Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 34 La lección de química
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CAPÍTULO 34 La lección de química

El dolor en las costillas de Aleksei había dejado de ser una punzada para convertirse en un cinturón de hierro al rojo vivo, pero la adrenalina ahogaba el sufrimiento.

Entraron por la puerta de servicio de la Academia justo cuando los primeros gritos de los mercenarios resonaban en la fachada principal, al otro lado del complejo.

—¡A las escaleras principales! —siseó Aleksei, empujando a Olek por los pasillos oscuros y forrados de caoba.

Llegaron al gran vestíbulo de la Academia Imperial. Una inmensa escalera de mármol blanco, flanqueada por estatuas de filósofos griegos, ascendía en espiral hacia los pisos superiores. En la última planta, bajo la cúpula, estaba la capilla donde se escondían Sofía y el Decano.

—Padrino, no podemos bloquear esa escalera —dijo Olek, mirando la anchura de los escalones—. Son seis tíos con mosquetes. Nos fusilarán antes de que lleguemos al primer rellano.

—No vamos a bloquearla. Vamos a convertirla en un infierno. —Aleksei corrió hacia una puerta de doble hoja a la derecha del vestíbulo—. Laboratorio de Ciencias Naturales. Ayúdame a forzar la cerradura.

Olek no lo dudó. Metió la ganzúa con su mano izquierda, forzando la postura, y con un golpe seco de su rodilla, reventó el pestillo de latón. Entraron en un aula llena de mesas de zinc, probetas de cristal, balanzas de precisión y armarios cerrados con candados.

Aleksei agarró una silla de roble y la estrelló contra la vitrina de los compuestos volátiles. El cristal estalló en mil pedazos. —¿Qué buscas? —preguntó Olek, viendo cómo el profesor revisaba los frascos con una urgencia febril.

—En el ejército usan pólvora, que es predecible —dijo Aleksei, agarrando dos frascos pesados—. Los académicos usamos cosas mucho más inestables. Coge esos dos bidones de aceite de lámpara del rincón. Rápido.

Aleksei salió al vestíbulo cargando un tarro de cristal lleno de agua en el que flotaban unos trozos amarillentos, y una botella de vidrio oscuro con la etiqueta «Óleo de Vitriolo» (ácido sulfúrico).

—¡Derrama el aceite por los primeros diez escalones de mármol! —ordenó Aleksei—. ¡Que quede resbaladizo como el hielo!

Olek destapó los bidones y esparció el aceite espeso por la piedra blanca.

Mientras tanto, Aleksei subió al primer rellano.

Sacó los trozos amarillentos del tarro de agua con unas pinzas de disección.

Era fósforo blanco . Al sacarlo del agua y entrar en contacto con el aire de la sala, el compuesto empezó a humear débilmente.

Lo esparció por el escalón superior, justo donde terminaba la mancha de aceite.

Luego, ató la botella de ácido sulfúrico a la barandilla con un trozo de cuerda, dejándola suspendida justo encima de un cubo de limpieza de zinc que había llenado con polvo de cal viva sacado del laboratorio.

¡CRASH!

Las pesadas puertas de roble de la entrada principal de la Academia cedieron con un estruendo ensordecedor. Las astillas volaron por el vestíbulo. Aleksei y Olek se agacharon tras la balaustrada de mármol del primer piso, conteniendo la respiración.

La pesada marcha de las botas militares llenó el silencio del vestíbulo. Eran cinco mercenarios. Sergei entró el último. El Lobo caminaba despacio, con el machete desenvainado y los ojos barriendo las sombras del enorme salón.

—Las huellas de barro mojado llevan a la escalera —dijo uno de los soldados, señalando el suelo.

—Están arriba —gruñó Sergei—. Piso por piso. Revisad cada maldita puerta. Si está cerrada, voladla. La mujer viva. A los otros dos, cortadles la garganta. ¡Avanzad!

Dos de los mercenarios, hombres inmensos con abrigos de lana gruesa y fusiles de chispa por delante, se adelantaron y empezaron a subir la escalinata de mármol a paso rápido.

—Espera... —le susurró Aleksei a Olek, que ya tenía su escopeta levantada como un bate—. Aún no...

Los mercenarios llegaron al tercer escalón.

Sus pesadas botas militares pisaron el mármol cubierto de aceite de lámpara.

El primero resbaló espectacularmente, perdiendo el equilibrio y cayendo de espaldas con un ruido sordo, su fusil disparándose accidentalmente hacia el techo de estuco.

El segundo soldado intentó frenar para ayudarle, pero también resbaló, cayendo de rodillas.

—¡Ahora! —gritó Aleksei.

Aleksei asomó por encima de la balaustrada y, con su tubo de plomo, golpeó la botella de ácido sulfúrico suspendida. El vidrio se hizo añicos. El ácido cayó directamente sobre el cubo lleno de cal viva.

La reacción química fue instantánea y violenta.

Un géiser de vapor corrosivo, hirviente y cegador explotó en el rellano con un siseo atronador.

La nube de gas ácido rodó escaleras abajo como una avalancha blanca, envolviendo a los dos mercenarios caídos.

Los hombres empezaron a gritar, tosiendo y llevándose las manos a la cara mientras el vapor les quemaba los ojos y las vías respiratorias.

En medio de su pánico, uno de ellos, intentando arrastrarse hacia arriba para salir del humo, apoyó la mano enguantada sobre los trozos de fósforo blanco que Aleksei había dejado en el escalón.

La fricción encendió el fósforo. Una llama brillante y cegadora estalló, prendiendo el aceite derramado en las escaleras.

En un segundo, la mitad inferior de la escalinata se convirtió en un muro de fuego.

—¡Atrás! —rugió Sergei desde el vestíbulo, cubriéndose la cara con el brazo mientras el fuego iluminaba las estatuas de los filósofos con una luz infernal. Sus otros tres hombres retrocedieron, apuntando ciegamente hacia el humo.

—¡Le toca a la infantería! —gritó Olek. El chico saltó por encima de la balaustrada, cayendo justo al borde del humo.

Con un movimiento brutal de su brazo izquierdo, golpeó la cara del soldado cegado con la culata de su escopeta vacía.

Un crujido seco resonó, y el hombre rodó escaleras abajo, envuelto en llamas, hasta chocar contra el suelo del vestíbulo.

Aleksei no se quedó atrás. Usando su tubo de plomo, golpeó el fusil del segundo soldado, desarmándolo, y le propinó un rodillazo en el pecho que lo mandó rodando junto a su compañero.

Dos menos. Quedaban cuatro.

Aleksei y Olek retrocedieron rápidamente hacia el segundo tramo de escaleras, tosiendo por los restos del vapor químico. El fuego en las escaleras era intenso, pero sabían que no duraría mucho; el aceite se consumiría pronto.

Abajo, a través del muro de llamas anaranjadas y el humo tóxico, Aleksei cruzó su mirada con Sergei.

El mercenario no gritaba. No parecía asustado ni sorprendido.

Solo parecía infinitamente cansado y letal.

Sergei apartó de una patada a su propio hombre herido y ardiendo que gemía en el suelo.

Se quitó el abrigo pesado, que le restaba movilidad, dejándolo caer.

Debajo llevaba una cota de malla ligera y camisas de lino.

Agarró su machete con ambas manos. Sin dudarlo un segundo, Sergei empezó a subir los escalones en llamas. Sus botas gruesas aplastaban el fuego. El humo parecía apartarse a su paso.

—Disparad a través del humo —ordenó Sergei a los tres soldados que quedaban abajo con él—. Mantenedlos agachados. Yo subiré a por ellos.

Las balas de plomo empezaron a silbar por encima de las cabezas de Aleksei y Olek, destrozando la barandilla de mármol y arrancando pedazos de estuco de las paredes.

—¡Corre, Olek! —gritó Aleksei, arrastrándose por el suelo del segundo piso bajo la lluvia de balas—. ¡El fuego no lo ha parado! ¡Al campanario!

Se levantaron a duras penas y empezaron a correr por el largo pasillo del segundo piso, flanqueado por retratos de antiguos zares que los miraban con severidad.

Detrás de ellos, oían el paso pesado, rítmico e incesante de Sergei terminando de subir la escalera quemada.

El Lobo ya estaba en la casa. Y había olido la sangre.