Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 31 La tinta y el barro
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CAPÍTULO 31 La tinta y el barro

El Decano Vorobyov cerró la puerta de la sala de lectura con manos temblorosas. El clic del pestillo sonó inusualmente fuerte. Se giró hacia los tres fugitivos, su mirada saltando de las ropas secándose al fuego a la sangre seca en el rostro de Aleksei.

—Ivanov... —empezó el Decano, con la voz quebrada—. La policía dijo que eras un traidor. Que habías robado documentos del Estado y asesinado a un guardia en la Biblioteca Imperial.

—La policía trabaja para hombres que no llevan uniforme, Decano —dijo Aleksei, acercándose a él—. Hombres que acaban de perder su fuente de poder. ¿No lo ha notado? El zumbido en las paredes. El calor del suelo. Todo se ha detenido.

Vorobyov tragó saliva, apretando el candelabro contra su pecho. —Es una avería de las calderas centrales. El invierno ha sido crudo...

—Es Agartha —le interrumpió Sofía. La joven se puso en pie, envuelta en las pesadas cortinas de terciopelo.

Su voz resonó en la pequeña sala con una autoridad que no admitía réplica.

—Es la ciudad que está debajo de nosotros.

La que ustedes, los académicos, se han pasado un siglo intentando borrar de los libros. La hemos apagado.

El Decano retrocedió un paso. Miró el anillo en la mano de Sofía, el emblema de los Custodios. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. —Ese sello... Lo he visto en los diarios privados de Lomonósov. Los diarios que el Grupo de los 7 mandó quemar hace treinta años. Tú... tú eres de la Sangre Antigua.

—Lo soy —Sofía levantó la barbilla—. Y están cazándonos. Si nos encuentran aquí, le matarán a usted también solo por habernos visto. Su única opción de sobrevivir, Vorobyov, es ayudarnos a exponerlos.

Aleksei intervino, bajando el tono para no asustar más al viejo erudito. —Necesitamos la Imprenta Imperial de la planta baja. La mecánica, la que instaló Catalina hace dos décadas. No necesita energía, solo tinta, plomo y fuerza bruta.

—¿La imprenta? —El Decano parecía escandalizado—. ¡Pero está sellada! Solo se usa para los edictos de la Zarina. Si rompemos los sellos, es traición. ¡Es la horca!

Olek dio un paso adelante, haciendo crujir los nudillos de su mano sana. —Oiga, abuelo. Puede elegir entre una horca imaginaria mañana, o un cuchillo muy real esta noche. Y le aseguro que el tipo que viene detrás de nosotros no le va a preguntar por sus diplomas antes de cortarle el cuello.

Vorobyov miró a Olek, palideciendo. Luego miró a Aleksei, buscando un rastro del cartógrafo sumiso que había conocido. No lo encontró. El Decano suspiró, dejando caer los hombros con resignación. —Que Dios se apiade de nosotros. Seguidme.

Bajaron a los sótanos de la Academia por una escalera de caracol estrecha y polvorienta.

El ambiente aquí era gélido, pero el olor a tinta rancia y a aceite de linaza lo impregnaba todo.

En el centro de una sala abovedada de ladrillo, descansaba un monstruo de hierro y roble: la prensa mecánica de cilindro.

Aleksei pasó la mano por la palanca de madera pulida por el uso. —Sigue engrasada —murmuró.

—Los aprendices la mantienen a punto —dijo el Decano, encendiendo varias lámparas de aceite alrededor de la máquina—. Tenemos papel de sobra en el almacén continuo. ¿Qué vais a imprimir, Ivanov? ¿Una confesión?

—Un despertador —respondió Aleksei.

Se acercó a la mesa de los cajistas, donde miles de letras de plomo (tipos móviles) descansaban ordenadas en pequeños compartimentos de madera.

Aleksei cogió un papel en blanco y un lápiz de carbón de una mesa cercana.

Cerró los ojos un segundo, ordenando sus pensamientos.

Toda una vida de investigación censurada, de mapas alterados, de dudas silenciadas. Todo iba a volcarse en ese folio.

Empezó a escribir rápido, con letra furiosa:

PUEBLO DE SAN PETERSBURGO: LA TIERRA QUE PISÁIS ES UNA MENTIRA.

No os asustéis por la oscuridad de esta noche.

Asustaos de la falsa luz que os ha cegado durante un siglo.

El "Año sin Verano" no fue un castigo divino.

Fue un arma. La Inundación de Barro que enterró las primeras plantas de vuestras casas fue provocada por hombres avaros.

Bajo vuestros pies existe una ciudad. Una civilización libre que fue sepultada para que una élite en la sombra —El Grupo de los 7— pudiera venderos carbón, cobraros impuestos y manteneros como esclavos en fábricas.

La magia de los Zares es tecnología robada.

La historia que os enseñan es un invento para justificar vuestras cadenas.

Anoche apagamos su motor principal. Hoy, ellos son vulnerables.

Son hombres viejos asustados en la oscuridad del Palacio de Invierno.

Buscad las ventanas bajo el suelo. Buscad los túneles.

Exigid la verdad. Tartaria no cayó. La enterraron viva. Ayudadnos a desenterrarla.

Aleksei le pasó el papel al Decano. Vorobyov lo leyó. Sus manos temblaban tanto que el papel crujía. —Esto... esto provocará motines. Incendiarán la ciudad. Es alta traición contra el Imperio, contra la Historia misma.

—Ponga las letras en la plancha, Decano —ordenó Aleksei, implacable—. Olek, ayúdale a entintar el rodillo. Sofía, siéntate y descansa. Vamos a necesitar miles de copias antes del amanecer.

Olek, olvidando el dolor de su muñeca ante la perspectiva de causar el caos absoluto, cogió el rodillo pesado, manchado de tinta negra espesa. —Me encanta este plan, Padrino. Es como tirar una cerilla en un polvorín.

Durante las siguientes dos horas, el sótano se llenó del sonido rítmico de la imprenta. Clac, clac, clac. El rodillo entintando. Crrrasssh. La palanca bajando y prensando el papel contra el plomo. Fuuuish. El papel fresco y manchado de verdades siendo apilado.

Aleksei operaba la pesada palanca de la prensa, usando el peso de su cuerpo para compensar el dolor de sus costillas magulladas.

El sudor le caía por la frente, mezclándose con manchas de tinta negra.

Poco a poco, las pilas de panfletos fueron creciendo sobre las mesas de roble. Cientos. Luego miles.

MIENTRAS TANTO, AL OTRO LADO DEL RÍO...

La niebla seguía aferrada al agua helada del Neva, pero el alba empezaba a teñir el cielo de un gris mortecino.

Sergei caminaba por el malecón del Palacio de Invierno.

Llevaba su abrigo largo de cuero oscuro, manchado de sangre y barro de las catacumbas.

Su pómulo, destrozado por el puñetazo de Aleksei, estaba amoratado e hinchado, dándole un aspecto aún más salvaje y bestial.

Detrás de él caminaban dos mercenarios armados con pesados fusiles de chispa y bayonetas caladas.

Sin la tecnología de Agartha, volvían a ser simples matones a sueldo, pero el Lobo no necesitaba tecnología para cazar.

Sergei se detuvo junto a la orilla fangosa, cerca del conducto de desagüe por donde habían escapado.

Se arrodilló. Metió los dedos en el barro húmedo.

Había huellas. Dos juegos de botas grandes (una pesada y otra ligera) y un par de zapatos de mujer, pequeños y delicados.

Las huellas terminaban abruptamente en el agua.

Y faltaba un bote en el muelle de madera podrida.

Sergei se levantó lentamente. Miró a través de la niebla, hacia la orilla opuesta, donde las grúas de los astilleros de la Isla Vasilievsky se alzaban como fantasmas en la luz del amanecer.

—Han cruzado —dijo Sergei, con una voz ronca que helaba la sangre más que el propio río—. El profesor cree que es más listo que nosotros. Ha vuelto a su madriguera.

Uno de los mercenarios se acercó, tiritando de frío. —Lobo... el Comandante Müller ha dado órdenes de replegarnos. Sin energía, el Palacio es vulnerable. Dice que protejamos el perímetro hasta que puedan reiniciar los generadores de Éter.

Sergei se giró con una lentitud amenazadora. Agarró al mercenario por la solapa del abrigo y tiró de él hasta que sus caras estuvieron a centímetros de distancia. El olor a metal y sangre que desprendía Sergei hizo que el soldado tragara saliva.

—Müller es un niño asustado en una cueva oscura —siseó Sergei—. Yo no obedezco a niños. Ese profesor mató a mis hombres. Esa mujer lleva la tecnología que podría haber salvado a Katia. No voy a quedarme haciendo guardia en una puerta mientras ellos respiran mi mismo aire.

Sergei empujó al soldado, que casi cae al barro. —Buscad botes. Despertad a los remeros del puerto comercial. Vamos a cruzar a la Isla Vasilievsky. Y cuando los encuentre, voy a quemar esa isla hasta los cimientos.

El Lobo sacó su machete pesado, manchado de tinta negra de la noche y sangre seca, y comprobó el filo. La caza no había terminado. Solo acababa de cambiar de orilla.