CAPÍTULO 40 El canto del vapor
El calor en la caverna de los cimientos era asfixiante, un monstruo invisible que les robaba el aire. Abajo, en el infierno que Müller había construido, docenas de hombres paleaban carbón frenéticamente hacia los hornos que rugían como dragones hambrientos.
Müller, en su plataforma elevada, gritaba órdenes histéricas, ajeno a los intrusos que lo observaban desde las sombras de la galería superior.
Aleksei miró la red de tuberías de vapor sobrepresurizadas que cruzaban el techo, justo por encima de las posiciones de los guardias Pretorianos. El vapor siseaba en las juntas, a punto de reventar.
—Olek —susurró Aleksei, su voz apenas un hilo sobre el estruendo de los hornos—. ¿Ves la cadena del montacargas industrial? La que cuelga cerca de nosotros.
Olek asintió, su mirada saltando de la cadena a la plataforma de Müller. —Lleva un gancho de hierro del tamaño de un ancla, Padrino. Está oxidado, pero aguantará el peso.
—Necesito que tú y Sofía os quedéis aquí y cubráis la galería —ordenó Aleksei—. Si los guardias os ven, disparad con la escopeta, aunque no tenga balas. El sonido los asustará un segundo.
—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó Sofía, con miedo en los ojos.
Aleksei apretó la empuñadura de su sable imperial. El tubo de plomo doblado lo había dejado atrás; ahora solo tenía el acero templado. —Voy a buscar al Comandante.
Se acercó al borde de la galería. La cadena del montacargas colgaba a unos dos metros de distancia. No había vuelta atrás. Si fallaba el salto, caería al pozo de los hornos.
Ignorando el dolor de sus costillas, Aleksei tomó carrerilla y saltó.
Sus manos vendadas y sudorosas encontraron la cadena de hierro.
Se enganchó con una fuerza desesperada. La cadena osciló violentamente sobre el vacío ardiente.
Aleksei se deslizó hacia abajo por la cadena con un ruido metálico sordo, usando el impulso para acercarse a la red de tuberías de vapor sobre el techo.
Mientras bajaba, levantó el sable imperial. —¡POR TARTARIA! —rugió Aleksei.
Descargó el sable con un golpe lateral brutal contra la válvula de control de la tubería principal de vapor.
¡CRAAASH!
El metal de la válvula estalló bajo el impacto del acero toledano. El mecanismo de seguridad se rompió. Una columna de vapor supercalentado y a alta presión explotó de la tubería con un aullido atronador. No era humo; era gas hirviente, cegador y corrosivo.
La nube de vapor rodó instantáneamente por el techo y cayó en picado sobre el centro de la sala de máquinas, envolviendo a los Pretorianos que custodiaban el perímetro. Los soldados empezaron a gritar, tosiendo y llevándose las manos a la cara mientras el vapor les quemaba la piel y los ojos.
—¡Fuego en la galería! —gritó un oficial Pretoriano desde abajo, antes de desaparecer en el vapor.
Arriba, Olek levantó su escopeta vacía y la asomó por la barandilla de la galería, haciendo ruidos de disparo y gritando para crear confusión. Los guardias que no estaban cegados dispararon ciegamente hacia el humo, sus balas de plomo rebotando inútilmente en la piedra.
Aleksei, colgado de la cadena, se deslizó el resto del camino hasta aterrizar en la plataforma metálica elevada, justo detrás de Müller.
El Comandante Müller se giró, con su pistola de chispa levantada, pero la nube de vapor le impedía ver con claridad. —¿Quién anda ahí? —rugió Müller—. ¡Pretorianos! ¡A la plataforma!
—Tu reinado ha terminado, Müller —dijo Aleksei, surgiendo del humo del vapor, con el sable imperial en alto.
Müller disparó. ¡BANG!
La bala de plomo pasó a centímetros de la oreja de Aleksei, perforando una tubería de cobre detrás de él. El silbido de una nueva fuga de Éter inestable llenó el aire.
Aleksei no esperó. Se lanzó contra Müller, no con técnica de esgrima, sino con peso. Chocaron en la plataforma metálica que vibraba bajo sus pies. El sable de Aleksei chocó contra el cañón de la pistola vacía de Müller, desarmándolo con un golpe seco.
Müller, aunque era un oficial, no era un guerrero físico. Retrocedió, asustado, hacia el borde de la plataforma, que daba al pozo de los hornos ardientes. —Estás loco, Ivanov. Si destruyes esta sala, nos matarás a todos.
—Mejor todos muertos que viviendo bajo vuestras mentiras —dijo Aleksei, acorralándolo.
Abajo, el vapor había inhabilitado a la mayoría de los guardias. Olek y Sofía habían bajado de la galería y se estaban abriendo paso hacia la consola de control de la columna de Éter, aprovechando el caos.
Aleksei levantó el sable para el golpe final.
Pero en ese momento, la columna de Éter detrás de ellos soltó un aullido disonante. El cristal se agrietó. El carbón y el vapor habían forzado la reacción en cadena. Müller, en su locura, lo había logrado: la matriz estaba despertando, pero estaba corrupta.
Un anillo de luz roja furiosa salió disparado de la columna, atravesando la sala de máquinas y subiendo hacia el Palacio.
El suelo empezó a temblar. No era un temblor geológico. Era el Palacio de Invierno entero, crujiendo y temblando mientras la energía inestable de Tartaria se abría paso por las tuberías ocultas.
Müller sonrió, una sonrisa demente y triunfal. —Demasiado tarde, profesor. He encendido el fuego. Y ahora, vais a arder todos.
Una nueva explosión de vapor, esta vez de la propia columna corrupta, envolvió la plataforma, separando a Aleksei de Müller en una nube impenetrable de Éter rojo y gas ardiente.
Estaban dentro. Habían reventado la sala de máquinas. Pero la cuenta atrás para el fin del mundo había dejado de ser una teoría para convertirse en un terremoto físico.