Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 33 La jauría en el laberinto
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CAPÍTULO 33 La jauría en el laberinto

El disparo del mosquete rompió el encanto de la rebelión.

Donde un segundo antes había ciudadanos indignados leyendo sobre su historia robada, ahora había una estampida de bestias aterrorizadas.

Cientos de personas corrieron despavoridas, tirando los puestos de verduras, volcando barriles y aplastando los panfletos contra el barro helado.

—¡Por aquí! —Olek tiró de la manga de Aleksei, arrastrándolo hacia el este, en dirección opuesta a la Academia.

Se zambulleron en el mar de gente. Era como nadar contra la corriente en un río de abrigos gruesos y gritos.

Aleksei recibió un codazo en las costillas que le hizo ver las estrellas, pero no se detuvo.

Miró hacia atrás por encima del hombro. Sergei no corría.

Caminaba a grandes zancadas, como un rompehielos atravesando un mar congelado.

Si alguien no se apartaba lo bastante rápido, el mercenario lo apartaba de un revés brutal con el mango del machete.

—¡Fuego a discreción! —rugió Sergei a sus hombres—. ¡Dadles a las piernas!

Dos mercenarios se arrodillaron en medio del caos, apuntando sus pesados mosquetes imperiales a través de los huecos que dejaba la multitud.

¡PUM! ¡PUM! El humo blanco y espeso de la pólvora negra inundó la plaza.

Una bala de plomo impactó en la pared de ladrillo justo por encima de la cabeza de Olek, duchando al chico con polvo rojo.

Un verdulero que corría a su lado cayó al suelo con un grito agudo, agarrándose el muslo ensangrentado.

—¡Están disparando a los civiles! —jadeó Aleksei, horrorizado. En su mente de académico, todavía había reglas no escritas. —¡Bienvenidos a mi mundo, profesor! —gritó Olek—. ¡Al callejón! ¡Ya!

Torcieron bruscamente a la izquierda, metiéndose por un pasaje estrecho entre dos almacenes de madera. El olor a pescado seco y orines los recibió de golpe. El ruido de la plaza se amortiguó ligeramente, pero los gritos de los soldados dándose órdenes resonaban a sus espaldas.

—La Isla Vasilievsky es una cuadrícula —dijo Aleksei, apoyándose en la pared un segundo para coger aire. Cada respiración era un cuchillo en su pecho—. Si seguimos por las Líneas, nos acorralarán en el río.

—No vamos a seguir las calles —Olek señaló una pila de cajas de embalaje podridas que llevaban a un tejadillo bajo—. Vamos por la ruta de los gatos. Arriba.

Olek trepó primero, usando solo su mano izquierda y los codos, haciendo una mueca de dolor al apoyar su muñeca mala.

Aleksei le siguió. Sus nudillos despellejados sangraron de nuevo al agarrarse a la madera astillada.

Cuando subió al tejadillo de chapa, un mercenario dobló la esquina del callejón.

El soldado levantó su fusil. Aleksei, sin pensarlo, agarró una teja suelta cubierta de escarcha y se la lanzó con todas sus fuerzas.

La teja golpeó al soldado en la cara justo cuando apretaba el gatillo.

El disparo salió desviado hacia el cielo nublado.

—¡Muévete! —le gritó Olek.

Corrieron por los tejados irregulares del barrio industrial. Saltaron de un edificio bajo a otro, resbalando en la escarcha, con el viento cortándoles la cara. Abajo, en las calles paralelas, veían a los mercenarios dividiéndose, intentando seguir su rastro desde el suelo.

Llegaron a un edificio más alto, una antigua fábrica de hilados abandonada. Se agazaparon tras la chimenea de ladrillo frío, ocultos a la vista desde la calle. Estaban empapados en sudor helado. El corazón de Aleksei latía tan rápido que temía que le estallara el pecho.

—Los... los hemos despistado —jadeó Olek, asomándose un milímetro por el borde del tejado—. Veo a tres de ellos corriendo hacia los muelles norte. Creen que buscamos otro bote.

Aleksei asintió, cerrando los ojos. —Bien. Daremos un rodeo por la Sexta Línea, volveremos a la Academia por la puerta de suministros y sacaremos a Sofía de la capilla. Con el caos que hay en el mercado, los 7 no sabrán qué apagar primero: si el fuego en la calle o a nosotros.

—Ha sido un buen plan, Padrino —Olek le dio una palmada amistosa en el hombro—. Eres un buen criminal.

Aleksei sonrió débilmente. Se asomó por el otro lado de la chimenea para vigilar la plaza del mercado, que ahora quedaba a unas tres manzanas de distancia.

El humo de la pólvora todavía flotaba en el aire.

La gente había huido, dejando la plaza sembrada de verduras pisoteadas y miles de panfletos blancos.

Y en medio de la plaza, de pie como una estatua de venganza, estaba Sergei. No había seguido a sus hombres a los callejones.

Aleksei contuvo la respiración. Vio cómo el Lobo se agachaba lentamente y recogía uno de los papeles del suelo.

Lo leyó de nuevo. Luego, Sergei levantó la vista.

No miró hacia los muelles. No miró hacia los callejones.

Se giró lentamente y miró fijamente al imponente edificio de los Doce Colegios. La Academia.

Aleksei sintió que la sangre se le helaba en las venas. —Olek... —susurró, con la voz ahogada por el pánico.

—¿Qué pasa?

Aleksei observó cómo Sergei agarraba a uno de sus soldados por el hombro y le señalaba el edificio de ladrillo rojo y blanco de la universidad.

El mercenario asintió y sacó un silbato, tocando tres pitidos cortos y agudos.

Inmediatamente, los soldados que los estaban buscando por los callejones se detuvieron, dieron media vuelta y empezaron a correr de vuelta hacia la plaza.

—Sabe que es una distracción —dijo Aleksei, sintiendo un nudo en el estómago—. Ha visto el papel, la tinta fresca, la tipografía de la Imprenta Imperial. Conoce a Katia... conoce cómo piensan las madres. Sabe que yo no arrastraría a una mujer embarazada a una carrera por los tejados.

Olek palideció al entenderlo. —Sabe que la dejamos atrás.

Abajo, en la distancia, Sergei y sus cinco hombres formaron una cuña y empezaron a marchar a paso ligero directamente hacia las puertas principales de la Academia. No iban a buscar. Iban a asaltar el edificio.

—El Decano es un cobarde, pero atrancó la puerta de la capilla —dijo Olek, intentando sonar optimista—. Es madera de roble gruesa, tardarán en...

—Llevan hachas y pólvora, Olek —le cortó Aleksei, poniéndose en pie de un salto y olvidando el dolor de su cuerpo—. Y Sofía no tiene a dónde huir. La capilla está en el último piso. Es una ratonera.

Aleksei miró su cuchillo de caza. Miró a los seis mercenarios fuertemente armados que se dirigían a asesinar a la mujer que había jurado proteger. El miedo desapareció, reemplazado por una claridad fría y absoluta.

—Se acabó el huir —dijo Aleksei, guardando el cuchillo y agarrando un grueso tubo de plomo arrancado de la cañería del tejado—. Volvemos.

—Padrino... son seis contra dos, y no tenemos balas —le recordó Olek, aunque ya estaba desenfundando su escopeta vacía para usarla de garrote.

—Esta es mi universidad, Olek. Conozco cada pasillo, cada laboratorio y cada químico peligroso que guardan bajo llave. —Aleksei miró al chico con una determinación feroz—. Vamos a enseñarles a esos perros que no se debe entrar en una biblioteca sin invitación.

Saltaron del tejado a un balcón inferior, iniciando la carrera de vuelta. Ya no eran la presa intentando escapar del cazador. Ahora, la carrera era para ver quién llegaba primero al corazón del laberinto.