CAPÍTULO 48 El hielo y el monstruo
El agua del colector dejó de fluir. Empezó a congelarse.
Aleksei sintió cómo los trozos de hielo afilado chocaban contra sus rodillas entumecidas.
El hedor del alcantarillado fue barrido por una ráfaga de viento gélido y cortante que aullaba a través de la oscuridad.
A lo lejos, al final del túnel de ladrillo cilíndrico, apareció un semicírculo de luz brillante.
—¡Ahí está! —gritó Olek, señalando con la mano temblorosa—. ¡El río! ¡El cielo!
Avanzaron a trompicones, la adrenalina ahogando momentáneamente el cansancio y el dolor. Sofía levantó la cabeza, sus ojos marrones reflejando la luz plomiza del día exterior.
Llegaron al final del conducto. El túnel de drenaje desembocaba directamente en el muro de contención del Neva, a unos tres metros por encima del nivel del río, que en esa época del año era una inmensa explanada de hielo sólido y blanco.
Arriba, a sus espaldas, se alzaban las imponentes murallas de granito de la Fortaleza de Pedro y Pablo.
Estaban exactamente en el punto ciego de la artillería imperial.
Aleksei soltó un suspiro que se convirtió en vaho blanco. El cielo estaba gris, manchado por las columnas de humo que se alzaban desde el otro lado del río, donde los disturbios consumían la ciudad. Pero era el cielo.
El problema era la salida. Una reja de hierro forjado, con barrotes del grosor de la muñeca de un hombre y devorada por décadas de óxido y humedad, bloqueaba la desembocadura.
Olek se abalanzó sobre los barrotes, agarrándolos y tirando con todas sus fuerzas. La reja ni siquiera crujió. —¡Está empotrada en la piedra! —jadeó el chico, golpeando el hierro con desesperación—. ¡Padrino, no cede!
Aleksei soltó a Sofía, dejándola apoyada contra la pared curva, y desenvainó el sable imperial.
El acero estaba mellado por los combates en el Palacio, pero aún era robusto.
Introdujo la hoja del sable entre la argamasa deshecha y el marco de hierro de la reja, buscando hacer palanca.
—Ayúdame, Olek. Tira hacia ti cuando yo empuje.
Aleksei apoyó el hombro sano contra la pared y empujó la empuñadura del sable con ambas manos. Sus costillas rotas gritaron. Sintió el sabor a sangre en la boca. ¡Crrrck! Un trozo de argamasa saltó. La reja se movió un centímetro.
—¡Otra vez! —rugió Aleksei.
Pero antes de que pudieran repetir el movimiento, un sonido extraño reverberó en las paredes de ladrillo a sus espaldas. Venía de las profundidades del túnel oscuro por el que acababan de transitar.
Clackhiss.
Aleksei se quedó inmóvil. El sable resbaló en sus manos sudorosas.
Clackhiss. Clackhiss.
No era el sonido sordo del Gran Derrumbe. Era un ritmo metódico, pesado y antinatural. Metal golpeando piedra, seguido por el siseo agudo de la descompresión de vapor. Y se acercaba rápido.
Sofía miró hacia la negrura del colector. Sus pupilas se dilataron. —Aleksei... —susurró ella, retrocediendo hasta aplastar la espalda contra la reja oxidada—. Hay una luz.
En medio de la oscuridad absoluta del túnel, a unos treinta metros de distancia, un único punto de luz escarlata parpadeó.
Era el rojo inestable del Éter corrupto, el mismo color que había estado a punto de destruir la ciudad.
El olor del alcantarillado fue reemplazado súbitamente por el hedor a grasa de máquina quemada y a carne chamuscada.
Clackhiss. La figura emergió de las sombras, iluminada por su propia luz infernal.
Olek soltó un grito ahogado y levantó su escopeta inútil, con las manos temblando incontrolablemente. —¿Qué es esa cosa?
No parecía humano. Era una mole asimétrica, más ancha y encorvada que cualquier hombre normal.
Su brazo derecho era un amasijo brillante de pistones hidráulicos de latón y acero.
El rostro estaba oculto tras una placa de metal remachada, de la que brillaba el ojo rojo como un faro de odio puro.
Su respiración sonaba como el fuelle de una locomotora rota.
Pero a medida que la criatura avanzaba bajo la luz grisácea que entraba por la reja, Aleksei vio la mitad humana del rostro. Vio la boca deformada por las cicatrices, la postura implacable.
—Es el Lobo —murmuró Aleksei, sintiendo que un terror primigenio le helaba la sangre—. Müller lo ha reconstruido.
El Cyborg Sergei se detuvo a quince metros.
No dijo una palabra. No había humanidad en ese ojo rojo, solo un mandato asesino.
El monstruo levantó lentamente su enorme antebrazo mecánico.
La maquinaria pesada que llevaba incrustada, un cañón rotatorio de cañones múltiples, empezó a girar con un zumbido agudo y eléctrico.
—¡AL SUELO! —rugió Aleksei.
Se lanzó sobre Sofía y Olek, aplastándolos contra el agua helada y la base de ladrillo justo en el momento en que Sergei abría fuego.
El estruendo fue ensordecedor en el espacio cerrado.
El cañón no disparaba balas de plomo convencionales; escupía ráfagas de esquirlas de hierro impulsadas por la presión de la caldera de Éter de su espalda.
Las esquirlas barrieron el túnel como una tormenta de granizo letal.
Destrozaron los ladrillos por encima de sus cabezas, levantando una nube de polvo rojizo, y repiquetearon brutalmente contra los gruesos barrotes de hierro de la reja.
Aleksei cubrió a Sofía, sintiendo cómo los cascotes de ladrillo le golpeaban la espalda.
El fuego cesó por un momento. Sergei avanzaba, recargando presión. Clackhiss. Clackhiss. Estaba a diez metros.
Aleksei miró la reja. El fuego pesado del cañón de Sergei había hecho lo que ellos no podían: había destrozado la piedra podrida que sujetaba el marco de hierro. La reja pendía ahora de un solo perno superior, colgando suelta como una puerta desencajada.
—¡Por el hueco! ¡Ya! —ordenó Aleksei, poniéndose en pie a la desesperada.
Agarró a Sofía por los brazos y la empujó hacia el agujero abierto en la esquina inferior de la reja.
La joven se escurrió por el hueco, rasgándose el abrigo con el hierro oxidado, y cayó los tres metros de altura hasta aterrizar pesadamente sobre una duna de nieve endurecida en la orilla del río helado.
—¡Olek, tú! —Aleksei tiró del chico.
Olek se deslizó por el hueco con la agilidad de una rata.
Clackhiss. El zumbido del cañón rotatorio volvió a empezar. Sergei estaba a cinco metros.
Aleksei no tuvo tiempo de deslizarse. Usó el hueco como escalón y se lanzó de cabeza hacia el vacío exterior justo cuando una nueva tormenta de metralla destrozaba el lugar donde había estado un segundo antes.
Aleksei cayó sobre el hielo sólido del río Neva. El impacto le robó el aliento y lo hizo rodar varios metros, mareado. Se puso en pie a trompicones. El viento cortante de la superficie lo golpeó, congelando instantáneamente el agua sucia de sus ropas.
Olek estaba ayudando a Sofía a levantarse sobre el hielo resbaladizo.
—¡Corred hacia las barcazas! —gritó Aleksei, señalando un grupo de embarcaciones madereras de casco plano que habían quedado atrapadas en el hielo invernal a mitad del río.
Ofrecían la única cobertura en la inmensa llanura blanca.
Empezaron a correr, resbalando y tropezando en la nieve congelada, alejándose de los muros de la Fortaleza.
A sus espaldas, un crujido metálico aterrador desgarró el aire.
Aleksei miró por encima del hombro. El Cyborg Sergei, demasiado ancho para pasar por el hueco de la reja, había usado su brazo hidráulico para agarrar los gruesos barrotes de hierro.
Con un rugido animal, impulsado por el Éter, el Lobo arrancó la reja entera de la pared de piedra y la arrojó al río como si fuera de cartón.
El monstruo se asomó por el túnel de desagüe, recortado contra la oscuridad. Su ojo escarlata se fijó en las tres pequeñas figuras que corrían por el inmenso desierto de hielo blanco del Neva.
Sergei no dudó. El enorme peso de su cuerpo modificado cayó desde el túnel hacia el río.
Aterrizó sobre el hielo con la fuerza de un meteorito.
¡CRAAACK! El hielo grueso se astilló bajo sus botas, pero resistió.
El Terminator se enderezó. El humo escapaba de sus juntas en la fría mañana rusa.
Levantó su cañón, apuntó a las figuras que huían hacia las barcazas, y reanudó la marcha.
Estaban expuestos. El cazador perfecto había sido liberado en una llanura sin escondite.