Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 35 El peso de la fe
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CAPÍTULO 35 El peso de la fe

El pasillo del tercer piso parecía estirarse como un chicle. Los pulmones de Aleksei ardían, pidiendo un aire que el humo tóxico del piso de abajo había enrarecido. Al final del corredor, flanqueada por dos columnas de mármol negro, se alzaba la doble puerta de roble de la Capilla Académica.

—¡Abrid! —gritó Olek, golpeando la madera con el cañón de su escopeta—. ¡Decano, abra la maldita puerta!

Se oyó el chirrido de un mueble pesado arrastrándose por el suelo al otro lado, seguido del clac de un cerrojo.

La puerta se abrió una rendija. La cara pálida y sudorosa del Decano Vorobyov asomó por el hueco.

Aleksei y Olek se colaron a la fuerza, empujando al viejo, y volvieron a cerrar la puerta de golpe.

Olek tiró el pestillo y ambos empujaron un pesado banco de confesionario contra la madera.

La capilla era un espacio circular, iluminado por una única claraboya de cristal plomado en el techo.

No había bancos para rezar, solo sillerías de coro adosadas a las paredes cilíndricas.

En el centro exacto del suelo de baldosas ajedrezadas, una gruesa cuerda de cáñamo subía en línea recta hacia la oscuridad de la cúpula, donde colgaba la Campana de los Fundadores, una mole de bronce de dos toneladas.

Sofía corrió hacia Aleksei. Le tocó la cara, manchada de hollín y sangre. —¿Estás bien? ¿Dónde están?

—Subiendo —jadeó Aleksei, apoyando la espalda contra el confesionario—. El fuego solo le ha retrasado.

BUM. Un golpe sordo hizo temblar la puerta de roble. El polvo cayó del marco.

BUM. El confesionario se desplazó un centímetro. El Decano retrocedió, santiguándose con manos temblorosas. —No puede ser... es madera maciza, reforzada con hierro...

¡CRACK! La hoja brillante del machete de Sergei atravesó el roble como si fuera papel mojado, abriendo una grieta a la altura de la cerradura. La hoja se retiró y volvió a golpear, astillando la madera.

Aleksei apretó su tubo de plomo. Miró a su alrededor. La capilla era una trampa mortal. No había ventanas por las que saltar, solo la claraboya a diez metros de altura. Miró la gruesa cuerda en el centro de la sala. Estaba atada a un cabrestante de hierro forjado fijado al suelo con pesados pernos.

—Olek —susurró Aleksei—. El cabrestante de la campana. Si libero el freno, caerá a plomo.

Olek miró hacia arriba, a la oscuridad de la cúpula, y luego al centro del suelo ajedrezado. —Si la sueltas, aplastará el suelo. Caerá hasta el vestíbulo.

—Esa es la idea —dijo Aleksei.

¡CRAAASH! La puerta cedió. El confesionario salió despedido hacia atrás con un chirrido agónico. Sergei entró en la capilla.

El Lobo parecía una pesadilla esculpida en carne y metal.

Su camisa de lino estaba quemada en los bordes.

Su rostro, manchado de hollín, enmarcaba unos ojos inyectados en sangre que se fijaron inmediatamente en Sofía.

Sus tres mercenarios se asomaron por detrás, con los mosquetes listos, tosiendo por el humo.

—Quedaos en la puerta —ordenó Sergei a sus hombres, con la voz rota y ronca—. Disparad a quien intente salir. Estos son míos.

Sergei avanzó hacia el centro de la sala.

Olek fue el primero en moverse. El chico soltó un grito de rabia, levantó su escopeta vacía como un garrote y se lanzó contra el gigante.

Era valiente, pero inútil. Sergei ni siquiera levantó el machete.

Esquivó el golpe de Olek moviendo ligeramente el torso, agarró al chico por la solapa del abrigo con su mano libre y lo lanzó por los aires.

Olek chocó brutalmente contra la sillería del coro de madera tallada y cayó al suelo, inerte.

—¡Olek! —gritó Sofía, dando un paso adelante.

—¡Quieta! —Aleksei se interpuso entre ella y Sergei. Agarró su tubo de plomo con ambas manos, ignorando el fuego en sus nudillos y el latido agonizante de sus costillas rotas.

Sergei ladeó la cabeza, mirando a Aleksei con una mezcla de lástima y desprecio. —Has luchado bien para ser un rata de biblioteca, Ivanov. Has matado a mis hombres. Has apagado mi mundo. Pero el juego termina aquí. Esto es por Katia.

Sergei cargó. No fue elegante. Fue como ser arrollado por una locomotora.

El mercenario lanzó un tajo descendente con el machete.

Aleksei levantó el tubo de plomo para bloquear.

El impacto hizo que las chispas saltaran en la penumbra de la capilla.

La fuerza del golpe obligó a Aleksei a hincar una rodilla en el suelo. El tubo de plomo se dobló por el medio.

Sergei retiró el machete y soltó una patada directa al pecho de Aleksei.

Aleksei salió despedido, deslizándose por las baldosas pulidas hasta chocar contra la base del cabrestante de hierro de la campana.

Se quedó sin aire. El mundo se volvió gris.

Escupió sangre; esta vez sintió el sabor metálico desde lo más profundo de su garganta. No podía levantarse.

Sergei avanzó lentamente hacia él, arrastrando la punta del machete por las baldosas. Scriiiich.

—Voy a cortarte las manos —susurró Sergei—. Esas manos que imprimen mentiras.

—¡Déjalo! —gritó Sofía.

La joven corrió hacia el centro de la sala, interponiéndose entre el Lobo y Aleksei. Sus ojos violetas no brillaban con tecnología antigua, brillaban con rabia pura y humana.

Sergei se detuvo, justo en el centro exacto de la sala, sobre las baldosas negras y blancas, a menos de un metro de la gruesa cuerda de la campana. —Apártate, niña. Tú eres mercancía. Müller te quiere viva para encender su juguetito.

—Müller es un idiota —escupió Sofía—. Y tú eres su perro.

Sergei gruñó, levantando su brazo libre para apartarla de un manotazo.

Aleksei, tirado junto al cabrestante de hierro, vio la oportunidad. Sergei estaba exactamente donde lo quería: en el centro. Sus manos buscaron a ciegas la gran palanca roja del freno de emergencia del cabrestante. Sus dedos resbalaban por la sangre.

—¡Cierra los ojos, Sofía! —rugió Aleksei.

Reuniendo la última gota de fuerza que le quedaba, Aleksei tiró de la palanca de hierro hacia atrás. Un chirrido metálico ensordecedor llenó la cúpula. El trinquete de seguridad saltó.

La Campana de los Fundadores, de dos toneladas de bronce macizo, se liberó de su anclaje en el techo. Cayó.

No fue una caída limpia. Fue un descenso atronador. La fricción de la gruesa cuerda de cáñamo al desenrollarse del cabrestante olía a quemado.

Sergei miró hacia arriba una fracción de segundo tarde. La campana no le dio de lleno en la cabeza, pero el inmenso borde de bronce le impactó en el hombro derecho y el costado con la fuerza de un meteorito.

El sonido del impacto fue nauseabundo. Huesos crujiendo bajo toneladas de metal. El peso de la campana destrozó las baldosas del centro de la capilla, hundiendo el suelo en un cráter de polvo de piedra y astillas de madera.

Sergei no gritó. El impacto le había sacado todo el aire de los pulmones. Quedó atrapado, con la mitad inferior de su cuerpo y su brazo derecho aplastados bajo el borde de la inmensa campana inclinada. La sangre empezó a formar un charco oscuro sobre el ajedrezado roto.

Los tres mercenarios de la puerta entraron en pánico al ver a su líder caído y levantaron los mosquetes.

Pero antes de que pudieran disparar, el suelo debajo de la campana, incapaz de soportar el impacto concentrado de dos toneladas, cedió por completo.

Con un estruendo que sacudió los cimientos de la Academia, el centro de la capilla colapsó.

La campana, y Sergei con ella, cayeron al vacío hacia el segundo piso en una nube de polvo blanco de yeso y escombros.

Aleksei se arrastró hacia atrás, tosiendo por la nube de polvo, mientras el agujero en el suelo se estabilizaba. Sofía corrió hacia él y lo ayudó a sentarse, abrazándolo con fuerza. —Te tengo —susurró ella, temblando—. Te tengo.

En la puerta, los mercenarios miraron el enorme agujero en el suelo, y luego a sus propios pies. El piso crujía peligrosamente. Sin su líder, sin tecnología, y en un edificio que amenazaba con derrumbarse, la moral se evaporó. Dieron media vuelta y huyeron por las escaleras.

Aleksei miró hacia la sillería del coro. Olek se estaba levantando, frotándose la cabeza, cubierto de polvo de yeso, pareciendo un fantasma. —Padrino... —gimió el chico, mirando el agujero gigante en el centro de la sala—. Recuérdame que nunca te enfade.

Desde las sombras del fondo, el Decano Vorobyov salió de su escondite, pálido como la cera. Se asomó con terror al borde del agujero. Abajo, en la oscuridad del segundo piso, solo se oía el sonido del polvo cayendo y un gemido bajo y burbujeante. Sergei seguía vivo, pero su caza había terminado.

Aleksei se apoyó en Sofía para ponerse en pie.

Le dolía cada fibra del cuerpo, pero su mente estaba extrañamente despejada.

Caminó cojeando hacia la puerta destrozada.

Se detuvo y miró al Decano. —Vorobyov. Cuando la guardia llegue y pregunte quién ha hecho esto...

dígales que ha sido Tartaria. Dígales que los muertos han despertado.

Miró a Sofía y a Olek. —Vámonos de aquí. La ciudad ya ha leído nuestro mensaje. Es hora de ver si arde.