CAPÍTULO 49 El laberinto de madera y escarcha
El frío del Neva no era aire, era un cuchillo que buscaba las grietas en sus ropas y la humedad en sus pulmones.
Aleksei corría con el hombro bajo el brazo de Sofía, sintiendo cómo el hielo vibraba bajo sus pies con cada paso pesado de la criatura que los acechaba.
A trescientos metros de la orilla, una hilera de barcazas de transporte —enormes moles de madera de pino y roble usadas para traer suministros a la capital— yacían atrapadas en el abrazo del invierno. Eran su única esperanza de cobertura.
¡RATTATTATTAT!
Una ráfaga de esquirlas de hierro surcó el aire, silbando sobre sus cabezas. Una de las balas impactó en un bloque de hielo cercano, levantando una nube de esquirlas cristalinas que cortaron la mejilla de Aleksei.
—¡Dentro! ¡Rápido! —gritó Olek.
El chico saltó sobre la borda de la primera barcaza, una embarcación de carga de carbón medio vacía. Aleksei ayudó a Sofía a subir, empujándola con sus últimas fuerzas antes de trepar él mismo. Se desplomaron sobre la cubierta de madera, oculta tras una montaña de sacos de arpillera congelados.
Apenas un segundo después, el casco de la barcaza retumbó con un sonido metálico espantoso.
Sergei no había rodeado el barco; había saltado directamente contra el costado.
Su brazo mecánico se ancló en la madera con la fuerza de un garfio, y el monstruo se izó a la cubierta con un siseo de vapor que se condensó instantáneamente en la niebla.
—No podemos seguir corriendo, Aleksei —jadeó Sofía, apretando el diario contra su pecho. Sus ojos, ahora marrones y humanos, estaban llenos de un miedo lúcido—. Esa cosa... no se cansa. No siente el frío.
Aleksei miró a su alrededor. Estaban en un cementerio de barcos.
Las barcazas estaban alineadas de tres en tres, conectadas por pasarelas de madera y cuerdas de cáñamo cubiertas de escarcha.
Era un laberinto de dos niveles: la cubierta superior, expuesta al viento, y las bodegas inferiores, oscuras y llenas de recovecos.
—Olek —susurró Aleksei, sacando su sable imperial—. Necesito que te lleves a Sofía hacia la tercera barcaza, la que tiene las grúas de carga. Hay bidones de aceite de ballena para las lámparas del puerto.
Olek asintió, su rostro pálido pero decidido. —¿Y tú qué vas a hacer, Padrino?
Aleksei miró hacia el extremo de la barcaza.
A través de la niebla y la nieve que empezaba a caer, vio la silueta de Sergei.
El ojo rojo del Terminator escaneaba la cubierta, moviéndose con una precisión mecánica aterradora.
El cañón rotatorio de su brazo empezó a girar de nuevo, un zumbido eléctrico que anunciaba la muerte.
—Voy a darle algo que cazar —respondió Aleksei.
Se separaron. Olek guio a Sofía por una pasarela estrecha hacia la siguiente embarcación, moviéndose en silencio absoluto. Aleksei, por el contrario, se puso en pie y golpeó un cubo de metal contra el mástil de la barcaza.
El sonido resonó en el silencio del río. El ojo rojo de Sergei se fijó instantáneamente en él.
—¡Aquí, maldito engendro! —rugió Aleksei—. ¡Aquí está tu "rata de biblioteca"!
Sergei no gritó. Soltó un siseo de presión por las válvulas de su hombro y cargó. Su bota mecánica destrozó las tablas de la cubierta con cada paso. Clackhiss. Clackhiss.
Aleksei se lanzó al interior de la bodega por una escotilla abierta. Cayó sobre un montón de carbón y se arrastró por el pasillo central, un espacio estrecho y claustrofóbico que olía a humedad y a madera vieja.
Escuchó a Sergei aterrizar arriba. El techo de madera crujió bajo las toneladas de peso de la máquina. El monstruo no usó las escaleras; simplemente hundió su brazo mecánico en el suelo y arrancó las tablas, dejándose caer en la bodega como un bloque de hierro.
Aleksei se pegó a la pared, conteniendo la respiración. En la penumbra, vio al Lobo avanzar. La luz escarlata de su visor iluminaba las vigas de madera. Sergei caminaba encorvado, su hombro mecánico rozando el techo, arrancando astillas a su paso.
—Ivanov... —la voz de Sergei era un graznido metálico, producido por un diafragma artificial—. Müller... dice... que eres... pasado. Yo... soy... el futuro.
—El futuro apesta a grasa de carreta, Sergei —respondió la voz de Aleksei, que parecía venir de todas partes debido al eco de la bodega.
Sergei giró el torso violentamente y disparó una ráfaga corta. Las esquirlas de hierro trituraron un barril de agua vacío justo al lado de Aleksei.
Aleksei corrió. Salió de la bodega por una rampa lateral y saltó a la segunda barcaza.
Estaba atrayendo al monstruo hacia la zona de las grúas, tal como había planeado.
Pero Sergei era más rápido de lo que parecía.
Con un potente impulso hidráulico de sus piernas reforzadas, el Terminator saltó el vacío entre los dos barcos y aterrizó a escasos metros de Aleksei.
La mano mecánica de Sergei salió disparada, rápida como una serpiente de acero. Agarró a Aleksei por el hombro y lo estampó contra el mástil principal.
Aleksei soltó un grito de dolor. Sintió que sus costillas, ya maltrechas, cedían bajo la presión. El sable cayó de sus manos, tintineando sobre el hielo de la cubierta.
Sergei lo levantó en el aire con un solo brazo. El ojo rojo estaba a centímetros de la cara de Aleksei. El calor que emanaba de la caldera de la espalda del monstruo era sofocante.
—Donde... está... la chica —gruñó Sergei.
—Vete al infierno —escupió Aleksei, intentando zafarse.
Sergei apretó el agarre. Sus dedos de acero se clavaron en el hombro de Aleksei. Pero en ese momento, una sombra se movió en lo alto de la grúa de carga de la tercera barcaza.
—¡EH, CHUCHO METÁLICO! —gritó la voz de Olek.
Sergei levantó la vista. Olek estaba de pie junto al mecanismo de liberación de la grúa. Sofía estaba detrás de él, sosteniendo una lámpara de aceite encendida.
—¡SUÉLTALO! —rugió Sofía.
Olek golpeó el trinquete con un martillo de calafatear. La grúa de carga, que sostenía una red inmensa llena de pesadas vigas de madera destinadas a la reconstrucción de los muelles, se desplomó desde una altura de diez metros.
Sergei, calculando la trayectoria en milisegundos, intentó saltar hacia atrás, pero aún sostenía a Aleksei. Ese segundo de duda fue su error.
Las toneladas de madera cayeron sobre ellos con un estruendo de huesos y astillas rompiéndose.
Aleksei sintió que el mundo se volvía negro mientras la red lo arrastraba hacia el suelo, pero la mayor parte del impacto se la llevó el cuerpo masivo de Sergei.
El peso de las vigas aplastó al Terminator contra la cubierta, hundiendo la madera y haciendo que la barcaza se escorara peligrosamente hacia un lado.
El silencio volvió al Neva, solo roto por el siseo del vapor que escapaba de la prótesis dañada de Sergei, atrapado bajo una montaña de madera congelada.