CAPÍTULO 29 Niebla sobre el Neva
El final del túnel no fue una luz, sino una caída.
Aleksei salió despedido por la boca del desagüe, aterrizando de costado sobre un banco de lodo helado y basura acumulada en la orilla del río Neva.
El impacto le sacó el aire de los pulmones, haciendo que sus costillas magulladas gritaran de dolor.
Un segundo después, Sofía cayó a su lado, rodando para proteger su vientre.
Y luego Olek, que aterrizó de pie con agilidad felina, aunque resbaló y terminó de rodillas en el fango.
—Puaj... —Olek se limpió la cara con la manga sucia—. Huele a pescado podrido y a desesperación.
—Es el olor de la libertad —jadeó Aleksei, ayudando a Sofía a levantarse.
Estaban bajo uno de los arcos de granito del malecón del Palacio. Arriba, a unos cinco metros sobre sus cabezas, se oían gritos, silbatos de la policía y el trote de caballos sobre los adoquines. Pero abajo, a ras del agua, la niebla del amanecer lo cubría todo.
Una niebla espesa, blanca y lechosa, típica del otoño de San Petersburgo, se levantaba del río, ocultando la otra orilla y amortiguando los sonidos.
—Mirad... —susurró Sofía, señalando hacia arriba, hacia la inmensa fachada del Palacio de Invierno que se alzaba sobre el malecón.
Siempre, desde que ella tenía memoria, el Palacio había brillado por la noche.
Las "Lámparas Eternas" de los jardines y las ventanas de los salones de baile nunca se apagaban.
Pero ahora, el edificio era una montaña negra silueteada contra el cielo gris.
Estaba muerto. Solo se veían pequeñas luces naranjas —antorchas y velas— moviéndose frenéticamente tras las ventanas, como luciérnagas asustadas en un frasco.
—Lo hemos conseguido —dijo Aleksei—. Hemos apagado el corazón del Imperio.
—Y hemos cabreado al oso —añadió Olek, mirando hacia el río—. Tenemos que salir de aquí. Si baja la marea y nos ven desde los puentes, somos hombres muertos.
Caminaron agachados por la orilla fangosa, ocultos por la bruma y la sombra del malecón. El frío del agua les calaba los huesos. Sofía temblaba violentamente, sus labios empezaban a ponerse azules.
—Necesitamos un barco —dijo Aleksei, escaneando la orilla—. Cualquier cosa que flote.
A unos cien metros, encontraron un pequeño muelle de madera podrida utilizado por los pescadores furtivos.
Había una barcaza amarrada, una cáscara de nuez de madera negra con un solo remolque.
No había nadie vigilando. Con el caos en el Palacio y el apagón de la tecnología, los sistemas de vigilancia automatizados (si es que había alguno en el exterior) estaban inoperativos.
Olek saltó dentro de la barca. —Sin motor —susurró, revisando la popa—. Sin velas. Solo dos remos y mucha suerte.
Aleksei ayudó a Sofía a subir. Ella se sentó en el banco central, envolviéndose en su abrigo húmedo. —Dimitri... —murmuró, mirando hacia atrás, hacia la boca oscura del desagüe por donde habían escapado—. ¿Creéis que...?
Aleksei soltó la amarra. —Dimitri eligió su final, Sofía. Nos dio tiempo. No lo desperdicies pensando en lo que no podemos cambiar.
Empujó la barca hacia la corriente negra del Neva. El agua estaba tan fría que le quemó las manos a través de las vendas sucias. Saltó dentro y cogió los remos. —Olek, vigila la proa. Avísame si ves hielo o patrulleras.
Empezaron a remar. Cada palada era una tortura para Aleksei. Sus costillas protestaban con cada tirón, y sus nudillos rotos ardían. Pero el miedo era un combustible potente. Se alejaron de la orilla, adentrándose en la niebla blanca.
En minutos, el Palacio de Invierno desapareció. El malecón desapareció. Estaban solos en un universo gris y silencioso. El único sonido era el chapoteo rítmico de los remos y el crujido de la madera vieja.
—¿A dónde vamos? —preguntó Olek en un susurro, como si tuviera miedo de que la niebla tuviera oídos.
Aleksei dejó de remar un segundo para orientarse.
Sin estrellas y sin las luces de la ciudad, era difícil saber dónde estaba el norte.
—La corriente va hacia el Golfo de Finlandia —dijo—.
Si nos dejamos llevar, acabaremos en el mar abierto o congelados antes de llegar.
Tenemos que cruzar a la Isla Vasilievsky.
—¿A la Universidad? —preguntó Sofía.
—A la zona industrial vieja —corrigió Aleksei—. A los astilleros abandonados de Pedro el Grande. Allí hay almacenes, techos y, con suerte, nadie buscando a tres fugitivos empapados.
Siguieron remando en silencio. De repente, un sonido grave y profundo hizo vibrar el agua bajo el casco. Boooooooom.
—¿Qué ha sido eso? —Olek se agachó, agarrando la borda.
—Cañones —dijo Aleksei, reconociendo el sonido—. Están disparando cañonazos de aviso desde la Fortaleza de Pedro y Pablo. Han cerrado el río. Nadie entra, nadie sale.
Una forma oscura surgió de la niebla a su derecha. Grande. Demasiado grande. Era una fragata de la Armada Imperial, anclada en mitad del río. Sus luces eléctricas estaban apagadas, pero las linternas de aceite en cubierta revelaban a docenas de marineros armados oteando el agua.
Aleksei metió los remos en el agua para frenar, conteniendo la respiración. La corriente los arrastraba lentamente hacia el casco del buque de guerra. Si chocaban, los oirían. Si alguien miraba abajo, los verían.
—Al suelo —siseó Aleksei.
Los tres se tumbaron en el fondo de la barca, sobre el agua sucia y las redes de pesca viejas. La barcaza derivó, silenciosa como un tronco a la deriva. Pasaron a dos metros del casco de madera de la fragata. Podían oír las conversaciones de los marineros arriba.
—...dicen que el Zar ha muerto. —No digas estupideces. Ha sido un sabotaje. Los franceses, seguro. —Mira esas luces en la orilla... nunca había visto la ciudad tan oscura. Parece el fin del mundo.
La barca siguió derivando. Pasaron la popa del barco. Nadie dio la alarma. Nadie disparó. La niebla se los tragó de nuevo.
Aleksei se incorporó, temblando de frío y alivio. —Ya casi estamos —susurró, volviendo a coger los remos con manos entumecidas—. Veo las grúas de los astilleros.
Delante de ellos, formas esqueléticas de madera y hierro se alzaban entre la bruma como los huesos de gigantes muertos. Habían cruzado el río. Estaban en el lado salvaje de la ciudad.
Aleksei remó hacia un muelle medio hundido, oculto entre dos barcos a medio construir que se pudrían en las gradas. La quilla rozó el fango.
—Tierra firme —dijo Olek, saltando a tierra y atando el cabo a un poste oxidado—. O algo parecido.
Desembarcaron. La zona industrial estaba desierta. Aquí no había palacios ni luces que apagar. Solo barro, serrín y el esqueleto de la ambición naval de Rusia. Entraron en un almacén de madera con el techo agujereado, buscando refugio del viento helado del río.
Sofía se dejó caer sobre un montón de velas de barco viejas. Estaba exhausta. —Lo hemos parado, Aleksei —dijo, cerrando los ojos—. Pero, ¿y ahora qué? No podemos volver a Agartha. No podemos quedarnos aquí. No tenemos nada.
Aleksei se sentó a su lado, frotándose las manos para recuperar la sensibilidad. —Tenemos algo que ellos quieren desesperadamente —dijo—. Tenemos la llave biológica. Tú. Mientras tú estés libre, ellos no pueden reactivar el sistema. No pueden ganar.
—Pero tampoco podemos huir para siempre —dijo Olek, mirando por una grieta de la pared hacia el río invisible—. Sergei vendrá. Ese perro nos olerá aunque estemos bajo el agua.
—Que venga —dijo Aleksei, y por primera vez, su voz no sonaba a la de un profesor asustado, sino a la de un hombre que ha aceptado la guerra—. Ahora jugamos en mi terreno. En las ruinas. Sin tecnología. Sin magia. Solo historia y barro.
Se acomodaron para pasar las horas más frías antes del amanecer real. El Imperio estaba a oscuras. Y en la oscuridad, los monstruos y los héroes se ven igual.