CAPÍTULO 36 Las calles rotas
El frío del exterior fue como una bofetada que les devolvió la cordura. Salieron de la Academia Imperial por una puerta lateral, dejando atrás el polvo, el humo tóxico y los gemidos amortiguados del Lobo bajo la campana.
Aleksei se apoyó contra la pared exterior de ladrillo rojo, respirando el aire gélido del Neva.
Le dolía respirar, le dolía moverse, le dolía existir.
Pero estaban vivos. Sofía le rodeó la cintura con el brazo, sirviéndole de muleta improvisada, mientras Olek vigilaba la calle con su escopeta inútil, aún cubierto de polvo blanco.
—Tenemos que movernos —dijo el chico, escupiendo yeso—. Si los mercenarios de Sergei se reagrupan o si llega la guardia de la ciudad, nos fusilarán contra esta misma pared.
—Escucha... —susurró Sofía.
Aleksei cerró los ojos y prestó atención.
San Petersburgo ya no estaba en silencio.
Un rumor grave y constante subía desde el centro de la Isla Vasilievsky y cruzaba el río desde el lado del Palacio.
No era el sonido mecánico de las calderas ni el trote ordenado de los caballos militares.
Era un sonido orgánico, caótico y masivo. Eran voces humanas. Miles de ellas.
Caminaron a duras penas hasta la esquina de la Avenida Menor, manteniéndose en las sombras de los edificios. Al asomarse, la visión les dejó sin aliento.
La ciudad había estallado.
La avenida, normalmente una arteria ordenada de comerciantes y carruajes, era un río de gente enfurecida.
Hombres y mujeres con herramientas de trabajo —picos, palas de carbón, barras de hierro— habían bloqueado el paso de los carromatos.
Aleksei vio a un grupo de estibadores arrancando los pesados adoquines de granito de la calzada con palancas improvisadas, cantando al unísono con cada tirón.
¡CLANK! Un adoquín voló por los aires. ¡CLANK! Otro más.
Estaban cavando. Justo delante de las elegantes fachadas de los edificios nobles, la gente estaba abriendo zanjas en la calle congelada. Querían ver los cimientos. Querían ver las ventanas ocultas de las que hablaba el panfleto.
Un cordón de la Guardia de la Ciudad, vestidos con sus uniformes verdes y armados con mosquetes con bayoneta, intentaba contener a la multitud en el cruce principal. El oficial al mando, montado en un caballo blanco que se encabritaba nervioso, gritaba órdenes que se perdían en el tumulto.
—¡Dispersaos en nombre de la Zarina! —vociferaba el oficial, desenvainando su sable—. ¡Estáis destruyendo propiedad imperial!
Una mujer mayor, con un delantal manchado de sangre de pescado, dio un paso al frente y le arrojó uno de los panfletos arrugados directamente a la cara del caballo. —¡La propiedad es nuestra! —gritó ella, con la voz desgarrada—. ¡Nos habéis enterrado vivos! ¡Devolvednos la luz!
La multitud rugió en señal de apoyo. Alguien lanzó una piedra que rebotó en el casco de bronce de un guardia. Los soldados cerraron filas, bajando las bayonetas. La tensión era un polvorín a punto de estallar.
Aleksei miró la escena, fascinado y aterrorizado a partes iguales. Su papel, impreso en la oscuridad de un sótano, había prendido fuego a la capital del Imperio. —Funcionó —murmuró Olek, con los ojos brillando de pura adrenalina—. Padrino, de verdad que lo has conseguido. Están buscando Tartaria.
—Hemos creado un monstruo —dijo Aleksei, sintiendo el peso de la responsabilidad aplastándole los hombros—. Si la guardia dispara... habrá una masacre.
—No podemos detenerlo, Aleksei —Sofía le apretó el brazo—. Esto ya no es nuestro. Es suyo. El Grupo de los 7 los ha mantenido en la oscuridad demasiado tiempo. La luz ciega al principio, y la verdad duele. Pero es la única forma.
De repente, un sonido atronador resonó desde el otro lado del río, haciendo vibrar los cristales de las ventanas intactas. Todos en la calle, tanto civiles como militares, se quedaron paralizados, mirando hacia el sur.
Desde la fortaleza del Palacio de Invierno, una densa columna de humo negro empezaba a elevarse hacia el cielo gris del amanecer. No era humo de chimenea; era espeso, aceitoso, como si estuvieran quemando algo inmenso.
—¿Qué es eso? —preguntó Olek, entrecerrando los ojos.
—Müller —dijo Sofía. Su voz perdió toda la calidez—.
El apagón que provocamos le ha quitado el control sutil de Agartha.
Ahora está entrando en pánico. Ese humo...
son las calderas de emergencia. Está intentando purgar las válvulas de Éter manualmente para reiniciar la Torre Principal desde la superficie.
Aleksei la miró, comprendiendo la gravedad de la situación. —Si reinicia la Torre Principal con los generadores de emergencia de la superficie... recuperarán la energía. Recuperarán sus armas.
—Y si lo hace sin equilibrar la presión subterránea que nosotros bloqueamos en la Cámara Auxiliar...
—Sofía tragó saliva—. La sobrecarga hará estallar Agartha entera.
Los Jardineros, los Gigantes dormidos, la historia completa de Tartaria...
todo se reducirá a cenizas radiactivas. Y San Petersburgo se hundirá en el cráter.
El silencio entre los tres fue absoluto, roto solo por los gritos lejanos de la revuelta. Habían ganado tiempo. Habían ganado una distracción perfecta. Pero el reloj del fin del mundo acababa de empezar a correr.
Aleksei se enderezó, ignorando el fuego en sus costillas.
Ya no era el momento de lamerse las heridas.
—El Palacio de Invierno —dijo, con una determinación que sorprendió a Olek—.
Toda la guardia imperial está aquí, intentando contener los disturbios de los panfletos.
La entrada principal del Palacio debe estar bajo mínimos.
—¿Quieres volver a meter la cabeza en la boca del león? —preguntó Olek, aunque no sonaba asustado, sino extrañamente emocionado.
—Quiero cortarle la cabeza al león —Aleksei miró a Sofía—. Tenemos que llegar al Palacio, encontrar el acceso de emergencia de Müller y bajar a la Torre antes de que reinicie el sistema. Esta vez, no vamos a apagar Agartha. Vamos a arrebatársela.
Se giraron hacia el río. A través de la niebla que se disipaba y el humo negro que oscurecía el sol naciente, el inmenso Palacio de Invierno los esperaba. La verdadera guerra acababa de empezar.