaldas, mirando al cielo plomizo.

Pero el silencio de la salvación duró poco. Aleksei escuchó ruidos provenientes de las calles estrechas a sus espaldas. Se puso en pie a duras penas, aferrando su sable.

No eran soldados. Eran hombres y mujeres con los rostros tiznados de carbón.

Llevaban barras de hierro, herramientas de astillero, martillos y antorchas encendidas.

Habían levantado barricadas con carros volcados y muebles viejos en cada intersección.

Las banderas imperiales habían sido arrancadas y quemadas en hogueras improvisadas.

Un hombre corpulento, con un delantal de herrero, se acercó a ellos, levantando un martillo.

Al ver a Aleksei ensangrentado, el sable imperial en su mano, y a la mujer y al chico exhaustos, el herrero bajó el arma ligeramente.

—¿De qué lado venís, señor? —preguntó el hombre, con voz ruda—.

Porque si venís del Palacio, tendréis que dar explicaciones a la asamblea.

Aleksei miró al herrero. Miró las barricadas y los ojos hambrientos de verdad de la gente que se asomaba tras ellas.

Sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.

Metió la mano izquierda en su abrigo y sacó uno de los panfletos arrugados, el que hablaba de Tartaria, de la luz robada y de la verdadera historia.

Se lo tendió al herrero. —Venimos de apagar su maldito Palacio —dijo Aleksei.

El herrero miró el papel, luego a Aleksei, y su rostro se iluminó. Se giró hacia la multitud de la barricada. —¡Abrid paso! —rugió el herrero—. ¡Traed mantas y fuego! ¡Son de los nuestros!

Se habían adentrado en el corazón del distrito rebelde. Por primera vez desde que encontraron el mapa en la biblioteca de la Academia, no estaban solos. El Imperio se había roto, y la ciudad por fin les pertenecía.