CAPÍTULO 39 Las venas del imperio
El estruendo de la puerta de roble cediendo a sus espaldas resonó como un cañonazo en la oscuridad de las cocinas.
Aleksei, Sofía y Olek ya estaban a veinte metros de distancia, deslizándose por un pasillo estrecho con el techo abovedado de ladrillo. Detrás de ellos, la luz amarilla de las linternas de aceite de los guardias rasgó las sombras de las cocinas, acompañada de gritos ahogados por el eco.
—¡Buscad en las despensas! —ordenó una voz ronca—. ¡No han podido ir lejos!
—Por aquí —susurró Sofía, tirando de la manga de Aleksei.
Ella se movía con una seguridad asombrosa en la penumbra.
Se desviaron por un corredor aún más estrecho que olía fuertemente a humedad y vino rancio.
—Mi padre me enseñó los planos de los sótanos —explicó ella en un murmullo apenas perceptible—.
Este es el Corredor de los Coperos. Lleva directamente a las bodegas bajo el ala este.
Los zares odian ver a los sirvientes, así que toda la logística del palacio discurre por estos túneles. Son las venas del edificio.
Avanzaron a tientas. Aleksei mantenía la mano izquierda apoyada en la pared de piedra fría para no perder el equilibrio, apretando el sable robado con la derecha.
Cada paso era una tortura para sus costillas, pero el miedo a ser atrapados actuaba como un anestésico temporal.
Olek cerraba la marcha, caminando de espaldas a veces para asegurarse de que las luces de los guardias no les seguían.
De repente, un resplandor anaranjado tembló al final del pasillo, doblando la esquina. Y con la luz, el inconfundible sonido de botas militares marchando sobre la piedra.
—Patrulla —siseó Olek.
Aleksei miró a su alrededor desesperado.
A su derecha, había una puerta de madera medio podrida con un cerrojo oxidado.
Sin pensarlo, empujó la puerta con el hombro.
Cedió con un leve chirrido. Se metieron de un salto en la habitación y Olek cerró la puerta con cuidado, dejando solo una rendija del grosor de un dedo para mirar.
Estaban en una carbonera. El polvo negro se levantó a su alrededor, asfixiante, metiéndose en los pulmones de Aleksei, que tuvo que morderse el antebrazo para ahogar un ataque de tos.
La patrulla pasó por delante de la rendija.
Eran cuatro guardias del Regimiento Preobrazhensky, con las bayonetas caladas y caras de cansancio extremo.
—...dicen que la Zarina ha sido evacuada a la Fortaleza —murmuraba uno de los soldados, su voz filtrándose por la madera—.
Medio San Petersburgo está destrozando las calles.
Si abren fuego desde los puentes, será una carnicería.
—A mí me preocupa más lo de abajo —respondió otro, deteniéndose un momento a escasos centímetros de la puerta de la carbonera.
Aleksei contuvo la respiración, con el sable en alto—.
Ese comandante extranjero, Müller. Ha requisado todas las reservas de carbón del ala este.
Está quemando todo en esas máquinas del diablo que hay en los cimientos.
El suelo del Salón del Trono está que hierve.
—Órdenes son órdenes. Vamos, revisad las bodegas de hielo.
Los pasos se alejaron, fundiéndose con el silencio del subsuelo.
Olek dejó escapar un suspiro tembloroso y se limpió el sudor manchado de polvo de carbón de la frente. —Están asustados —dijo el chico con una sonrisa torcida—. Sus propios soldados no saben qué está haciendo Müller.
—Está desesperado —dijo Sofía, su voz tensa—. Y un hombre desesperado con acceso a la tecnología del Éter es más peligroso que un ejército. Tenemos que seguir.
Salieron de la carbonera y continuaron por el corredor, que comenzó a descender en una suave pendiente. A medida que avanzaban hacia el ala este, el ambiente cambió drásticamente. El frío húmedo de los sótanos imperiales fue reemplazado por un calor opresivo, casi sofocante.
Aleksei empezó a sudar profusamente bajo su abrigo pesado.
El aire olía a azufre, a grasa de máquina quemada y a la presión estática de una tormenta de verano a punto de estallar.
El suelo bajo sus botas dejó de ser de adoquines de granito del siglo XVIII.
Pasaron una línea invisible en la arquitectura, y de repente, estaban pisando grandes bloques de piedra blanca, lisos y encajados sin argamasa.
Habían llegado a los cimientos originales.
Habían vuelto a la estructura de Tartaria.
Un zumbido grave, como el latido de un corazón mecánico gigante, hacía vibrar las paredes de piedra.
—Mirad la luz —señaló Olek hacia el final del túnel.
No era la luz amarilla de las linternas de aceite. Era un resplandor rojizo, furioso e intermitente, que proyectaba sombras alargadas sobre el suelo blanco.
Avanzaron agachados hasta llegar a una pesada reja de hierro forjado que daba a una galería superior. Aleksei se asomó entre los barrotes. Lo que vio le heló la sangre a pesar del calor asfixiante.
Debajo de ellos, en una caverna inmensa que los arquitectos imperiales habían intentado ocultar, Müller había montado un infierno improvisado.
No quedaba rastro de la elegancia silenciosa y violeta de Agartha.
El Comandante había conectado toscas calderas de vapor del siglo XVIII, alimentadas con toneladas de carbón, a una antigua y enorme columna de cristal y cobre que se hundía en la tierra: el Conducto Principal.
Decenas de hombres semidesnudos y cubiertos de hollín paleaban carbón sin descanso hacia los hornos rugientes.
El vapor a presión escapaba por las juntas mal selladas con chillidos agudos.
Y en el centro de todo, la columna de cobre vibraba con una luz roja inestable, no violeta. Era una energía enferma, forzada.
Müller estaba de pie en una plataforma metálica elevada, vestido con su uniforme militar impecable que desentonaba con la suciedad del lugar. Gritaba órdenes a sus ingenieros.
—¡Más presión! —rugió Müller, golpeando la barandilla—. ¡La válvula principal no se abre! ¡Necesitamos más calor para romper el bloqueo gravitacional que impusieron esos bastardos!
—¡Comandante, la contención no aguantará! —gritó un ingeniero, tapándose los oídos por el ruido del vapor—. ¡Si forzamos el Éter con energía térmica sucia, la reacción en cadena destruirá la matriz! ¡Volaremos el Palacio y media ciudad con él!
Müller sacó su pistola de chispa y apuntó al ingeniero directamente a la cabeza. —Si no reiniciamos Agartha, el Zar nos colgará a todos de los puentes mañana al amanecer. ¡Abre las válvulas de presión, o te vuelo los sesos y lo hago yo mismo!
Arriba, en la galería, Aleksei miró a Sofía.
El rostro de la joven estaba iluminado por el resplandor rojo del Éter corrompido.
Estaba aterrada. —El Éter... se está quemando —susurró ella, retrocediendo un paso—.
No está fluyendo, se está estancando y calentando.
Si esa columna se quiebra, la explosión será como cien polvorines.
—Tenemos que parar esas calderas —dijo Olek, mirando la docena de guardias armados que vigilaban el perímetro de la sala de máquinas—.
Pero, Padrino... ahí abajo hay veinte tíos, y nosotros tenemos dos espadas y media.
No podemos entrar por la puerta principal y pedirles amablemente que dejen de palear carbón.
Aleksei observó la estructura de la inmensa caverna.
Su mente de cartógrafo y académico analizó el espacio, no como un campo de batalla, sino como un mapa de vulnerabilidades.
Vio las tuberías de vapor sobrepresurizadas que cruzaban el techo justo por encima de los guardias.
Vio las inmensas pilas de carbón. Y vio la enorme cadena del montacargas industrial que colgaba a escasos metros de su galería, utilizada para bajar la maquinaria pesada.
Aleksei apretó la empuñadura de su sable.
Las costillas le dolían, pero el pánico de Müller le había dado la respuesta.
— No vamos a pedirlo por favor, Olek —dijo Aleksei, con una calma glacial que contrastaba con el calor de la sala—.
Vamos a provocar el accidente antes de que él pueda causar la explosión. Vamos a reventar las válvulas de vapor.