CAPÍTULO 47 Carne y latón
ABAJO, EN EL LODO.
El agua del colector les llegaba por las rodillas, espesa, helada y repugnante.
Aleksei avanzaba con el brazo izquierdo alrededor de la cintura de Sofía, sosteniendo casi todo su peso.
Con la mano derecha, palpaba la pared de ladrillo abovedado, buscando las antiguas marcas de los constructores.
Como cartógrafo, sabía que San Petersburgo era una ciudad construida sobre un pantano, un triunfo de la ingeniería hidráulica.
Debajo de las avenidas rectas, existía un laberinto curvo de drenajes.
—Si seguimos hacia el norte, bajo el canal Kryukov, llegaremos a un callejón sin salida —dijo Aleksei, con los dientes castañeteando por el frío—. El ejército controla los cruces principales. Tenemos que ir hacia el río. Al colector principal de desagüe del Neva.
—El río estará congelado en las orillas, Padrino —dijo Olek, que iba unos pasos por delante, apartando telarañas gruesas como cuerdas con el cañón de su escopeta—.
Y si salimos al Neva por el desagüe principal...
estaremos justo enfrente de la Fortaleza de Pedro y Pablo. Nos verán desde las murallas.
—Es el lugar más peligroso, y por eso será el menos vigilado por la infantería en las calles —razonó Aleksei, aunque la idea le aterraba—.
Müller está buscando insurgentes en los callejones, no en el hielo del río.
Si logramos salir al Neva, podemos ocultarnos entre las barcazas atrapadas por la helada.
Un crujido gutural resonó bajo sus pies, haciendo temblar el agua sucia.
Sofía se aferró al abrigo de Aleksei, cerrando los ojos con fuerza.
—Agartha se está rindiendo —susurró ella, con lágrimas de agotamiento mezclándose con el lodo de sus mejillas—.
Las bóvedas inferiores están cediendo. Todo esto se hundirá en cuestión de horas.
—Entonces nadaremos más rápido —dijo Olek, forzando un tono valiente—. Vamos, Padrino. Hacia el río.
Siguieron caminando en la oscuridad, un paso agónico tras otro, ignorando el dolor, el frío y el miedo, impulsados únicamente por la promesa de volver a ver el cielo.
ARRIBA, EN LA FORTALEZA.
La sala de disección de la Fortaleza de Pedro y Pablo no olía a podredumbre ni a lodo. Olía a hierro caliente, a sangre fresca y a ozono.
Sobre una inmensa mesa de operaciones de mármol, fuertemente iluminada por lámparas de arco voltaico de tecnología recuperada, yacía lo que quedaba del Lobo.
Sergei estaba desnudo de cintura para arriba.
Su costado derecho era una visión de pesadilla.
La clavícula, el hombro y el brazo derecho habían sido aplastados hasta convertirse en una papilla irreconocible de hueso astillado y carne amoratada.
El pecho subía y bajaba con una respiración burbujeante y arrítmica.
El Comandante Müller observaba desde las sombras, con las manos cruzadas a la espalda.
A su lado, el Cirujano Jefe del ejército imperial sudaba profusamente bajo su delantal de cuero.
Al otro lado de la mesa, el Maestro Relojero de los 7, un anciano esquelético con lentes de aumento, ajustaba las válvulas de un extraño aparato de bronce.
—El paciente está en un coma inducido por el trauma masivo, Comandante —informó el cirujano, con la voz temblorosa—. He amputado lo insalvable, pero la hemorragia interna es severa. Sus pulmones están perforados. Mantenerlo vivo es... un milagro biológico. No sobrevivirá a la noche.
—No te he pedido que lo mantengas vivo con vendas, doctor —replicó Müller, frío como el hielo—. Te he pedido que lo prepares para el injerto. Maestro, ¿está lista la prótesis?
El relojero asintió frenéticamente. Apuntó hacia un carro quirúrgico donde descansaba un brazo mecánico grotesco y masivo.
No era una prótesis estética; era un ariete articulado de acero y latón, surcado por conductos de cobre e impulsado por pistones hidráulicos en miniatura.
En el centro de la articulación del hombro, latía débilmente una pequeña batería de Éter inestable, de un color rojizo enfermo, arrancada de uno de los autómatas destruidos.
—Es tecnología en bruto, Comandante —dijo el relojero, limpiándose las manos manchadas de grasa—.
Hemos adaptado la batería de Éter para que actúe como un corazón secundario.
Bombeará la sangre y alimentará los pistones.
Pero la fusión con el sistema nervioso...
será un infierno. El rechazo tisular y el dolor volverán loco al sujeto.
—El dolor es un excelente motivador —dijo Müller, acercándose a la mesa. Miró el rostro pálido y sudoroso de Sergei. La mitad derecha de su cara estaba quemada y despellejada por la caída.
—Sujetadlo —ordenó Müller.
Seis fornidos guardias se acercaron y ataron gruesas correas de cuero sobre el pecho, la cintura y las piernas intactas de Sergei, anclándolo al mármol.
El cirujano y el relojero trabajaron en macabra sincronía.
El cirujano abrió los grandes vasos sanguíneos del muñón del hombro, mientras el relojero encajaba la placa base de la prótesis directamente sobre la caja torácica rota, atornillando el metal al hueso.
El sonido de los taladros manuales perforando la clavícula resonó en la sala.
De repente, los ojos de Sergei se abrieron de golpe. No fue un despertar lento. Fue una explosión de pura agonía animal.
El Lobo soltó un rugido que hizo temblar el instrumental de las bandejas.
Las correas de cuero gruñeron bajo la tensión de sus músculos intactos.
En su mente fragmentada, el dolor se mezcló con los recuerdos.
Vio fuego. Vio el pasillo de la Academia.
Vio la campana cayendo. Y por encima de todo, vio a Katia.
Katia muerta en la nieve. Katia, Katia, Katia.
—¡AAAAAARGH! —Sergei se retorció, escupiendo sangre oscura.
El relojero retrocedió aterrorizado, pero Müller dio un paso adelante, acercando su rostro al de Sergei. —Escúchame, Lobo —dijo Müller, con voz firme e hipnótica, por encima de los gritos del mercenario—. Siente el metal. Siente el poder. Te estoy dando la fuerza para que termines tu trabajo.
El relojero activó la válvula principal de la pequeña batería roja de Éter.
Un siseo de vapor hirviente escapó por los conductos de la prótesis.
Los pistones de latón cobraron vida con un clack metálico ensordecedor.
La mano robótica de acero, tan grande como un mazo, se cerró en un puño con una fuerza capaz de triturar rocas.
Sergei dejó de gritar de repente. Su ojo izquierdo, inyectado en sangre y dolor, se fijó en Müller. Su ojo derecho, reemplazado por una tosca lente de cristal de aumento incrustada en una placa de cuero y metal remachado a su cráneo, brilló con un destello escarlata.
—¿Quién te hizo esto, Sergei? —preguntó Müller, sonriendo fríamente—. ¿Quién te destrozó? ¿Quién se ríe sobre la tumba de tu Katia?
El vapor siseó desde las juntas del hombro mecánico de Sergei, llenando la sala con olor a sangre y a locomotora. Su respiración se acompasó al latido rítmico e inestable del Éter. El Lobo no habló. Su garganta estaba demasiado destrozada. Pero no hacía falta.
Müller le entregó algo. No era un machete.
Era un pesado cañón rotatorio de mano, modificado para encajar directamente en los soportes del antebrazo mecánico.
—El profesor Ivanov está bajo nuestras calles, arrastrándose como una rata —dijo Müller—.
Tráeme su cabeza. Y tráeme a la chica de los Custodios viva.
Las correas de cuero fueron liberadas. Con un sonido pesado y chirriante de metal sobre mármol, Sergei se sentó en la mesa de operaciones. Ya no era un hombre. Era un arma de asedio impulsada por el dolor y la mentira.
El Terminator Steampunk se puso en pie, su pesada bota izquierda chocando contra el suelo de piedra, seguida por el repiqueteo metálico de un soporte ortopédico improvisado en su pierna derecha. Clackhiss. Clackhiss. La caza final acababa de comenzar.