CAPÍTULO 28 El silencio de los dioses
La onda de choque no fue una explosión. Fue una ausencia.
Primero golpeó Agartha, tres kilómetros bajo tierra. El Sol Artificial, esa esfera de plasma dorado que había iluminado la caverna durante milenios, parpadeó una vez. Dos veces. Y se apagó. La oscuridad cayó sobre el paraíso subterráneo como un martillo.
El Comandante Müller, sentado en la cabina de mando del Goliath, vio cómo todas las pantallas holográficas se desvanecían en gris estático. El zumbido constante del reactor de fusión fría del tanque se detuvo con un gemido descendente. —¡Informe de estado! —gritó a la oscuridad.
Su segundo al mando respondió con voz temblorosa, iluminando la cabina con una simple linterna de aceite. —Fallo total del sistema, señor. Los reactores de Éter están muertos. La resonancia magnética ha caído a cero.
Müller miró por el cristal blindado. Fuera, en la Plaza de los Jardineros, el ejército de robots de combate se había detenido en mitad del paso.
Cientos de máquinas letales congeladas como estatuas de museo.
Los vehículos de transporte flotantes cayeron al suelo con estrépito.
Agartha, la joya de la tecnología, se había convertido en la tumba más cara de la historia.
Müller golpeó el panel de control con el puño, frustrado. —Lo han apagado... —gruñó—. Esas ratas han encontrado el interruptor maestro.
Agarró la radio de emergencia (de onda corta, analógica). —¡Lobo Uno! ¿Me recibes?
La voz de Sergei crepitó entre la estática, sonando lejana y furiosa. — Te recibo, Müller. Mis visores han muerto. Mis vehículos están parados. Estoy a pie en el bosque.
—Están en el Palacio de Invierno —dijo Müller, con veneno en la voz—. En la subestructura. Han activado la amortiguación. Tienes que ir allí, Sergei. Tienes que matarlos y reactivar el flujo o nos quedaremos enterrados aquí abajo para siempre.
— Voy para allá —respondió el Lobo—. Pero Müller... si reactivo esto, quiero la cabeza del profesor. La chica es tuya. El hombre es mío.
—Trato hecho.
Mientras tanto, en la superficie, el caos era diferente.
En el Gran Salón de Baile del Palacio de Invierno, la fiesta de celebración de los 7 se detuvo en seco.
Las mil bombillas eléctricas de las arañas de cristal, alimentadas secretamente por la red inalámbrica de la Torre, estallaron al unísono por la sobrecarga inversa.
La oscuridad llenó el salón. Los duques y generales gritaron, tirando copas de champán al suelo.
—¡Guardias! —gritó el Ministro de Guerra, un hombre gordo con medallas hasta en la espalda—. ¡Luz! ¡Traed luz!
Pero no había luz eléctrica. Solo las velas de sebo, encendidas apresuradamente por los sirvientes, arrojaron sombras largas y danzantes sobre las paredes doradas. El suelo bajo sus pies dejó de vibrar. El zumbido imperceptible que siempre acompañaba al poder de los zares había desaparecido.
El jefe de la Guardia de Palacio, un coronel de bigote encerado, entró corriendo con un candelabro. —¡Excelencia! ¡Hemos detectado una intrusión en los niveles inferiores! ¡En la zona de cimentación prohibida!
El Ministro se puso pálido. Sabía lo que había allí abajo. —¡Enviad al Regimiento Preobrazhensky! —ordenó, escupiendo saliva—. ¡Bajad al sótano y matad a todo lo que se mueva! ¡Que no quede ni una rata viva!
Abajo, en la Cámara de Resonancia, el silencio era su única cobertura.
Aleksei ayudó a Dimitri a sentarse contra la pared.
El viejo bibliotecario estaba pálido, sujetándose el muñón de la pierna.
Había perdido sangre, pero había conseguido hacerse un torniquete con su propio cinturón.
—Buen trabajo, equipo —susurró Dimitri, con una sonrisa débil—.
Habéis cabreado a mucha gente importante ahí arriba.
Sofía estaba junto al Diapasón Negro, que ahora descansaba inerte sobre su base.
Parecía una escultura de arte moderno, fría y muerta.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella—. No podemos salir por donde entramos.
El pasillo está bloqueado por el robot y los escombros.
Y aunque no lo estuviera, el túnel del metro neumático no funcionará sin presión.
Olek iluminó la sala con la linterna de Dimitri. —Tiene que haber una salida de servicio. Los que construyeron esto no eran tontos.
Dimitri señaló hacia el techo abovedado de la sala.
—No hay salida lateral. Pero hay ventilación.
El haz de luz reveló una rejilla de hierro en lo alto de la cúpula, a unos cinco metros del suelo.
—Ese conducto lleva a los canales de desagüe del Neva.
Es estrecho, sucio y huele a muerte. Pero sale al río.
—Perfecto —dijo Olek—. Me encanta el olor a muerte por la mañana.
De repente, un sonido metálico resonó en la puerta sellada. BUM. BUM. BUM. Alguien estaba golpeando desde el otro lado. No era un robot. Eran golpes de ariete. Y voces. Muchas voces gritando órdenes en ruso imperial.
—Están intentando tirar la puerta abajo —dijo Aleksei, mirando el metal dorado que empezaba a vibrar—. Tenemos cinco minutos antes de que entren.
—Olek, sube ahí —ordenó Aleksei—. Necesito que abras esa rejilla.
El chico miró la pared lisa. —No hay donde agarrarse, Padrino. Y con esta muñeca...
Aleksei miró alrededor. Vio los tubos del órgano de la máquina apagada. —Haremos una escalera humana. Dimitri, ¿puedes sostenerte sobre una pierna?
—Puedo intentarlo —gruñó el viejo, apoyándose en la consola.
Aleksei se colocó en la base. Ayudó a Sofía a subir a sus hombros (gimiendo de dolor cuando el peso presionó sus costillas magulladas). Luego, Olek trepó por la espalda de Aleksei, usó el hombro de Sofía como escalón y se estiró hacia la rejilla.
—¡Casi! —jadeó el chico. Sus dedos rozaron el metal oxidado.
¡CRASH! La puerta principal se abolló hacia dentro. Una punta de acero de un pico atravesó el oro blando. —¡Están rompiendo el sello! —gritó Dimitri, sacando su revólver—. ¡Daos prisa!
Olek gruñó, ignorando el dolor punzante en su muñeca, y se impulsó una vez más. Sus dedos se engancharon en los barrotes. Tiró. La rejilla, podrida por la humedad del río, cedió con un chirrido. Cayó al suelo, por poco golpeando a Dimitri.
—¡Está abierta! —gritó Olek, colándose en el agujero oscuro—. ¡Pasadme la cuerda!
No tenían cuerda. Olek se quitó su abrigo largo, ató una manga a un barrote interior y dejó colgar la otra. —¡Sofía, sube!
Aleksei empujó a Sofía hacia arriba. Ella trepó con dificultad, protegiendo su vientre, hasta que las manos de Olek la agarraron y la metieron en el conducto.
—¡Dimitri, vamos! —Aleksei se giró hacia el viejo.
Dimitri negó con la cabeza. Estaba recargando el tambor de su revólver con calma metódica. —No puedo subir ahí, profesor. Me falta una pierna y peso demasiado. Os retrasaría. Y en ese tubo estrecho, seríamos un blanco fácil si nos siguen.
—¡No te vamos a dejar! —gritó Aleksei.
¡CRASH! La puerta cedió. Un agujero lo bastante grande para que pasara un hombre se abrió. El cañón de un fusil asomó por el hueco. ¡BANG! Una bala rebotó en el suelo, cerca de los pies de Aleksei.
—Vete, Aleksei —dijo Dimitri, sonriendo—. Alguien tiene que cubrir la retirada. Además, siempre quise ver cómo es la Guardia Real de cerca. —Le lanzó la caja de munición que le quedaba—. Toma. Úsalas bien. ¡Y cuida a esa chica!
Aleksei dudó un segundo eterno. Miró a Dimitri. Miró el agujero en el techo donde Olek le tendía la mano desesperado. —Gracias, Dimitri —dijo con la voz rota.
Aleksei saltó, agarró el abrigo de Olek y trepó con la fuerza de la desesperación.
En cuanto desapareció por el conducto, Dimitri se giró hacia la puerta rota. El primer soldado de la Guardia Preobrazhensky entró, con la bayoneta calada. —¡Alto en nombre del Zar!
Dimitri levantó su Mauser. —El Zar no tiene autoridad en la ciudad de abajo —dijo. Y apretó el gatillo.
Arriba, en la oscuridad del conducto de ventilación, Aleksei, Sofía y Olek se arrastraron lo más rápido posible mientras, a sus espaldas, resonaban los disparos de una última resistencia. Uno... dos... tres disparos. Y luego, silencio.
Aleksei cerró los ojos un momento en la oscuridad, tragándose las lágrimas y el polvo. Habían escapado. Pero el coste acababa de subir.