Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 44 Las semillas en la piedra
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CAPÍTULO 44 Las semillas en la piedra

El silencio en el sepulcro de los gigantes era abrumador. Tras el rugido del Éter y el colapso de la sala de máquinas de Müller, la quietud de la caverna milenaria pesaba como una losa de plomo.

Aleksei ayudó a Sofía a sentarse sobre el granito liso.

La joven respiraba con dificultad, frotándose instintivamente el vientre bajo el abrigo sucio y rasgado.

Había perdido la conexión con Agartha, sus ojos habían vuelto a ser de un marrón humano, pero el cansancio que arrastraba amenazaba con apagarla por completo.

—Tenemos que movernos —dijo Olek, paseando nervioso alrededor del pozo central ahora oscuro—. Si Müller sigue vivo ahí arriba, o si la guardia imperial decide cavar, nos encontrarán sentados.

—No pueden cavar hasta aquí —respondió Aleksei, su voz resonando débilmente en la inmensidad de la bóveda—. La purga derrumbó los cimientos del Palacio. Estamos aislados. Pero tienes razón, no podemos quedarnos. El aire se viciará pronto.

Aleksei se puso en pie, ignorando la punzada ardiente en sus costillas, y recogió la cerilla apagada del suelo. Miró a su alrededor. Los cristales incrustados en las paredes y en los tronos de los Jardineros aún emitían un tenue resplandor blanquecino, un eco de la energía que acababan de expulsar.

Caminó hacia el gigantesco trono más cercano a la escotilla por la que habían caído.

La figura esquelética del Primer Jardinero descansaba en silencio, con su armadura de raíces de bronce fundida con la piedra.

A los pies del gigante, sobre un pequeño pedestal de obsidiana, Aleksei vio algo que desentonaba con la aridez mineral del lugar.

Se acercó lentamente. Era un cofre pequeño, no más grande que una caja de puros, tallado en una madera oscura que no parecía haberse podrido a pesar de los siglos. Aleksei lo abrió con dedos temblorosos.

Dentro, sobre un lecho de terciopelo fosilizado, había dos objetos.

El primero era un libro grueso, encuadernado en cuero negro y sin título, con páginas de un papel grueso y amarillento, completamente en blanco.

A su lado, reposaba un tintero de cristal seco y una pluma de metal. El segundo objeto le robó el aliento.

Era una flor. No estaba hecha de cristal ni de metal.

Era una flor real, con pétalos de un azul intenso y un tallo verde, preservada en un estado de estasis perfecta, como si acabara de ser cortada de un jardín bajo el sol de primavera.

No marchitaba. No moría. Era el último vestigio orgánico del verano eterno de Tartaria.

Aleksei sintió un nudo en la garganta. Sin saber muy bien por qué, tomó la flor azul con delicadeza infinita. Sus pétalos eran suaves al tacto. La deslizó en el ojal de la solapa de su abrigo sucio, donde la flor pareció brillar con luz propia contra la lana oscura y ensangrentada.

Luego, sacó el grueso diario de cuero y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al corazón. El cartógrafo que había en él, el hombre que necesitaba registrar la historia, sabía que esas páginas en blanco eran el tesoro más grande que la humanidad jamás tendría.

—Aleksei —la voz de Sofía lo sacó de su ensimismamiento.

Se giró. Ella lo miraba desde el suelo, con los ojos fijos en la flor de su solapa. Una sonrisa débil, cargada de una extraña melancolía, asomó a sus labios. —Es hermosa —susurró ella—. Significa memoria. Los Jardineros las entregaban a los que partían a un largo viaje.

—Es una promesa —corrigió Aleksei, acercándose a ella y arrodillándose a su lado. Le acarició la mejilla, quitándole el polvo de piedra—. La promesa de que veremos el sol otra vez. Los tres.

Olek, que había estado explorando el fondo de la caverna, gritó desde las sombras. —¡Padrino! ¡Sofía! ¡Creo que he encontrado la puerta trasera!

Aleksei ayudó a Sofía a levantarse. Olek estaba de pie frente a una grieta natural en la roca basáltica, oculta tras el trono del séptimo gigante.

No era un túnel de ingeniería impecable como los del resto de Agartha; era una falla geológica, un desgarro en la tierra que ascendía en una pendiente pronunciada, perdiéndose en la negrura.

Un ligero, casi imperceptible, soplo de aire frío acarició el rostro de Aleksei al acercarse.

Olía a nieve, a barro y a río helado. Olía a San Petersburgo.

—Es un conducto de ventilación natural —dijo Aleksei, evaluando la grieta—. O un antiguo lecho de agua que sube hacia la superficie. Si la purga desestabilizó la isla, estos túneles deben estar cediendo.

CRACK. Como para darle la razón, un crujido sordo resonó desde las profundidades del túnel, seguido de una llovizna de tierra y piedras pequeñas. La bóveda principal de los gigantes se mantuvo firme, pero las vías hacia la superficie eran frágiles.

—No podemos volver por el Palacio —dijo Sofía, apoyándose pesadamente en Aleksei—. Es nuestra única salida.

—Va a ser duro, Sofía —Aleksei la miró a los ojos, consciente del bulto bajo su abrigo—. La montaña se está moviendo. Y no tenemos luz.

—Yo iré delante —dijo Olek, asumiendo su papel de explorador callejero, con la escopeta colgada a la espalda para tener las manos libres—. Palparé cada piedra antes de que piséis. Si caigo, al menos sabréis por dónde no pisar.

Aleksei asintió. Se quitó el pesado abrigo y se lo echó por los hombros a Sofía para darle más calor, quedándose él en mangas de camisa en el frío subterráneo. La flor azul de la solapa quedó protegida bajo la solapa doblada del abrigo que ahora cubría a la joven.

—Vamos —dijo Aleksei, recogiendo su sable del suelo.

Olek se adentró en la grieta oscura. Aleksei lo siguió, sujetando a Sofía por la cintura, guiando sus pasos, convirtiéndose en el escudo físico entre ella y la montaña.

Atrás quedó la tumba iluminada de los gigantes, el lugar donde la magia había muerto y la historia había sido reescrita.

El ascenso comenzó. Cada paso era una victoria contra la gravedad y el dolor. Y con cada metro que subían, el sonido de la tierra quejándose se hacía más fuerte. El Gran Derrumbe, la réplica geológica de la purga de Éter, acababa de empezar a fracturar los cimientos de San Petersburgo.