CAPÍTULO 45 El peso de la tierra y el eco del metal
ABAJO.
El ascenso por la falla geológica no era una huida, era una guerra de trincheras contra la gravedad.
La grieta en la roca basáltica era estrecha, húmeda y ascendía en un ángulo que torturaba los gemelos y destrozaba las uñas.
No había luz, salvo la que su propia imaginación proyectaba en la negrura absoluta.
Olek iba en cabeza. El chico de la calle se había convertido en sus ojos.
Avanzaba a tientas, palpando la roca fría, buscando asideros seguros y advirtiendo de las piedras sueltas.
—A la derecha —susurraba Olek, su voz distorsionada por el eco de la grieta—. Hay un escalón natural, pero resbala. Cuidado.
Aleksei iba detrás de Sofía, sirviéndole de red de seguridad.
El frío del subsuelo le calaba los huesos a través de la fina camisa de algodón, pero el esfuerzo físico lo mantenía bañado en un sudor helado.
Sus costillas rotas eran un coro de cuchillos con cada movimiento, pero no se permitió emitir ni un solo quejido.
Toda su atención estaba centrada en la mujer que trepaba frente a él.
Sofía jadeaba. La purga de la matriz la había vaciado de toda su fuerza sobrenatural, dejándola como una mujer humana, exhausta y embarazada, enfrentándose a una montaña que amenazaba con aplastarlos.
Llevaba el abrigo de Aleksei puesto; bajo la gruesa solapa de lana, protegida contra su pecho, la flor azul que Aleksei había recogido permanecía intacta, un pequeño faro de vida en la oscuridad mineral.
CRACK.
Un sonido como el disparo de un cañón resonó en la piedra sobre sus cabezas. La pared de la grieta tembló violentamente. Una lluvia de guijarros afilados les golpeó la cabeza y los hombros.
Sofía resbaló. Sus botas perdieron el agarre en la piedra húmeda y soltó un grito ahogado mientras caía hacia atrás.
Aleksei reaccionó en una fracción de segundo.
Clavó las botas en una fisura, bloqueó la rodilla y atrapó a Sofía por la cintura antes de que cayera al abismo negro.
El impacto del peso de la joven contra su pecho le arrancó un gemido agónico; sintió que el hueso fracturado de su costilla se movía peligrosamente cerca del pulmón.
Pero no la soltó. La apretó contra él en la oscuridad, anclándola a la pared de roca.
—Te tengo —susurró Aleksei, con la respiración entrecortada, pegando la frente a la espalda de ella—. Te tengo, Sofía. Respira.
Ella temblaba incontrolablemente. Sus manos buscaron el brazo de Aleksei en la oscuridad y se aferraron a su camisa.
—La montaña... —gimió ella, con la voz rota—.
Se está cerrando, Aleksei. El Gran Derrumbe.
Sin la presión del Éter para sostener las bóvedas superiores, San Petersburgo se va a hundir sobre nosotros.
—No vamos a dejar que nos alcance —dijo él, reuniendo fuerzas que no sabía que tenía para ayudarla a ponerse en pie de nuevo en la saliente—. Olek, ¿cómo está el camino arriba?
—Sube... y luego se aplana un poco —respondió el chico desde las sombras, sonando inusualmente asustado—. Padrino, huele a humo. Humo de madera y carbón.
Aleksei miró hacia arriba en la negrura. —Estamos acercándonos a los niveles superiores. A las bodegas o a las alcantarillas de la ciudad. Sigue subiendo, Olek. Sin descanso.
Tenían que seguir. Abajo solo estaba la tumba de los gigantes. Arriba estaba el fuego.
ARRIBA.
San Petersburgo era una herida abierta bajo un cielo plomizo.
La aurora boreal que había iluminado la mañana se había disipado, dejando tras de sí un caos incomprensible.
En la Plaza del Palacio, la Guardia Preobrazhensky había roto la formación.
Los soldados, aterrorizados por el temblor de tierra y el destello que había surgido de los adoquines, habían tirado sus mosquetes y huían, o se unían a la turba de ciudadanos que ahora asaltaba las puertas de los palacios menores de los nobles.
Dentro del Palacio de Invierno, el polvo de yeso caía como nieve sucia.
El Comandante Müller salió a rastras de la escalera de servicio de la galería este, tosiendo sangre y hollín.
Su uniforme, antes impecable, estaba desgarrado y quemado.
La inmensa sala de máquinas que había construido abajo se había convertido en un pozo de escombros de granito bloqueado para siempre.
Había sentido la matriz morir. Había sentido el apagón.
El Grupo de los 7 acababa de perder su mayor secreto.
Ya no eran dioses en las sombras; ahora eran solo viejos ricos en una ciudad enfurecida.
Müller se apoyó contra una columna de mármol agrietada. Su rostro, manchado de negro, se torció en una máscara de odio puro y metódico. —Ivanov... —bramó, escupiendo la sangre al suelo—. Profesor hijo de perra.
Dos guardias Pretorianos, sus fuerzas de élite privadas, doblaron la esquina del pasillo destruido.
Estaban cubiertos de polvo, pero mantenían sus rifles listos.
Al ver a Müller, se cuadraron a duras penas.
—¡Comandante! —informó uno, tosiendo—. ¡El ejército regular se está amotinando!
¡Los generales exigen ver a la Emperatriz!
¡Los disturbios han llegado a las puertas del Banco Central!
—Que arda el banco —dijo Müller, con una calma espeluznante que asustó a los guardias—.
La fuente original está sellada. Pero aún tenemos reservas tácticas en la Fortaleza de Pedro y Pablo.
Baterías portátiles. Llevadme allí. Declarad la ley marcial en nombre de los 7.
Quien no obedezca, es un traidor al Imperio.
Müller avanzó cojeando hacia la salida. Pero se detuvo. Necesitaba un sabueso. El ejército regular no le serviría para cazar en el laberinto de túneles y escombros que ahora era el subsuelo de la ciudad. Necesitaba a su monstruo.
Miró al guardia. —¿Cuál es la situación en la Isla Vasilievsky? ¿En la Academia Imperial?
—Totalmente en ruinas, señor —respondió el soldado—. Un testigo dijo que la Campana de los Fundadores cayó desde el techo hasta el segundo piso. El líder mercenario... Sergei... quedó aplastado debajo.
Müller asintió lentamente. —Enviad a un equipo de extracción con poleas pesadas a la Academia. Ahora mismo.
—Señor —el guardia tragó saliva—. Con el respeto debido... el hombre tiene dos toneladas de bronce encima. Si no está muerto, debe ser papilla. No nos servirá de nada.
Müller sacó su pistola de chispa, se acercó al soldado y le apretó el cañón caliente contra la mejilla manchada de yeso.
—No te he pedido un diagnóstico médico, soldado.
Te he dado una orden. Sacad al Lobo de los escombros y llevadlo a los laboratorios de ingeniería mecánica de la Fortaleza.
Llevad al cirujano jefe y a los relojeros.
El Comandante miró hacia las ventanas rotas del palacio, hacia el humo que oscurecía el sol.
—No importa cuántos huesos tenga rotos. No importa si está agonizando.
Ivanov me ha quitado mi ciudad. Voy a usar todo el metal y todo el Éter de emergencia que nos quede para reconstruir a ese mercenario.
Voy a atornillarle la obediencia al cráneo.
El Lobo va a cazar de nuevo, aunque tenga que hacerlo en piezas. ¡Moveos!
El juego había cambiado. Ya no se trataba de gobernar el mundo.
Ahora, para Müller, solo se trataba de venganza.
Y mientras los soldados corrían a cumplir sus órdenes, muy por debajo de las calles en llamas, tres figuras continuaban su ascenso a ciegas hacia el infierno, sin saber que el monstruo que creían muerto estaba a punto de convertirse en su peor pesadilla.