CAPÍTULO 37 El caballo de lona y madera
El aire de San Petersburgo olía a pólvora negra y a ira contenida.
Se alejaron del epicentro de los disturbios, moviéndose como sombras por los callejones paralelos a la orilla del Neva.
El río, gris y agitado, estaba bloqueado.
En el Puente del Palacio, la principal arteria que conectaba la isla con la residencia imperial, la Guardia Preobrazhensky había levantado una barricada de carros volcados y caballos de frisia.
Aleksei, asomado desde la esquina de una taberna cerrada, evaluó la situación.
Sus costillas eran un tormento constante, obligándole a respirar de forma superficial.
—Imposible cruzar a pie —susurró, limpiándose el sudor frío de la frente—.
Tienen tres filas de mosqueteros y dos cañones de bronce apuntando a la avenida.
Si la multitud intenta tomar el puente, los barrerán.
—Y nosotros no sabemos volar —gruñó Olek, masajeándose la muñeca—. Padrino, dijiste colarnos en un transporte militar, pero esos soldados están más tensos que la cuerda de un violín. Dispararán a una rata si corre demasiado rápido.
Sofía observaba el puente con intensidad. Sus ojos se fijaron en la retaguardia de la barricada, en el lado de la isla. —No miréis a los que vigilan —dijo ella, señalando con un dedo tembloroso por el frío—. Mirad a los que abastecen.
Aleksei siguió su mirada. Unos cincuenta metros antes del puente, en una plaza empedrada, el ejército estaba organizando una línea de suministros apresurada.
Sin los vehículos flotantes ni los autómatas de carga de Agartha, los militares del Grupo de los 7 habían tenido que recurrir a la logística tradicional.
Había media docena de carromatos pesados, tirados por caballos percherones nerviosos, cargados con barriles de pólvora, cajas de munición y raciones.
Estaban esperando la orden para cruzar el puente y atrincherarse en el patio del Palacio de Invierno.
—Son carros de intendencia —dijo Aleksei, comprendiendo el plan—. Van a fortificar el Palacio contra su propio pueblo.
—El tercer carro —señaló Olek, con ojo experto de ladrón callejero—. La lona trasera está mal atada. Y el cochero está distraído discutiendo con un oficial. Si hay otra carga de la multitud, podríamos meter la cabeza.
Aleksei asintió. Era un plan suicida, pero era el único plan. —Cuando grite, corremos. Sofía, tú en el centro. Olek, si un guardia nos ve, no pelees. Huye y piérdete en la multitud.
—No voy a dejaros, Padrino.
—Es una orden, Olek.
Esperaron. El rugido de la turba en la avenida principal subió de intensidad.
De repente, un grupo de obreros del puerto, armados con antorchas improvisadas, dobló la esquina hacia la plaza de suministros, cantando consignas contra los zares.
El oficial al mando de los carros desenvainó su sable.
—¡Agarrad a los caballos! —gritó, mientras los animales relinchaban asustados por el fuego—. ¡Línea de fuego, preparad armas!
Los soldados formaron una barrera humana para proteger los suministros, dándole la espalda a los carros. El caos fue total.
—¡Ahora! —rugió Aleksei.
Salieron de su escondite. Corrieron los cincuenta metros más largos de sus vidas. Aleksei sentía que los pulmones le iban a estallar, pero empujó a Sofía hacia adelante, manteniéndose entre ella y la línea de soldados. Llegaron a la parte trasera del tercer carro.
Olek fue el primero. Levantó la pesada lona encerada con su mano sana y saltó al interior.
Luego, se asomó, agarró a Sofía por los brazos y tiró de ella mientras Aleksei la empujaba por la cintura.
Sofía rodó hacia el interior oscuro, aterrizando sobre unos sacos de grano.
Finalmente, Aleksei se impulsó hacia arriba.
Sus botas resbalaron en la madera húmeda.
Un soldado de la retaguardia giró la cabeza al oír el roce.
—¡Eh, tú! —gritó el guardia, levantando el mosquete.
Olek agarró a Aleksei del cuello del abrigo y tiró con una fuerza desesperada, metiéndolo de un tirón bajo la lona justo cuando el mosquete disparó. La bala de plomo perforó la madera del portón trasero, astillándola a escasos centímetros de la bota de Aleksei.
Se quedaron completamente quietos en la oscuridad, rodeados de cajas de munición que olían a grasa de armas, sin atreverse ni a respirar.
Fuera, se oyó la voz furiosa del oficial. —¡Idiota! ¡Casi le das a la pólvora! ¿A qué le disparabas? —Yo... yo creí ver una sombra en el carro, señor. Un saqueador. —¡No hay saqueadores, hay una maldita rebelión! ¡Arriba esos carros! ¡Moveos al Palacio antes de que nos quemen vivos!
Se oyó el chasquido de un látigo y el grito de los cocheros. El carro dio una sacudida violenta que hizo que Aleksei se mordiera la lengua. Las pesadas ruedas de madera revestidas de hierro empezaron a rodar sobre los adoquines.
Estaban en movimiento. Aleksei se arrastró en la oscuridad hasta quedar junto a Sofía. Ella temblaba. Él le tomó la mano; estaba helada, pero el pulso era fuerte. —Estamos dentro —susurró él, apenas audible sobre el traqueteo de las ruedas.
Olek se asomó por un pequeño agujero en la lona. Un hilo de luz gris iluminaba su rostro sucio de hollín. —Estamos cruzando el puente —informó el chico en un susurro—. A ambos lados hay soldados apuntando hacia el río. Si hubiéramos ido en bote, nos habrían hecho un colador.
El traqueteo cambió de sonido. Pasaron de los adoquines irregulares del puente a la piedra lisa y pulida de la explanada del Palacio de Invierno.
La tensión en el interior del carro era asfixiante.
Sabían que, en cualquier momento, el carro se detendría y los soldados levantarían la lona para descargar las armas.
—Padrino... —susurró Olek—. Cuando abran esto, no vamos a tener tiempo de dar explicaciones.
Aleksei tanteó en la oscuridad. Sus manos encontraron una caja de madera alargada.
Reconoció los cierres de latón por su época en el ejército antes de ser profesor.
Abrió la caja. Estaba llena de pesados sables de caballería imperial, afilados y engrasados.
Sacó tres. Le pasó uno a Olek y otro a Sofía.
—No vamos a dar explicaciones —dijo Aleksei, agarrando la empuñadura de cuero con sus manos vendadas. El peso del arma le dio una extraña sensación de seguridad—. En cuanto la lona se levante, cortamos y corremos. Buscamos las puertas de servicio de las cocinas.
El carro redujo la velocidad. Se oyeron las pesadas bisagras de hierro de las puertas principales del Palacio de Invierno abriéndose. Claaaang.
El vehículo entró en el gran patio de armas interior. Las ruedas se detuvieron con un chirrido de los frenos de madera. Voces resonaron por todas partes. Órdenes, relinchos, el sonido de botas marchando en formación. Estaban en el corazón mismo del poder del Grupo de los 7.
—¡Descargad la munición! —gritó una voz autoritaria muy cerca de ellos—. ¡Llevadla a la galería este! ¡Y revisad los sacos de grano!
Escucharon pasos acercándose a la parte trasera del carro. Unas manos rudas empezaron a desatar las cuerdas que sujetaban la lona.
Aleksei se puso en cuclillas, levantando el sable. Su corazón golpeaba contra sus costillas magulladas. Miró a Olek y a Sofía, que asintieron en silencio, listos para la explosión.
La gruesa lona encerada fue tirada hacia atrás de un golpe, dejando entrar la luz pálida de la mañana y revelando el rostro sorprendido de un joven soldado de intendencia.
Aleksei no le dio tiempo a gritar.