CAPÍTULO 25 El metro de los muertos
Dimitri descorrió una cortina de lona pesada al fondo del almacén, revelando la entrada al túnel.
No era un túnel de tren convencional. Era un tubo perfectamente circular, de unos tres metros de diámetro, revestido de placas de latón que, aunque oscurecidas por el tiempo, no presentaban ni una sola junta visible.
En el centro, descansando sobre un único raíl magnético central, esperaba el vehículo. Parecía más una cápsula de batiscafo que un vagón. Tenía forma de bala, con ventanas de ojo de buey reforzadas y un fuselaje de remaches de cobre.
—Parece un ataúd rápido —dijo Olek, inspeccionando la escotilla de entrada—. ¿Seguro que esto no va a estallar con la presión?
—La presión es lo que nos mueve, chico —Dimitri abrió la escotilla girando una válvula—. El sistema crea un vacío delante de nosotros y una sobrepresión detrás. Seremos, literalmente, una bala en el cañón de una escopeta. Entrad.
Se acomodaron en el interior. Era estrecho y olía a grasa rancia y cuero viejo.
Había cuatro asientos enfrentados, con cinturones de seguridad de lona gruesa.
Aleksei se sentó frente a Sofía, haciendo una mueca al intentar abrocharse el cinturón con sus manos vendadas.
—Déjame —dijo ella, inclinándose para ajustar la hebilla.
Sus manos rozaron las de él. Estaban frías—. ¿Estás listo?
Aleksei miró el panel de instrumentos lleno de manómetros analógicos que Dimitri estaba comprobando. —No. Pero es mejor que esperar al Lobo.
Dimitri se sentó en el puesto de control frontal, de espaldas a ellos. —Sujetaos la cabeza contra el respaldo. La aceleración inicial es... desagradable.
El viejo accionó una palanca roja. Un siseo agudo llenó el túnel. SSSSSSSSSS . El aire empezó a ser succionado de la parte delantera del tubo. Los oídos de Aleksei se taponaron instantáneamente por el cambio de presión.
—Iniciando lanzamiento en tres... dos...
Un golpe metálico resonó detrás de la cápsula. Una compuerta de acero se abrió, liberando una pared de aire comprimido a sus espaldas.
El Viento del Norte no arrancó. Fue disparado.
Aleksei sintió cómo su estómago se pegaba a su columna vertebral. La fuerza G le aplastó contra el asiento de cuero, dejándole sin aliento. Fuera, por los ojos de buey, la estación desapareció en un borrón gris. Entraron en la oscuridad absoluta.
La cápsula vibraba con una violencia aterradora. El sonido era ensordecedor: el aullido del viento y el chirrido del metal contra el raíl guía. —¡Velocidad estable! —gritó Dimitri por encima del ruido—. ¡Ciento veinte kilómetros por hora!
—¡Esto mola! —aulló Olek, con una sonrisa de pura adrenalina, aunque sus nudillos estaban blancos de agarrar los reposabrazos.
Sofía tenía los ojos cerrados y una mano sobre su vientre, rezando en silencio.
Pasaron dos minutos de viaje a ciegas. De repente, la cápsula se sacudió violentamente hacia la izquierda. Saltaron chispas que iluminaron el túnel por un segundo, revelando raíces gigantescas que habían perforado el recubrimiento de latón.
—¡Raíces! —gritó Dimitri, luchando con los controles de estabilización—. ¡El tubo está comprometido en el sector del canal!
La cápsula empezó a dar bandazos. El sonido del metal rasgándose era insoportable. —¡Vamos a descarrilar! —gritó Aleksei.
—¡No! —Dimitri tiró de una palanca de freno hidráulico—. ¡Ya estamos llegando! ¡Preparados para el frenado!
Si la aceleración fue brutal, el frenado fue un choque de trenes.
Los frenos de aire se activaron, creando un colchón de presión delante de ellos.
La inercia lanzó a todos hacia adelante, y solo los cinturones de lona impidieron que salieran disparados contra el parabrisas.
El vehículo derrapó, soltando humo y chispas, reduciendo la velocidad entre chirridos agónicos.
Finalmente, con un último golpe seco, el Viento del Norte se detuvo.
El silencio volvió. Solo se oía el tictac del metal caliente enfriándose y la respiración agitada de los cuatro pasajeros.
—Llegada a destino —anunció Dimitri, con voz tranquila, aunque le temblaba la mano al soltar la palanca—. Terminal Imperial del Palacio de Invierno.
Abrieron la escotilla. El aire que entró era diferente al de la Estación Cero. Era aire frío, húmedo y salobre. Olía al río Neva. Salieron tambaleándose.
Estaban en una plataforma circular de mármol negro, cubierta de una capa de polvo de un dedo de grosor. Estatuas de águilas imperiales vigilaban la entrada, cubiertas de telarañas tan densas que parecían sudarios.
—Nadie ha estado aquí en cien años —susurró Sofía, mirando la magnificencia decadente de la estación privada de los zares.
—Estamos justo debajo de las cocinas del Palacio —dijo Dimitri, sacando su linterna—. Ahora viene la parte difícil. La Cámara de Resonancia Auxiliar está dos niveles más abajo, en los cimientos originales. Pero para llegar allí, tenemos que cruzar la zona de calderas.
—¿Por qué es difícil? —preguntó Olek, sacando sus ganzúas.
—Porque el Palacio de Invierno tiene oídos —dijo Dimitri, señalando el techo, donde se oían pasos lejanos y amortiguados.
Eran las pisadas de la guardia real, de los sirvientes, de los burócratas de los 7 que trabajaban veinte metros por encima de sus cabezas—.
Si hacemos ruido, si disparamos un solo tiro, tendremos a todo el Regimiento Preobrazhensky encima.
Aleksei se ajustó el vendaje de la mano. —Silencio absoluto entonces.
—Y cuidado con las ratas —añadió Dimitri, empezando a cojear hacia una puerta de servicio—. Aquí abajo, se comen a los gatos.
Se adentraron en las entrañas del edificio más poderoso de Rusia, no como invasores, sino como fantasmas intentando apagar la luz.