CAPÍTULO 41 El color del fin del mundo
El rojo no era un color natural en Agartha.
Durante el tiempo que Aleksei había pasado en la ciudad subterránea, la energía del Éter siempre había sido de un violeta sereno, frío y silencioso.
Pero la luz que ahora latía desde la inmensa columna de cristal y cobre era un escarlata furioso.
Parecía sangre hirviendo, y gritaba. Literalmente, gritaba.
Un zumbido de altísima frecuencia taladraba los tímpanos de todos los presentes en la sala de máquinas.
Aleksei tosió, agitando el sable a ciegas en medio de la nube de vapor hirviente que envolvía la plataforma elevada. —¡Müller! —rugió, pero su voz fue engullida por el rugido de las calderas y el siseo de las tuberías rotas.
El vapor se disipó lo justo para dejarle ver la pasarela metálica.
Müller ya no estaba. El Comandante, demostrando un instinto de supervivencia superior a su orgullo, había huido por una escalera de caracol que ascendía hacia las entrañas del Palacio de Invierno, dejando a sus hombres atrapados en el infierno que él mismo había encendido.
Aleksei no perdió tiempo persiguiéndolo.
Se asomó al borde de la plataforma. Abajo, el caos era absoluto.
Los ingenieros y los guardias Pretorianos corrían en todas direcciones, tropezando a ciegas.
Algunos intentaban apagar los hornos de carbón tirándoles cubos de agua, lo que solo generaba más vapor corrosivo.
Olek y Sofía estaban junto a la base de la gran columna central, resguardados detrás de un pesado panel de control de latón.
Aleksei guardó su sable, se agarró a la barandilla y se dejó caer los tres metros que lo separaban del suelo, aterrizando pesadamente y rodando para absorber el impacto.
Sus costillas protestaron con una punzada que le robó el aliento y lo dejó de rodillas.
Olek corrió hacia él y lo ayudó a levantarse por el brazo sano. —¡Padrino, nos tenemos que ir! —le gritó el chico al oído para sobreponerse al ruido ensordecedor—. ¡Esos tubos gordos de ahí arriba están abultándose como salchichas al fuego! ¡Van a reventar!
Aleksei miró hacia Sofía. La joven no estaba huyendo. Estaba de pie frente a la consola de control, con las manos apoyadas sobre el panel de latón. El cristal de la columna escarlata proyectaba sombras infernales sobre su rostro.
—¡Sofía! —Aleksei corrió hacia ella, agarrándola por los hombros—. ¡Déjalo! ¡Müller ha roto el sello, la reacción en cadena ya ha empezado!
Sofía no lo miró. Sus ojos estaban fijos en los medidores de presión de vapor, toscamente injertados por los hombres de Müller sobre los diales originales de Tartaria.
—¡No lo entiendes, Aleksei! —gritó ella, con lágrimas de frustración resbalando por sus mejillas manchadas de hollín—.
¡No es solo una explosión de gas! ¡Es Éter inestable!
¡Si esa columna se rompe aquí, la onda expansiva no solo volará el Palacio de Invierno!
¡Destruirá la isla entera y envenenará el río Neva durante siglos!
Aleksei miró la columna de cristal. Una grieta en forma de telaraña acababa de aparecer en su superficie, brillante y palpitante. —¿Puedes apagarlo? —preguntó él, la desesperación filtrándose por fin en su voz.
—¡Con esta presión térmica, no! —Sofía levantó su mano derecha.
El anillo de los Custodios brillaba débilmente, luchando por conectar con una matriz que había sido profanada—.
Pero puedo purgarlo. Puedo abrir las esclusas de emergencia de la antigua ciudad y desviar la sobrecarga hacia las profundidades, lejos de la superficie.
—¡Pues hazlo!
—¡Si lo hago, la energía retrocederá de golpe! —Sofía por fin lo miró a los ojos, aterrorizada—. ¡Volaremos nosotros! ¡La sala de máquinas entera será el tubo de escape!
Un estruendo metálico los interrumpió. Una de las enormes calderas de vapor del lado izquierdo de la caverna cedió. Los remaches salieron disparados como balas de mosquete. Una avalancha de agua hirviendo y carbón al rojo vivo barrió a media docena de guardias, derritiendo la piedra del suelo.
El tiempo se había acabado.
Aleksei tomó la decisión por ella. Era un académico, un hombre de mapas y medidas, pero en ese momento, actuó por puro instinto de protección. Agarró la mano de Sofía, la del anillo, y la aplastó contra la ranura central de la consola de control de Tartaria.
—¡Hazlo! —rugió Aleksei—. ¡Sálvalos a todos!
Sofía cerró los ojos y gritó. No fue un grito de miedo, sino de dolor puro.
La energía corrupta del Éter fluyó a través del panel, buscando la firma biológica de los Jardineros, e invadió su cuerpo.
Las venas del cuello y los brazos de Sofía se marcaron, brillando por un microsegundo con una luz púrpura enfermiza bajo la piel.
En el centro de la sala, la inmensa columna de cristal escarlata dio una sacudida brutal. El zumbido de alta frecuencia cesó de golpe, reemplazado por un sonido aún más aterrador: el rugido sordo y profundo de una succión titánica.
El suelo blanco bajo sus pies se agrietó. Las válvulas de escape subterráneas de Tartaria, cerradas durante más de un siglo, se abrieron de golpe. El Éter hirviente y el vapor a presión fueron succionados hacia abajo, hacia el abismo negro de los cimientos profundos.
—¡Corred! —Aleksei tiró de Sofía, que cayó flácida en sus brazos, completamente agotada por la descarga de energía.
Aleksei la cargó sobre su hombro derecho, apretando los dientes mientras sus costillas rotas parecían astillarse.
—¡Olek! ¡La escotilla de los cimientos! —Aleksei señaló una pesada puerta circular de bronce en el suelo, a pocos metros de la consola, por donde la antigua maquinaria solía recibir mantenimiento.
Olek no lo dudó. Corrió hacia la escotilla, clavó la culata de su escopeta vacía en la ranura de apertura y usó todo el peso de su cuerpo como palanca. ¡CLANG! La pesada tapa de bronce cedió, revelando un conducto de ventilación oscuro que descendía en ángulo de cuarenta y cinco grados.
Aleksei llegó corriendo. El calor en la sala ya era insoportable; la purga había comenzado, y el aire estaba siendo arrastrado hacia la columna central para ser expulsado. Los guardias sobrevivientes estaban siendo succionados hacia el foso.
—¡Tírate! —le gritó Aleksei a Olek.
El chico se lanzó por el tobogán de piedra negra. Aleksei sujetó a Sofía con fuerza contra su pecho, se sentó en el borde de la escotilla y se dejó resbalar justo cuando la sala de máquinas explotó.
No fue fuego. Fue una onda de choque de presión pura.
La última caldera de vapor reventó, chocando con el vacío creado por el Éter.
La fuerza del impacto arrancó el panel de latón de la consola y lo estrelló contra la pared.
El techo de la caverna, la base misma del Salón del Trono del Palacio de Invierno, empezó a desmoronarse en bloques de granito del tamaño de carruajes.
Aleksei, abrazando a Sofía, cayó en la más absoluta oscuridad. Resbalaron por el liso conducto de piedra durante lo que pareció una eternidad, rodeados por el estruendo amortiguado del fin del mundo sobre sus cabezas. El olor a ozono y a polvo antiguo les llenó los pulmones.
Finalmente, el conducto se niveló bruscamente y salieron disparados. Rodaron por un suelo de piedra fría y cubierta de una gruesa capa de polvo inmemorial.
Aleksei chocó contra un muro y se detuvo. Sofía tosió a su lado, viva. A unos pasos, Olek gemía, quejándose de su muñeca.
Estaban a oscuras. El ruido de la explosión y el derrumbe arriba era un trueno sordo, un terremoto constante que hacía caer tierra fina sobre sus rostros. Habían sobrevivido al estallido de las calderas. Habían salvado a San Petersburgo de una aniquilación radiactiva.
Pero cuando Aleksei encendió temblorosamente una cerilla que sacó de su bolsillo, la débil luz amarilla no iluminó una vía de escape hacia la superficie. Iluminó una inmensa puerta de obsidiana negra, tallada con símbolos que no pertenecían a ningún mapa conocido por el Imperio Ruso.
—Padrino... —susurró Olek, mirando los símbolos con los ojos muy abiertos—. ¿Dónde estamos?
Aleksei levantó la cerilla, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío subterráneo.
Habían bajado por la purga de emergencia.
Habían cruzado la barrera de los cimientos.
—Nos hemos caído del mapa, Olek —respondió Aleksei, con la voz quebrada—.
Hemos entrado en las catacumbas de los Primeros Jardineros.
Arriba, el Palacio de Invierno ardía. Abajo, el verdadero misterio de Tartaria acababa de despertar.