Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 46 El cielo enrejado
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CAPÍTULO 46 El cielo enrejado

El olor a tierra milenaria fue reemplazado lentamente por el hedor agrio del cieno, el agua estancada y el ladrillo mojado.

Olek se detuvo de golpe. Aleksei, que iba un par de pasos por detrás sosteniendo a Sofía, casi choca contra él en la oscuridad. —Padrino —la voz del chico sonaba ronca, pero aliviada—. Toca esto.

Aleksei extendió la mano libre por encima del hombro del chico.

Sus dedos, rasgados y entumecidos por el frío, dejaron de tocar la roca volcánica irregular de la falla geológica y rozaron una superficie lisa, curva y cubierta de musgo resbaladizo.

Eran ladrillos. Ladrillos perfectamente alineados y unidos con argamasa.

Habían llegado a las raíces de San Petersburgo. —Es el alcantarillado viejo —susurró Aleksei, sintiendo una oleada de alivio—. O un túnel de drenaje de la época de Pedro el Grande. Ayúdame a subirla, Olek.

Con un último esfuerzo agónico, izaron a Sofía por el borde de la roca natural hasta introducirla en el túnel de ladrillo cilíndrico.

Aleksei subió tras ella y se dejó caer de espaldas sobre el suelo curvado y húmedo.

Durante un minuto entero, lo único que se escuchó en la oscuridad fue el sonido de tres personas respirando a bocanadas, intentando llenar sus pulmones de un aire que, aunque olía a podredumbre, era el aire del mundo de los vivos.

Aleksei se sentó lentamente. A unos cincuenta metros por delante del túnel, una tenue luz grisácea se filtraba a través de una rejilla de hierro en el techo, proyectando un patrón de barrotes sobre el agua sucia que corría por el centro del conducto.

Era la luz de la mañana. Una mañana oscurecida por el humo, pero luz al fin y al cabo.

Se arrastraron hasta quedar justo debajo de la rejilla. Sofía se apoyó contra la pared curva de ladrillo, cerrando los ojos. Su rostro estaba pálido como el papel, manchado de hollín y barro. Aleksei se arrodilló a su lado y ajustó el grueso abrigo sobre los hombros de la joven.

Al hacerlo, sus dedos rozaron la solapa donde había guardado la flor azul.

Estaba intacta. Sus pétalos parecían emitir un levísimo resplandor propio en la penumbra del alcantarillado.

Aleksei metió la mano en su bolsillo interior y sacó el grueso diario de cuero negro que había encontrado en el sepulcro.

Alisó la cubierta con el pulgar. El tintero que venía con él estaba seco, pero sabía que encontraría la forma de llenarlo.

Tenía que hacerlo. La historia real no podía morir con los gigantes.

Sofía abrió los ojos y miró el libro en las manos de Aleksei. —¿Crees que alguien nos creerá? —preguntó ella, con la voz apenas audible por encima del goteo del agua—. Cuando escribas que el mundo es un cementerio de gigantes... dirán que estás loco, Aleksei. Te encerrarán.

—Que lo intenten —Aleksei forzó una sonrisa, apartándole un mechón de pelo sucio de la frente—. Ya no me importan las academias ni los decanos. Este libro no es para ellos, Sofía. Es para él. O para ella.

Aleksei bajó la mirada hacia el vientre de Sofía, oculto bajo los pliegues del abrigo.

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

Instintivamente, llevó su mano hacia el vientre, y Aleksei cubrió la mano de ella con la suya.

En ese túnel oscuro, apestoso y frío, rodeados de muerte, la promesa de esa nueva vida era la única magia que realmente importaba.

—Nacerá en un mundo libre de mentiras —susurró Aleksei, como si estuviera recitando un juramento sagrado—. Nacerá viendo el cielo, no el techo de una caverna. Te lo juro, Sofía. Los sacaré de aquí. A los dos.

—Oye, que yo también estoy aquí, Padrino —interrumpió Olek desde el otro lado del túnel, intentando exprimir el agua sucia de los bajos de sus pantalones con una sonrisa torcida—. Y me gustaría ver el cielo antes de jubilarme, si no es mucha molestia.

Aleksei soltó una carcajada seca que le hizo ver las estrellas de dolor por sus costillas. —También a ti, Olek. Te debo un juego de cubiertos de plata del Palacio de Invierno.

El chico asintió, satisfecho. Cogió su escopeta vacía y se asomó por los huecos de la pesada rejilla de hierro que tenían sobre sus cabezas.

—Bueno, pues si queremos ver el cielo, primero tenemos que quitar esta tapa.

Parece que da a un callejón, cerca de uno de los canales menores. Escucho agua fluyendo... y... esperad.

Olek se quedó rígido. Pegó la oreja a los barrotes oxidados. Aleksei guardó el diario en su chaqueta y se puso tenso, aferrando la empuñadura de su sable. —¿Qué pasa?

—Callaos —siseó el chico.

Arriba, en la calle, el ruido de fondo no era el murmullo de una ciudad asustada. Era un sonido rítmico, metálico y pesado. Clack. Clack. Clack. Botas militares marchando al unísono sobre los adoquines. Decenas de ellas.

Aleksei se levantó lentamente, ignorando el dolor, y se asomó junto a Olek por la rejilla.

A través del hierro oxidado, vio el callejón.

Estaba acordonado. Un escuadrón completo de la Guardia Imperial, armados con mosquetes con las bayonetas caladas, bloqueaba las salidas hacia la avenida principal.

Un oficial montado a caballo se paseaba por el extremo del callejón, gritando órdenes a través de un megáfono de latón. Su voz resonó y se coló por la rejilla del alcantarillado, helando la sangre de los tres fugitivos.

—¡Por decreto del Comandante Müller y el Consejo de Estado, se declara la ley marcial en toda la Isla Vasilievsky y el Distrito del Palacio! —vociferaba el oficial—. ¡La ciudad está bajo ataque de insurgentes anarquistas que han profanado el Palacio de Invierno y asesinado a la Emperatriz Catalina!

Aleksei abrió los ojos de par en par. Miró a Sofía. —Müller ha matado a la Zarina... o ha aprovechado su muerte para dar un golpe de estado militar. Nos está culpando del derrumbe.

La voz del oficial continuó, implacable.

—¡Se decreta el toque de queda absoluto!

¡Cualquier ciudadano encontrado en las calles será fusilado sin juicio!

¡Asegurad cada puente, cada canal y cada alcantarilla!

¡El Comandante ha ordenado que nadie salga del subsuelo!

¡Si veis que se levanta una sola rejilla, arrojad fuego al agujero!

Un soldado pasó caminando justo por encima de ellos, sus gruesas botas de cuero bloqueando momentáneamente la luz grisácea que entraba por la rejilla. El eco de sus pasos resonó en el túnel, alejándose lentamente.

Olek se dejó caer contra la pared de ladrillo, abrazando sus rodillas. —Estamos atrapados, Padrino. Si levantamos la rejilla, nos cosen a balazos o nos queman vivos. Y si nos quedamos aquí...

Un crujido lejano y profundo vibró en el agua sucia bajo sus pies. El Gran Derrumbe, allá abajo en los cimientos de Agartha, seguía su curso lento pero imparable. Las vibraciones ya estaban llegando a los túneles de ladrillo.

—Si nos quedamos aquí, la ciudad nos caerá encima —terminó Aleksei, apretando la mandíbula.

Estaban a escasos metros de la superficie, oliendo el aire frío de Rusia, pero una barrera de bayonetas y plomo los separaba de la libertad.

Aleksei miró la espesa oscuridad del túnel de drenaje que se extendía en ambas direcciones.

Tenían que moverse por debajo de la ciudad ocupada y encontrar un punto ciego en la red militar de Müller.

La guerra había llegado a las calles, y ellos eran los enemigos públicos número uno del Imperio.