CAPÍTULO 32 Nieve de papel
El amanecer sobre San Petersburgo no trajo la luz del sol, sino un cielo del color del plomo fundido y un frío que cortaba la respiración.
Pero lo más extraño de esa mañana no fue el clima.
Fue el silencio. Sin el zumbido constante de los generadores ocultos del Palacio, sin las farolas de arco voltaico que la élite disfrutaba en secreto, la ciudad había despertado sumida en la confusión.
En el mercado de Andreevsky, en el corazón de la Isla Vasilievsky, cientos de ciudadanos se arremolinaban frotándose las manos y echando vaho por la boca.
Los panaderos no tenían fuego en sus hornos de carbón subvencionado.
Los tranvías de caballos estaban atascados por la nieve que nadie había recogido.
Había miedo, quejas y murmullos sobre castigos divinos y zares asesinados.
Era el escenario perfecto.
En un callejón cercano al mercado, Aleksei dejó caer dos pesados sacos de tela de arpillera. Sus costillas protestaron con una punzada ardiente, pero la ignoró. Sus manos, manchadas de tinta negra hasta las muñecas y torpemente vendadas, temblaban de agotamiento.
—Sofía está segura en el campanario de la capilla de la Academia con el Decano —susurró Aleksei, mirando a Olek—. Tienen la puerta atrancada y comida. Nosotros tenemos que hacer que esta información corra más rápido que la pólvora antes de que la Guardia Imperial cruce los puentes.
Olek asintió. El chico se había colgado un saco al hombro izquierdo para no forzar la muñeca derecha.
Su sonrisa, sin embargo, era afilada. —En el orfanato me enseñaron que si quieres que las palomas se peleen, solo tienes que tirar un buen trozo de pan.
Déjame los tejados a mí, Padrino. Tú repártelos abajo.
Olek saltó hacia un barril de salmuera, se agarró a un canalón de hierro forjado y, trepando con una agilidad que desafiaba al frío, desapareció en los tejados nevados que rodeaban la plaza del mercado.
Aleksei respiró hondo. Agarró un puñado de panfletos aún húmedos por la tinta. Salió del callejón y se adentró en la multitud.
—¡Leed! —gritó, su voz ronca abriéndose paso entre el murmullo asustado de la gente—. ¡Buscad la verdad bajo el suelo! ¡Mirad las ventanas enterradas de vuestras propias casas!
Empezó a repartir los papeles. Al principio, la gente los cogía con desconfianza, creyendo que era un predicador loco o un vendedor de ungüentos. Pero a medida que sus ojos recorrían las letras gruesas e impresas con urgencia, la expresión de los rostros cambiaba.
Un herrero corpulento, con un delantal de cuero sobre el abrigo, leyó el panfleto frunciendo el ceño.
Luego, lentamente, bajó la vista hacia el edificio de ladrillo que tenía enfrente.
Miró las pequeñas ventanas que estaban a la altura de sus botas, semisepultadas en la acera.
—Dios santo... —murmuró el herrero—. Mi abuelo siempre decía que antes había escaleras para subir a esta casa, no para bajar.
—El Grupo de los 7 os ha robado el fuego y la historia —Aleksei seguía avanzando, empujando papeles en las manos de mujeres, estibadores y comerciantes—. ¡Han apagado la ciudad porque saben que los hemos descubierto! ¡La energía de Tartaria es de todos!
De repente, una sombra cruzó la plaza. Aleksei miró hacia arriba.
Desde el tejado inclinado de la Casa de Gremios, Olek abrió su saco.
El viento helado del Neva hizo el resto.
Miles de hojas de papel blanco revolotearon en el aire gris, cayendo sobre el mercado de Andreevsky como una extraña nevada cuadrada.
La gente levantaba las manos, atrapando los panfletos al vuelo.
En cuestión de minutos, el mercado entero estaba leyendo.
El murmullo de confusión se transformó en un zumbido de indignación.
Las miradas se dirigían hacia el suelo, hacia los cimientos, y luego, con furia, hacia el horizonte donde se alzaba el oscuro Palacio de Invierno.
La mecha estaba encendida.
En el extremo sur de la isla, tres botes de remos chocaron violentamente contra los muelles de madera.
Sergei fue el primero en saltar a tierra.
Sus botas aplastaron el hielo de la orilla.
Respiraba pesadamente a través de su nariz rota, con los ojos inyectados en sangre fijos en las calles que se abrían ante él.
Sus seis mercenarios, armados con mosquetes pesados y machetes, desembarcaron detrás, tiritando.
—Dividíos en dos grupos —ordenó Sergei, con voz nasal y gutural—. Registrad los almacenes y la Academia. Disparad a cualquier cosa que corra.
Antes de que los hombres pudieran moverse, una ráfaga de viento barrió la calle adoquinada, trayendo consigo algo de la plaza del mercado, situada a tres manzanas de distancia.
Un trozo de papel blanco, manchado de tinta negra, voló hasta chocar contra la bota de cuero de Sergei. Se quedó pegado al barro.
Sergei bajó la vista. Se agachó y despegó el papel. Sus ojos recorrieron las grandes letras impresas: PUEBLO DE SAN PETERSBURGO: LA TIERRA QUE PISÁIS ES UNA MENTIRA.
El mercenario leyó el texto completo. Su rostro, ya de por sí tenso, se transformó en una máscara de pura furia homicida. El profesor no solo estaba huyendo. Estaba destruyendo el secreto por el que Katia había muerto, el secreto por el que él mismo se había convertido en un monstruo.
Sergei arrugó el panfleto en su puño hasta convertirlo en una bola dura.
—Están en el mercado —dijo Sergei, desenvainando su enorme machete.
El sonido del acero raspando la vaina hizo eco en el muelle vacío—.
Ya no quiero prisioneros. Matad al chico.
Matad al profesor. Traedme a la mujer viva. ¡En marcha!
En el centro del mercado, Aleksei había vaciado su primer saco. La multitud estaba enardecida. Un grupo de obreros del puerto había empezado a arrancar adoquines de la calle con palancas, gritando que querían ver "las calles de abajo". El caos estaba a punto de estallar en disturbios a gran escala.
Olek bajó del tejado deslizándose por una tubería y aterrizó ágilmente junto a Aleksei.
¡Misión cumplida, Padrino! dijo el chico, sonriendo de oreja a oreja y sacudiéndose el polvo de la ropa.
Esos estirados del Palacio se van a asustar de verdad cuando la mitad de la ciudad empiece a cavar zanjas en sus salones.
Aleksei asintió, exhausto pero satisfecho. —Bien. Ahora tenemos que volver a la capilla a por Sofía y...
—¡CUIDADO! —el grito de Olek desgarró el aire.
Aleksei no tuvo tiempo de girarse. Un disparo atronador de mosquete resonó en la plaza. La bala de plomo destrozó un barril de manzanas a escasos centímetros de la cabeza de Aleksei, llenándolo todo de astillas de madera y pulpa reventada.
La multitud gritó en pánico. La gente empezó a correr en todas direcciones, tropezando, empujándose, dejando caer los panfletos al suelo pisoteado.
A través del mar de cuerpos que huían, Aleksei lo vio.
Sergei avanzaba por la calle principal. A pesar del caos, el Lobo caminaba en línea recta, implacable, apartando a los civiles de un empujón con su mano libre mientras sostenía el machete con la otra.
Su rostro amoratado parecía el de un demonio vengativo salido del mismísimo infierno.
Detrás de él, los mercenarios levantaban sus armas, apuntando hacia ellos.
—¡Corred! —ordenó Sergei a sus hombres, señalando a Aleksei—. ¡Que no salgan de la plaza!
Aleksei agarró a Olek por la chaqueta. Ya no había sombras donde esconderse ni máquinas antiguas que apagar. Estaban a plena luz del día, rodeados de gente aterrorizada, y el Lobo había llegado para cobrar su deuda.
—Hacia los callejones —dijo Aleksei, sacando su cuchillo de caza, una herramienta ridícula frente al arsenal que se les venía encima—. ¡Corre, Olek! ¡Aléjalos de la Academia!
La trampa se había cerrado.