CAPÍTULO 27 Metal contra metal
El Guardia Pretoriano no corría. No lo necesitaba. Avanzaba con pasos pesados que hacían temblar el suelo de piedra, ignorando las balas del Mauser de Dimitri como si fueran gotas de lluvia. CLANG. CLANG.
—¡A la cabeza no le hace nada! —gritó Dimitri, retrocediendo y recargando con manos temblorosas—. ¡Busca las juntas de las rodillas!
El autómata levantó su brazo derecho. La maza de demolición que tenía por mano empezó a girar.
Con un movimiento brutal, golpeó una columna de piedra cercana.
La columna estalló, lanzando esquirlas de granito afiladas como cuchillos.
Aleksei se cubrió la cara con el brazo, protegiendo a Olek.
—¡La puerta! —gritó—. ¡Sofía, la puerta!
La puerta circular dorada estaba abierta solo a medias. Un hueco de apenas medio metro. —¡Ya voy! —Sofía se deslizó por la abertura, desapareciendo en la oscuridad de la cámara.
—¡Olek, dentro! —Aleksei empujó al chico. Olek, sujetándose la muñeca, se coló por el hueco con agilidad de rata.
El autómata fijó su único ojo amarillo en Aleksei. — OBJETIVO SECUNDARIO: ELIMINAR. La máquina cargó.
—¡Vete, profesor! —Dimitri se lanzó hacia un lado, disparando a quemarropa contra la pierna del robot. Una bala acertó en un pistón hidráulico. Salió un chorro de aceite negro a presión, pero la máquina no cayó. Solo cojeó un paso, más furiosa.
Aleksei no esperó. Se tiró al suelo y rodó hacia la apertura de la puerta. Sintió el viento del golpe de la maza pasando a centímetros de sus botas. El suelo se agrietó donde había estado su pie un segundo antes.
Se arrastró al interior de la cámara, raspándose los codos y las rodillas. —¡Dimitri! —gritó desde dentro, tendiendo la mano sana hacia el pasillo.
El viejo bibliotecario estaba en el suelo, intentando levantarse. Su pierna mecánica se había atascado en una grieta de las losas rotas por el autómata. El Pretoriano se alzó sobre él, levantando la maza para el golpe final.
—¡Maldita chatarra! —rugió Dimitri. Sacó una granada de mano de su cinturón (una reliquia de la Gran Guerra), le quitó el pasador con los dientes y la dejó rodar hacia el robot.
Luego, con un tirón desesperado que le hizo gritar de dolor, desencajó su propia prótesis, liberándose, y se arrastró hacia la puerta usando los brazos.
Aleksei y Olek lo agarraron de la chaqueta y tiraron de él con todas sus fuerzas. Lo metieron dentro justo cuando la granada detonó en el pasillo. ¡BOOM!
La explosión sacudió los cimientos. El humo y el fuego lamieron la entrada.
Pero entre el humo, una mano de hierro negro surgió y agarró el borde de la puerta dorada.
El autómata, con el pecho abollado y echando chispas, seguía activo.
Intentaba abrir la puerta a la fuerza. Sus dedos de metal se clavaban en el oro antiguo, deformándolo.
—¡Cerradla! —gritó Sofía.
Aleksei y Olek se apoyaron contra la puerta interior, empujando contra la fuerza hidráulica del monstruo. Era inútil. La máquina era más fuerte. El hueco se estaba haciendo más grande. El ojo amarillo del robot asomó por la grieta, mirándolos sin alma.
—¡El panel! —gritó Dimitri desde el suelo, sangrando por el muñón de su pierna—. ¡Sofía! ¡Usa el panel interior! ¡Bloqueo de emergencia!
Sofía corrió hacia un pedestal de control dentro de la sala. Había una palanca roja rodeada de símbolos rúnicos. Tiró de ella.
Los pistones de la puerta rugieron. La presión hidráulica de la cámara se multiplicó por diez. La puerta se cerró de golpe con la fuerza de una guillotina.
CRUNCH.
Un chillido metálico agónico llenó la sala.
El brazo del autómata fue seccionado limpiamente a la altura del codo.
La mano de hierro y el antebrazo cayeron al suelo de la cámara con un ruido pesado, retorciéndose unos segundos antes de detenerse.
Fuera, se oyó el golpe sordo del cuerpo del robot cayendo desactivado o bloqueado por el derrumbe del pasillo.
Se hizo el silencio. Solo se oía la respiración jadeante de los cuatro supervivientes.
Aleksei se dejó caer de espaldas, mirando el techo. —Estamos... estamos encerrados.
Dimitri se sentó, revisando su pierna cortada. Hizo una mueca. —Mejor encerrados aquí que aplastados ahí fuera. —Miró su prótesis, que había quedado abandonada en el pasillo—. Bueno, ahora sí que no puedo volver andando.
Olek se acercó a la mano cortada del robot. Le dio una patada cautelosa. —Te lo dije, chatarra. Nadie se mete con mi familia.
Sofía no miraba la puerta. Miraba la sala. —Aleksei... mira esto.
Aleksei se levantó con dificultad y se giró.
La Cámara de Resonancia Auxiliar no era lo que esperaban.
No había ordenadores de cristal ni luces etéreas como en Agartha.
Era una sala circular, inmensa, dominada por una máquina que parecía un órgano de catedral hecho de tubos de cobre y cristal de cuarzo.
En el centro, suspendido en el aire por campos magnéticos, había un enorme Diapasón Negro .
Vibraba tan rápido que parecía borroso, emitiendo el zumbido grave que mantenía estable la tierra.
—El corazón dormido de San Petersburgo —murmuró Aleksei.
Dimitri se arrastró hasta una consola lateral llena de polvo. —Este es el mecanismo de amortiguación. Si detenemos la vibración de este diapasón, enviaremos una onda de choque inversa a la Torre Principal en Agartha.
—¿Como un cortocircuito? —preguntó Olek.
—Como un infarto —corrigió Dimitri—. La Torre pensará que la estructura geológica está fallando y entrará en modo de seguridad. Se apagará todo. Las luces, los robots, el tanque Goliath... todo lo que use Éter inalámbrico se detendrá.
—¿Y los edificios de arriba? —preguntó Sofía, preocupada—. ¿Se hundirá el Palacio de Invierno?
—Temblará —admitió Dimitri—. Se agrietarán algunas paredes. Quizás se caiga alguna lámpara cara sobre la cabeza de algún duque. Pero la ciudad aguantará. Es el precio a pagar para desarmar a los 7.
Sofía se acercó al Diapasón Negro. Notaba la energía pulsando contra su piel. Era una energía antigua, pesada, no alegre como la de los jardines. Era una energía de carga, de trabajo. —¿Cómo lo paramos? —preguntó—. No veo botón de apagado.
Aleksei examinó la base de la máquina. —No se apaga.
Se desafina. Señaló tres grandes ruedas de válvulas alrededor del diapasón.
—Tenemos que girar esas válvulas simultáneamente para alterar la presión del vapor de mercurio que lo mantiene flotando.
Si el diapasón toca la base... la resonancia se rompe.
—Tres válvulas —dijo Olek, mirando a sus compañeros—. Y somos tres con manos. —Miró a Dimitri—. Sin ofender, abuelo.
—Ninguna ofensa tomada —gruñó Dimitri, recargando su arma por si acaso—. Yo os cubro la espalda.
Aleksei se colocó en la primera rueda. Sofía en la segunda. Olek, mordiéndose el labio por el dolor de su muñeca, agarró la tercera con la mano izquierda y ayudándose con el hombro.
—A la de tres —ordenó Aleksei—. Girad en sentido contrario a las agujas del reloj. Con fuerza. —Uno... —Dos... —¡TRES!
Empujaron. El metal, frío y agarrotado por un siglo de inactividad, se resistió. Las tuberías de la sala empezaron a gemir. El vapor escapó de las juntas con silbidos agudos. El diapasón empezó a oscilar visiblemente. El zumbido grave se convirtió en un aullido disonante WAAAAAAAWAAAAAAA .
Arriba, veinte metros por encima de sus cabezas, en el Gran Salón de Baile del Palacio de Invierno, las arañas de cristal empezaron a tintinear. El suelo de mármol empezó a vibrar.
—¡Más fuerte! —gritó Aleksei, sintiendo cómo sus costillas protestaban—. ¡Está bajando!
El Diapasón Negro descendió lentamente, perdiendo su levitación. Estaba a centímetros de tocar la base de cobre. La chispa que saltaría en ese momento apagaría el mundo oculto.
—¡Casi está! —gritó Sofía.
De repente, una voz resonó en la sala. No era una voz humana. Salía de los altavoces de emergencia de la propia máquina. Era una transmisión prioritaria desde Agartha.
«...Atención. Interferencia detectada en el Nodo Norte. Protocolo de Seguridad comprometido. Comandante Müller a Lobo Uno... Están en el Palacio. Repito: las ratas están debajo del trono.»
Olek soltó una risa nerviosa, empujando con todo su peso. —Creo que nos han oído.
CLANG.
El diapasón tocó la base. Una onda de choque visible, un anillo de luz azul, salió disparada de la máquina, atravesó las paredes, atravesó la tierra y se expandió hacia abajo, hacia el centro de la Tierra, buscando Agartha.
Las luces de la sala se apagaron. La máquina se detuvo. El silencio volvió, pero esta vez, era un silencio de muerte tecnológica.
—Hecho —susurró Dimitri en la oscuridad.
Habían apagado la luz. Ahora empezaba la caza a ciegas.