CAPÍTULO 26 El corazón de carbón
Dejaron atrás la estación polvorienta y subieron por una escalera de servicio estrecha. Al abrir la puerta superior, el silencio de la tumba desapareció. Fue reemplazado por un rugido grave y constante, como la respiración de un dragón dormido.
Entraron en la Sala de Calderas del Palacio de Invierno.
Era un infierno industrial. Un laberinto de tuberías de cobre, válvulas de latón del tamaño de ruedas de carro y hornos de hierro fundido que escupían calor y hollín.
Aquí, en las tripas del palacio, docenas de hombres —hollinados, sudorosos y en silencio— paleaban carbón sin descanso para mantener calientes a los zares y a los ministros que dormían veinte metros más arriba.
—Pegados a la pared —susurró Dimitri, agachándose tras una columna de vapor—. Si nos ven, darán la alarma. No son soldados, pero obedecen al látigo.
Avanzaron entre las sombras, aprovechando el ruido ensordecedor de los hornos para ocultar sus pasos. El calor era asfixiante. A Aleksei le escocían los cortes de la cara con el sudor salado, y notaba cómo el vendaje de su mano se humedecía.
Sofía se cubrió la boca con un pañuelo. El aire estaba cargado de polvo de carbón y azufre. —¿Por dónde? —preguntó, casi sin voz.
Dimitri señaló hacia el fondo de la sala, donde una enorme reja de acero separaba la zona de calderas de los cimientos más profundos. —Detrás de esa reja está el acceso a la cimentación original. La zona prohibida.
Llegaron hasta la reja. Estaba cerrada con un candado de hierro negro, macizo y moderno. Dimitri sacó su revólver y miró el candado. —Puedo volarlo, pero se enterará hasta el cocinero del tercer piso.
—Guarda eso, abuelo —dijo Olek, dando un paso al frente. El chico se secó el sudor de la frente con la manga. Miró el candado. Luego miró su mano derecha, la muñeca hinchada y dolorida por la pelea en la fortaleza. Hizo una mueca de dolor al girarla. —Mierda... esto va a doler.
—¿Puedes hacerlo con una mano? —preguntó Aleksei, preocupado.
—Puedo hacerlo con los dientes si hace falta —respondió Olek, sacando sus ganzúas con la mano izquierda y pasándoselas a la derecha. Le temblaban los dedos por el dolor, pero en cuanto tocó el metal, su expresión cambió. Entró en "la zona".
Metió el tensor. Metió el gancho. Cerró los ojos, pegando la oreja al candado para sentir los clics de los pernos sobre el rugido de las calderas. Clic. Clic... Su mano derecha temblaba. Un espasmo de dolor le recorrió el brazo. Se le cayó la ganzúa.
—¡Maldita sea! —susurró, recogiéndola del suelo sucio.
—¡Patrulla! —siseó Dimitri.
Dos guardias del palacio, con uniformes azules impecables que desentonaban en aquel lugar sucio, entraron por el pasillo lateral haciendo una ronda de inspección. Llevaban linternas eléctricas. Los haces de luz barrieron las tuberías, acercándose a donde estaban ellos agazapados.
—Olek... —apremió Sofía, pegándose a la pared oscura.
—Cállate, princesa —masculló el chico, sudando a mares—. Necesito silencio táctil.
Los pasos de las botas se acercaban. Tac, tac, tac. Aleksei buscó a su alrededor. Agarró una llave inglesa pesada del suelo con su mano buena. Si llegaban a la esquina, tendría que golpear. Y odiaba golpear.
Olek respiró hondo. Ignoró el dolor punzante en su muñeca. Visualizó el mecanismo interior. Un perno más. El de seguridad. Giró la muñeca. El dolor fue agudo, como un clavo ardiendo. Aguantó el grito. Giró un milímetro más.
CLACK.
El candado se abrió. Olek lo quitó con cuidado para que no tintineara contra la reja. Empujaron la puerta. Las bisagras, resecas, empezaron a chirriar. —¡No! —Aleksei agarró una lata de grasa de un estante cercano y la vació sobre el metal en un segundo. La puerta se abrió muda.
Se deslizó dentro. Dimitri cerró la reja tras ellos y volvió a colocar el candado abierto, simulando que seguía cerrado.
Justo a tiempo. Los haces de luz de las linternas pasaron por encima de la reja segundos después. —Todo en orden aquí —dijo una voz aburrida al otro lado—. Vámonos. Hace un calor de mil demonios.
Los pasos se alejaron.
En el lado oscuro de la reja, Olek se dejó caer al suelo, sujetándose la muñeca contra el pecho, respirando agitadamente. —Si salimos de esta... quiero un aumento de sueldo —jadeó.
—Lo tendrás —le prometió Aleksei, poniéndole una mano en el hombro—. Buen trabajo, hijo.
Dimitri encendió su linterna. El entorno había cambiado. Ya no había calderas ni tuberías modernas. Estaban en un pasillo de piedra blanca, ciclópea, sin juntas. La arquitectura de Tartaria.
—Estamos bajo los cimientos —dijo Dimitri, su voz resonando con eco—. Los arquitectos de Catalina la Grande encontraron esto al excavar y, como no pudieron demolerlo, construyeron el palacio encima.
Caminaron unos cincuenta metros hasta llegar a una puerta circular, idéntica a las esclusas de los submarinos, pero hecha de un metal dorado que no se había oxidado en siglos.
En el centro, no había cerradura para ganzúas.
Había una depresión en forma de mano. Una mano con seis dedos (la mano de un Gigante), pero con un sensor en la palma.
—Hemos llegado —dijo Dimitri—. La Cámara de Resonancia Auxiliar.
Aleksei miró a Sofía. —Es tu turno.
Sofía se acercó. Se quitó el guante. Miró la huella de mano gigante. Su mano era la mitad de pequeña. —No encajará.
—No necesita encajar —dijo Dimitri—. Necesita reconocer la frecuencia biológica. Sangre o energía. Eres una batería viva, Sofía. Úsalo.
Sofía posó su mano pequeña en el centro del panel dorado.
Cerró los ojos. Al principio, nada. Luego, las líneas grabadas en la puerta empezaron a brillar con una luz violeta tenue.
El suelo vibró bajo sus pies. Los mecanismos de cierre, dormidos durante cien años, despertaron con un gemido profundo de maquinaria hidráulica.
La puerta comenzó a girar.
Pero antes de que se abriera del todo, un sonido metálico llegó desde el túnel por el que habían venido. No eran pasos de guardia. Era el sonido rítmico, pesado y metálico de una pierna protésica golpeando la piedra. Pero no era la pierna de Dimitri. Era algo más pesado.
Dimitri se giró, pálido, apuntando su linterna hacia la oscuridad. —Imposible... —murmuró—. Se suponía que estaba desmantelado.
De las sombras emergió una figura humanoide de dos metros y medio. Un autómata antiguo, no elegante como los Jardineros de Agartha, sino tosco, blindado con placas de hierro negro y con el escudo de los Romanov grabado en el pecho. Un Guardia Pretoriano , los centinelas olvidados del sótano.
Sus ojos se encendieron. Luz amarilla. — INTRUSOS DETECTADOS. NIVEL DE SEGURIDAD OMEGA. PROTOCOLO DE PURGA: ACTIVO.
—¡Abrid esa maldita puerta! —gritó Dimitri, levantando su Mauser y disparando. BANG. BANG. Las balas rebotaron en el pecho de hierro del autómata sin hacerle ni un rasguño. El robot levantó un brazo que terminaba en una maza de demolición.