CAPÍTULO 38 Sangre en la nieve de palacio
El joven soldado no tuvo tiempo ni de parpadear.
La pesada lona encerada aún estaba cayendo hacia atrás cuando Aleksei saltó.
No usó el filo del sable imperial; no era un carnicero.
Usó la pesada guarnición de latón de la empuñadura y golpeó al chico directamente en la sien.
El soldado se desplomó sin emitir un sonido, cayendo a plomo sobre los adoquines cubiertos de escarcha.
—¡Fuera! ¡Ya! —siseó Aleksei, saltando del carro.
Olek aterrizó a su lado, con su sable desenvainado brillando bajo la luz plomiza de la mañana.
Se giró y ayudó a Sofía a bajar, amortiguando su caída.
Se encontraron en medio de un caos logístico.
El patio de armas del Palacio de Invierno era un hormiguero de casacas verdes de la Guardia Preobrazhensky, caballos resoplando y oficiales gritando órdenes por encima del ruido de los disturbios que llegaba desde el otro lado del puente.
El espeso humo negro de las calderas de emergencia que Müller estaba forzando lo cubría todo con una neblina aceitosa.
Ese humo fue su única ventaja.
—Hacia los arcos de la izquierda —ordenó Aleksei en un susurro ronco, señalando una galería porticada que llevaba a las cocinas—. Pegados a los carros.
Avanzaron agachados, usando los enormes percherones y los carros de munición como cobertura. El corazón de Aleksei latía tan fuerte que creía que los soldados cercanos podrían oírlo.
Estaban a veinte metros de la puerta de servicio de roble macizo.
Diez metros. De repente, un sargento con un enorme bigote encerado dobló la esquina del carro contiguo, llevando un pliego de papeles en la mano.
Se topó de bruces con ellos. El oficial miró a Aleksei, luego a Sofía, y luego a los sables desenvainados.
—¡Intru...! —el grito del sargento murió en su garganta.
Olek, moviéndose con la velocidad de un gato callejero acorralado, se deslizó por debajo de la guardia del oficial y le asestó un golpe con el pomo del sable en el estómago, seguido de una patada en la rodilla. El sargento cayó al suelo con un jadeo ahogado.
Pero el daño ya estaba hecho. Dos soldados que descargaban harina a pocos metros se giraron. —¡Ahí! ¡Junto a los carros! —gritó uno, levantando su mosquete.
—¡Corred! —rugió Aleksei.
El sigilo se había evaporado. Se lanzaron a un sprint suicida hacia los arcos. ¡PUM! El disparo del mosquete resonó en el patio, ensordecedor. La bala de plomo destrozó el estuco de una columna a medio metro de la cabeza de Sofía, lloviendo polvo blanco sobre su cabello.
El patio entero se volvió hacia ellos. Los gritos de "¡Alarma!" resonaron desde los muros. Varios guardias sacaron sus sables y cargaron contra ellos.
Aleksei se detuvo en seco frente a la puerta de servicio, interponiéndose entre Sofía y los guardias que se acercaban.
Un soldado corpulento le lanzó una estocada brutal.
Aleksei, que solo conocía la teoría de la esgrima de sus días de cadete cartógrafo, bloqueó el golpe a duras penas.
El impacto vibró por todo su brazo derecho, arrancándole un grito de dolor al tirar de sus costillas rotas.
Aprovechando el rebote de las hojas, Aleksei dio un paso al frente y golpeó al guardia en la mandíbula con el puño vendado de su mano izquierda. El hombre trastabilló.
Olek cubría el otro flanco. Un soldado intentó clavarle una bayoneta, pero el chico giró sobre sus talones, desviando el arma larga con su sable, y le propinó un codazo en la cara.
—¡Está cerrada! —gritó Sofía, empujando con desesperación la pesada manivela de hierro de la puerta de las cocinas—. ¡Aleksei, tiene la cerradura echada por dentro!
Los soldados se multiplicaban. Tres más corrían hacia ellos, y en los balcones superiores empezaban a asomar tiradores. Estaban atrapados contra la pared.
—¡Aparta! —gritó Aleksei.
Se giró hacia la puerta, agarró su pesado sable imperial con ambas manos, levantó el arma por encima de su cabeza y descargó un golpe salvaje contra la cerradura de hierro y madera.
¡CRASH! Las chispas saltaron. La hoja del sable, de acero toledano de la mejor calidad, mordió la madera vieja pero no rompió el hierro.
—¡Van a disparar! —avisó Olek, viendo a los tiradores apuntar desde el balcón.
Aleksei levantó el sable de nuevo, ignorando el fuego ardiente en su pecho.
Visualizó el mecanismo interior, imaginó el punto exacto donde el pestillo se unía al marco.
Lanzó un segundo golpe, poniendo en él toda la rabia acumulada de los últimos días, todo el dolor y toda la desesperación.
¡CRAAACK! La cerradura de hierro forjado estalló en pedazos.
La pesada hoja de roble cedió hacia el interior con un crujido.
—¡Dentro, dentro, dentro! —Aleksei empujó a Sofía hacia la oscuridad de las cocinas y agarró a Olek de la chaqueta, tirando de él.
Aleksei fue el último en entrar. Se giró justo cuando una ráfaga de tres disparos de mosquete astillaba el marco exterior de la puerta. Con un empujón final, cerró la pesada hoja de roble y echó el grueso travesaño de madera maciza para bloquearla.
Un segundo después, los cuerpos de los soldados chocaron contra el exterior de la puerta. Empezaron a golpear la madera con las culatas de sus armas, gritando como una jauría enfurecida. Pero el travesaño aguantó.
Aleksei se dejó caer de rodillas sobre las baldosas frías, soltando el sable. Respiraba a bocanadas, tosiendo y agarrándose el costado. El sudor le empapaba la camisa.
Sofía se arrodilló a su lado, apartándole el pelo húmedo de la frente. —Lo logramos... estamos dentro del Palacio.
El interior estaba sumido en una oscuridad casi total, iluminado solo por la luz grisácea que se filtraba por unos pequeños ventanucos a ras de techo.
Estaban en las inmensas cocinas imperiales.
Había fogones apagados del tamaño de carruajes, cacerolas de cobre colgadas que parecían escudos, y un olor persistente a grasa fría y leña quemada.
Olek se asomó a un pasillo oscuro que se perdía en las entrañas del edificio. —Estamos en las cocinas del zar —dijo el chico, intentando recuperar el aliento—. Padrino, si salimos de esta, voy a robarme unos cubiertos de plata.
Aleksei soltó una carcajada débil y dolorosa, que se transformó en una tos seca.
Se puso en pie apoyándose en uno de los enormes mesados de madera de roble.
—No estamos aquí por la plata, Olek. El humo que vimos fuera venía del ala este.
Müller debe estar en la antigua sala de máquinas, bajo el Salón del Trono.
Sofía miró hacia el pasillo oscuro. El Palacio de Invierno era un laberinto de cientos de habitaciones, pasillos secretos y pasadizos para los sirvientes.
Y ahora estaba lleno de soldados a oscuras, furiosos y asustados.
—Tendremos que cruzar los sótanos —dijo ella—.
Si vamos por las plantas superiores, nos verán enseguida.
BUM. BUM. BUM. Los golpes en la puerta de servicio se hicieron más rítmicos. Empezaban a usar un ariete improvisado. La madera gruñía.
—Tenemos menos de un minuto antes de que tiren esa puerta —dijo Aleksei, recogiendo su sable y ajustando su agarre—. Quedaos en las sombras. No hagáis ruido. En este palacio, ahora mismo, el silencio es nuestra única armadura.
Se adentraron en la negrura de los pasillos del servicio, adentrándose en el vientre de la bestia, buscando al hombre que estaba a punto de hacer volar el mundo.