CAPÍTULO 30 El mapa quemado
La Isla Vasilievsky no era como el resto de la ciudad. Mientras que el lado del Palacio era oro y granito, este lado era ladrillo rojo, madera y viento. Mucho viento.
Caminaron como espectros por las calles desiertas de los astilleros, alejándose del río. El frío era una cuchillada constante. La ropa mojada de Aleksei se había empezado a congelar, volviéndose rígida como una armadura de hielo que le quemaba la piel con cada movimiento.
Sofía ya no temblaba. Eso era mala señal. Caminaba arrastrando los pies, con la mirada perdida, sostenida solo por el brazo de Olek. —No... no siento los pies —murmuró, con los labios blancos.
—Ya llegamos —mintió Aleksei, aunque reconocía la calle. La había recorrido mil veces—. Estamos en la Avenida de las Líneas. Mi antigua vida está a dos manzanas.
Delante de ellos, surgió la silueta imponente de los Doce Colegios . Un edificio enorme, de ladrillo rojo y blanco, que albergaba la Universidad Estatal y la Academia Imperial de Ciencias. El lugar donde Aleksei había pasado diez años dibujando mapas falsos para el Imperio.
—¿Vamos a ir a clase? —preguntó Olek, castañeteando los dientes—. Porque se me ha olvidado el cuaderno.
—Vamos a buscar calefacción central —dijo Aleksei, guiándolos hacia una puerta lateral de servicio, oculta tras unos setos de boj congelados—. Esta es la entrada de los conserjes. Siempre dejaban una llave bajo el tercer ladrillo suelto... por si alguno perdía la suya en la taberna.
Aleksei se arrodilló, gimiendo por sus costillas, y tanteó la pared con sus dedos vendados e insensibles. Ladrillo uno. Ladrillo dos. Ladrillo tres. Ahí estaba. Una llave de hierro fría y oxidada. —Gracias, Boris —susurró, recordando al viejo portero que solía dejarla ahí.
Abrió la puerta. El aire del interior no estaba caliente, pero estaba seco y olía a papel viejo, cera y polvo de tiza. Para ellos, fue como entrar en un palacio tropical.
Cerraron la puerta tras de sí, dejando el viento aullando fuera. Estaban en un pasillo de archivos. Estanterías infinitas llenas de legajos y tubos de mapas se perdían en la oscuridad.
—Necesitamos fuego —dijo Aleksei, mirando a Sofía, que se había dejado caer al suelo, abrazándose las rodillas—. Olek, busca en los armarios. Necesitamos mantas, abrigos, lo que sea.
—¿Y tú?
—Yo voy a encender la estufa.
Aleksei entró en una pequeña sala de lectura anexa.
Había una estufa de cerámica en la esquina, fría y vacía.
No había leña. Miró a su alrededor. Estaba rodeado de historia.
Libros de geografía aprobados por el Zar.
Mapas que mostraban las fronteras "oficiales".
Tratados sobre la "barbarie" de los pueblos del este.
Sin dudarlo, Aleksei agarró un tomo pesado encuadernado en cuero: «Historia de la Arquitectura Rusa: El Genio de Pedro el Grande» .
Arrancó las páginas. Las arrugó y las metió en la estufa.
Luego cogió otro libro: «Tratado sobre la Inexistencia de Civilizaciones Previas» .
—Mentiras —masculló, arrancando las hojas con rabia—.
Todo mentiras para mantenernos calientes.
Olek apareció con unas batas de laboratorio de lana gruesa y una botella de alcohol de quemar que había encontrado en un laboratorio. —He encontrado esto. Y unas cortinas de terciopelo que podemos usar de mantas.
Rociaron los libros con el alcohol. Olek encendió una cerilla. El fuego rugió en la estufa. La luz naranja inundó la pequeña sala, proyectando sombras de los mapas y globos terráqueos en las paredes.
Acercaron a Sofía al fuego. Le quitaron el abrigo empapado y la envolvieron en las cortinas secas y las batas de lana. Poco a poco, el color volvió a sus mejillas. Dejó de mirar al vacío y miró el fuego. —¿Qué estás quemando? —preguntó, viendo las letras cirílicas retorcerse en las llamas.
—Mi carrera —dijo Aleksei, echando otro libro al fuego. Uno que él mismo había escrito hacía cinco años—. Estoy quemando la ignorancia. Es el mejor uso que se le puede dar.
Se sentaron los tres alrededor de la estufa, absorbiendo el calor como lagartos. El vapor salía de sus ropas mojadas colgadas en las sillas. Por primera vez en horas, el dolor físico remitió lo suficiente para dejar paso al pensamiento.
Olek estaba limpiando su escopeta (inútil sin munición, pero un hábito reconfortante). —Padrino... ¿crees que el apagón ha llegado hasta aquí?
Aleksei señaló la lámpara de gas de la pared. —Aquí no usan electricidad moderna. La Academia es conservadora. Pero el telégrafo... el telégrafo estará muerto. La ciudad está aislada.
Sofía se tocó el vientre. El bebé se había movido. —Sergei no parará —dijo ella—. Incluso sin sus juguetes, vendrá. Sabe que necesito descansar. Sabe que no puedo correr eternamente.
Aleksei miró un gran mapa de San Petersburgo colgado en la pared. Ahora lo veía con otros ojos. Veía las líneas rectas que no encajaban con el terreno natural. Veía los patrones geométricos de las calles que formaban circuitos de energía, no vías de transporte. —No vamos a correr más, Sofía.
Se levantó y se acercó al mapa. —Dimitri dijo que el apagón era temporal. Que los 7 encontrarían una forma de reiniciar el sistema o traer generadores de fuera. Tenemos una ventana de oportunidad de... ¿quizás 24 horas? Antes de que el ejército recupere el control.
—¿Y qué hacemos en 24 horas? —preguntó Olek—. ¿Robar un barco y huir a Francia?
—No —Aleksei puso el dedo sobre la Fortaleza de Pedro y Pablo, al otro lado del río—. Vamos a terminar lo que empezamos. Vamos a exponerlos.
Se giró hacia ellos, iluminado por las llamas de los libros ardiendo. —Si la gente supiera la verdad... si supieran que viven sobre una ciudad de gigantes, que la energía podría ser gratis, que la historia es una farsa... los 7 perderían su poder. Su poder es el secreto.
—¿Y cómo se lo contamos a un millón de personas analfabetas? —preguntó Sofía con escepticismo.
Aleksei sonrió. Una sonrisa peligrosa que nunca había tenido antes de conocer a Sofía. —Estamos en la Academia de Ciencias. Aquí tienen la Imprenta Imperial. La única imprenta con capacidad para tirar panfletos para toda la ciudad en una noche.
Olek soltó una carcajada incrédula. —¿Quieres combatir tanques con papel?
—Quiero combatir mentiras con verdad —dijo Aleksei—. Sergei puede matar hombres. Pero no puede matar una idea si ya se ha extendido. Vamos a imprimir la verdad sobre Tartaria, sobre Agartha y sobre el asesinato de los zares. Y mañana al amanecer, empapelaremos la ciudad.
Sofía miró a Aleksei. Vio al hombre que había rescatado de una vida gris. Vio al líder en el que se estaba convirtiendo. —Es una locura —dijo ella—. Pero es la única arma que nos queda.
En ese momento, un ruido en el pasillo exterior los heló. Pasos. No eran botas militares. Eran zapatos de suela dura, caminando con prisa. Y una voz, murmurando para sí misma. —...imposible, las lecturas del barómetro han caído en picado... tiene que ser un error atmosférico...
Aleksei reconoció la voz. Se le heló la sangre, y no por el frío. —Es el Decano —susurró—. Mi jefe.
La puerta de la sala de lectura se abrió.
Un hombre bajo, con peluca empolvada torcida y un candelabro en la mano, entró apresuradamente.
Se detuvo en seco al ver el fuego, la ropa tendida y a los tres intrusos.
—¿Pero qué demonios...? —El Decano levantó el candelabro, iluminando la cara de Aleksei—.
¿Ivanov? ¿Eres tú? ¡Te daban por muerto!
¡La policía secreta estuvo aquí ayer revolviendo tu despacho!
Aleksei se levantó despacio, con las manos en alto para mostrar que no tenía armas (aunque Olek ya estaba echando mano a su cuchillo bajo la manta). —Hola, Decano Vorobyov. Lamento el desorden. Teníamos frío.
El Decano miró a Sofía, luego a Olek, y luego a los libros ardiendo en la estufa.
Sus ojos se abrieron con horror al reconocer un incunable de primera edición siendo consumido por las llamas.
—¡Estás quemando la Historia de Karamzin !
—gritó el hombrecillo, más preocupado por el libro que por los fugitivos—.
¡Estás loco, Ivanov! ¡Voy a llamar a la guardia!
El Decano se giró hacia la puerta.
—¡Espera! —gritó Aleksei. Pero no fue Aleksei quien lo detuvo. Fue Sofía. —¡Mire mi mano! —ordenó ella con voz de mando, la voz de una reina antigua.
El Decano se giró instintivamente. Sofía levantó la mano. No había magia, no había luces violetas. Estaba agotada. Pero en su dedo llevaba el anillo de su padre. El anillo con el sello de los Custodios, el mismo símbolo que estaba grabado en la piedra fundacional de la propia Academia.
—Usted es un hombre de ciencia, Vorobyov —dijo Sofía—. ¿Quiere llamar a la guardia y seguir viviendo en la oscuridad? ¿O quiere saber por qué se han apagado las luces de toda Rusia esta noche?
El Decano dudó. La curiosidad científica luchaba contra el miedo burocrático. Miró el anillo. Miró el fuego. Miró a Aleksei, su antiguo empleado, que ahora parecía un guerrero cansado.
—Cierra la puerta, Ivanov —susurró el Decano, temblando—. Y explicadme qué está pasando antes de que nos cuelguen a todos.